Los cuerpos de los dos casi amantes estaban enredados en la gran cama, con las piernas desnudas entrelazadas bajo la colcha de seda de color azul hielo y las sábanas blancas de la casa Frette. Ella murmuraba en sueños, dando vueltas inquieta. Él permanecía inmóvil, disfrutando de su compañía.
Podría haberla perdido. Tumbado a su lado, era muy consciente de que esa noche habría podido acabar de un modo muy distinto. Julia habría podido no perdonarlo. Nada la obligaba a aceptarlo. Pero lo había hecho. Tal vez podía empezar a tener esperanzas...
—¿Gabriel?
Creyendo que seguía dormida, él no respondió. Eran las tres de la madrugada y el dormitorio estaba envuelto en sombras rotas tan sólo por las luces de la ciudad que se colaban a través de las cortinas.
Julia se volvió hacia él.
—¿Gabriel? —susurró—. ¿Estás despierto?
—Sí. Todo va bien, cariño. Duérmete —le dijo, besándola suavemente y acariciándole el pelo.
Ella se apoyó en un codo.
—Estoy muy despierta.
—Yo también.
—¿Podemos... podemos hablar?
Él se apoyó en un codo también.
—Por supuesto. ¿Pasa algo?
—¿Eres más feliz ahora que hace un tiempo?
Gabriel se la quedó mirando un instante antes de darle un golpecito en la nariz.
—¿A qué viene esa pregunta tan profunda en mitad de la noche?
—Has dicho que el año pasado eras muy infeliz. Me preguntaba si serías más feliz ahora.
—No soy un gran experto en felicidad. ¿Y tú?
Julia retorció el dobladillo de la sábana.
—Intento serlo. Trato de disfrutar de las cosas pequeñas. La tarta me ha hecho muy feliz.
—De haberlo sabido, la habría encargado antes.
—¿Por qué no eres feliz ahora?
—Cambié mi primogenitura por un plato de lentejas.
—¿Estás citando las Escrituras? —preguntó ella, incrédula.
Gabriel se puso a la defensiva.
—No soy un pagano, Julianne. Me criaron en la fe episcopalista. Richard y Grace eran muy devotos, ¿no lo sabías?
Julia asintió. Lo había olvidado.
La expresión de Gabriel era muy seria.
—Aunque por mi modo de vida no lo parezca, sigo siendo creyente. Sé que eso me convierte en un hipócrita.
—Todos los creyentes somos hipócritas, porque no estamos a la altura de nuestras creencias. Yo también creo, aunque no se me da demasiado bien. Sólo voy a misa cuando estoy triste, en Navidad o en Semana Santa. —Buscó la mano de Gabriel y se la apretó con fuerza—. Si todavía crees, debes tener esperanza. Tienes que confiar en que la felicidad te llegará algún día.
Él le soltó la mano y, tumbándose de espaldas, se quedó mirando el techo.
—He perdido mi alma, Julianne.
—¿Qué quieres decir?
—Estás contemplando a una de esas almas que han cometido pecados demasiado graves como para ser perdonadas.
—No lo entiendo.
Gabriel suspiró.
—Mi nombre es una enorme ironía. Estoy más cerca de ser un demonio que un ángel y no puedo esperar redención, porque he hecho cosas imperdonables.
—¿Te refieres a lo que pasó con la profesora Singer?
Él se echó a reír sin ganas.
—Ojalá ésos fueran mis pecados más graves. No, Julia. He hecho cosas mucho peores. Por favor, acepta mi palabra y no me preguntes más.
Ella se acercó un poco más. Los delicados rasgos de su rostro estaban contraídos de preocupación.
Mientras ella se preguntaba qué le estaría ocultando, él trataba de hacerse perdonar acariciándole el brazo.
—Sé que no te gusta que te oculte cosas y sé también que no podré ocultártelas para siempre, pero te ruego que me des un poco más de tiempo. —Soltó el aire lentamente y bajó la voz—. Te prometo que no te haré el amor sin haberte contado antes quién soy.
—Es un poco pronto para hablar de eso, ¿no crees?
Él la miró entrecerrando los ojos.
—¿Lo es?
—Gabriel, estamos empezando a conocernos. Y ya ha habido unas cuantas sorpresas.
Él hizo una mueca.
—No quiero esconder mis intenciones. No quiero seducirte y marcharme luego. Y tampoco pienso reservar mis secretos hasta después de haberte hecho mía. Estoy tratando de comportarme correctamente.
Sus palabras tenían buena intención. La deseaba, deseaba hasta el último rincón de su cuerpo, pero tenía muy claro que no podía arrebatarle la virginidad sin haberle confesado antes sus secretos más íntimos. Y, aunque su reacción ante el acoso de Ann le daba esperanzas, seguía teniendo miedo de que sus revelaciones la hicieran salir corriendo. Sabía que ella estaría mejor con otro hombre, pero sólo con imaginárselo, el corazón le empezaba a latir desacompasadamente.
—¿Tienes conciencia?
—¿Qué pregunta es ésa? —gruñó él.
—¿Crees que hay diferencia entre el bien y el mal?
—¡Por supuesto!
—¿Y sabes distinguirlos?
Gabriel se frotó la cara con las manos y las dejó ahí.
—Julianne, no soy un psicópata. No tengo ningún problema en distinguir una cosa de otra, el problema llega a la hora de actuar.
—Entonces, no has perdido el alma. Sólo una criatura con alma es capaz de distinguir entre el bien y el mal. Sí, has cometido errores, pero te sientes culpable. Sientes remordimiento. Y si no has perdido el alma, sigues teniendo posibilidades de redención.
Él sonrió con tristeza y la besó.
—Hablas como Grace.
—Grace era una mujer muy sabia.
—Igual que tú, señorita Mitchell, según parece —bromeó él.
—Con un poco de ayuda de santo Tomás de Aquino, profesor.
Él le levantó un poco la camiseta para hacerle cosquillas en el estómago.
—¡Ah! ¡Gabriel, para! —se rió ella, retorciéndose y tratando de apartarse.
Él siguió unos instantes antes de soltarla, sólo por el placer de oír su risa resonando en la oscuridad.
—Gracias, Julianne. —Le acarició la mejilla—. Por un momento, casi te he creído.
Ella le rodeó la cintura con el brazo y se acurrucó a su lado, aspirando su aroma con satisfacción.
—¡Siempre hueles tan bien...!
—Puedes agradecérselo a Rachel y a Grace. Empezaron a regalarme colonia Aramis hace mucho tiempo. Y luego yo seguí comprándola por costumbre. —Sonrió—. ¿Crees que debería probar algo nuevo?
—No si Grace la eligió para ti.
La sonrisa de Gabriel desapareció, pero le dio un beso en la frente de todos modos.
—Supongo que debería dar las gracias porque no se le ocurriera comprarme Brut.
Julia se echó a reír.
Permanecieron en silencio varios minutos antes de que ella le susurrara al oído:
—Me gustaría decirte una cosa.
Apretando ligeramente los labios, Gabriel asintió.
A pesar de la oscuridad, ella apartó la vista con timidez.
—Podrías haberme tomado en el huerto de manzanos. Te habría dejado.
Él le acarició la mejilla con un dedo.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—El cuerpo femenino tiene pocos secretos para mí. Aquella noche estabas muy... receptiva.
Julia no salía de su asombro.
—¿Sabías que...?
—Sí.
—Pero no lo hiciste...
—No.
—¿Puedo saber por qué?
Gabriel reflexionó antes de responder:
—No me pareció correcto. Además, estaba tan feliz de haberte encontrado y de tenerte entre mis brazos, que no necesitaba nada más.
Julia se inclinó sobre él y lo besó en el cuello.
—Fue perfecto.
—Cuando volvamos a casa por Acción de Gracias, me gustaría
llevarte allí otra vez. ¿Me acompañarás?
—Por supuesto.
Le besó el pecho, sin tocar el tatuaje. Gabriel se encogía cada vez que lo tocaba allí.
—Bésame —musitó él.
Ella obedeció, presionando su boca entreabierta contra la suya, deseosa de saborearlo todo el tiempo que él se lo permitiera. Que fue menos del que Julia habría deseado. Con un suspiro, Gabriel se volvió. La pérdida de su contacto la entristeció y un viejo fantasma asomó la cabeza.
Gabriel notó que ella se tensaba a su lado.
—No confundas mi templanza con falta de deseo, Julianne. Estoy ardiendo por ti. —Suavemente, le dio media vuelta y la abrazó por detrás, hundiendo la cara en su pelo—. Me alegro tanto de que estés aquí... —susurró.
Ella quería confesarle que dormía mejor con él que sola. Quería decirle que le gustaría pasar a su lado el resto de sus noches y que lo deseaba mucho.
Pero no lo hizo.
Al despertarse a la mañana siguiente, estaba sola. Al mirar la hora en el reloj antiguo que Gabriel tenía en la mesita de noche, descubrió asombrada que ya era mediodía. Había dormido demasiado.
Él le había dejado un desayuno continental y una nota apoyada en el zumo de naranja. La leyó mientras mordisqueaba el pain au chocolat.
Del despacho del profesor Gabriel O. Emerson
Cariño:
Estabas durmiendo tan profundamente que no he querido molestarte.
He ido a hacer unos recados.
Llámame cuando te despiertes.
Gracias por dejarme tenerte entre mis brazos toda la noche,
y por tus palabras...
Si tengo alma, es tuya.
Gabriel
Julia sonrió feliz y desayunó tranquilamente en la habitación.
Gabriel parecía contento en la nota y eso hacía que ella también lo estuviera. Después de lavarse, estaba a punto de salir del dormitorio cuando tropezó con tres bolsas de Holt Renfrew. Las apartó algo irritada y se dirigió a la cocina, donde le extrañó encontrarse a Gabriel sentado a la barra, tomándose un café y leyendo el periódico. Llevaba una camisa de color azul pálido que resaltaba el azul más intenso de sus ojos y unos cómodos pantalones negros. Se había puesto las gafas y estaba guapo, como siempre. Julia se sintió poco vestida con la camiseta y los pantalones cortos.
—¡Hola! —la saludó él, doblando el periódico y recibiéndola con los brazos abiertos.
Cuando estuvo entre sus piernas, Gabriel le dio un cálido abrazo.
—¿Has dormido bien? —le susurró al oído.
—Muy bien.
La besó suavemente.
—Debías de estar cansada. ¿Cómo te encuentras? —La miró con preocupación.
—Estoy bien.
—¿Quieres que te prepare algo de comer?
—¿Tú has comido ya?
—He picado algo con el café. Estaba esperando para almorzar contigo.
Volvió a besarla, más apasionadamente esta vez. Julia le rodeó la espalda con los brazos y, tímidamente, le enredó los dedos en el pelo. Gabriel le mordisqueó el labio inferior antes de apartarse un poco y decirle con una sonrisa:
—Parte de mí tenía miedo de que, al despertarme, hubieras desaparecido.
—No voy a ninguna parte, Gabriel. Todavía tengo los pies destrozados de ir ayer arriba y abajo todo el día con esos tacones. No creo que pudiera llegar a casa.
—Eso tiene remedio... con ayuda de un buen baño caliente —propuso él, alzando las cejas varias veces.
Julia se ruborizó y cambió de tema.
—¿Cuánto tiempo quieres que me quede?
—Para siempre.
—Gabriel, estoy hablando en serio —protestó ella, sonriendo.
—Hasta el lunes por la mañana.
—No tengo ropa. Tendría que ir a casa a buscar algo para
cambiarme.
Él sonrió con indulgencia.
—Si quieres, puedo llevarte. O dejarte el Range Rover. Pero antes, creo que deberías echarle un vistazo a las bolsas que he dejado en la habitación. Igual te ahorras el viaje.
—¿Qué hay?
Gabriel hizo un gesto vago con las manos.
—Cosas que alguien puede necesitar si se queda a dormir en casa de un amigo.
—¿Y de dónde han salido?
—De la tienda donde Rachel te compró el maletín.
—Es decir, que todo será carísimo —protestó ella, frunciendo el cejo y cruzándose de brazos.
—Eres mi invitada. Las reglas de la hospitalidad me obligan a satisfacer todas tus necesidades —replicó él, con la voz ronca, antes de pasarse la punta de la lengua por el labio inferior.
Haciendo un gran esfuerzo, Julia apartó la vista de su boca.
—Me parece... mal que me compres ropa.
—¿De qué estás hablando? —Gabriel parecía molesto.
—Como si fuera una...
—¡Para! —La soltó y le dirigió una mirada sombría.
Ella se la devolvió, preparándose para el chaparrón que sabía que se avecinaba.
—Julianne, ¿de dónde viene tu aversión a la generosidad?
—No tengo aversión a la generosidad.
—Sí la tienes. ¿Acaso crees que quiero sobornarte para que te acuestes conmigo?
—Por supuesto que no —respondió ella, ruborizándose.
—¿Crees que te compro cosas porque espero favores sexuales a cambio?
—No.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—No quiero deberte nada.
—¿Deberme? Ah, ya lo entiendo. Soy un prestamista medieval que cobra intereses exagerados y que, cuando no puedas devolverle el dinero, se lo cobrará en carne.
—No, claro que no —susurró Julia.
—¿Entonces?
—Es que quiero valerme por mí misma. Tú eres un profesor, yo soy una alumna y... —Eso ya lo discutimos anoche. Que un amigo te haga un regalo no te convierte en un ser dependiente y sin voluntad —refunfuñó él—. No quería que tuvieras que ir a casa. Pasamos muy poco tiempo juntos. Sólo he tenido que cruzar la calle. La tienda está aquí mismo. Únicamente quería ser amable. Mi personal shopper me ha ayudado a elegir unas cuantas cosas, pero si no las quieres, las devolveré.
Gabriel se levantó y dejó la taza en la encimera. Pasando por delante de ella sin decirle una palabra, se encerró en el despacho.
«No ha ido demasiado bien», pensó Julia.
Sin saber qué hacer, se mordió las uñas. Por un lado, quería ser independiente. No quería ser como un pajarillo indefenso con el ala rota. Por otro lado, su corazón amable sufría causándole dolor a otras personas. Y tras el enfado de Gabriel sabía que se escondía dolor.
«No quería hacerle daño...»
Gabriel era tan fuerte, tan enérgico, que costaba darse cuenta de que en su interior se ocultaba un ser sensible que se disgustaba por algo tan intrascendente como unos regalos. Tal vez ella fuera la única persona en el mundo consciente de lo sensible que era. Lo que la hacía sentirse aún más culpable por haberlo lastimado.
Se sirvió un vaso de agua y se lo bebió despacio, dándole a él intimidad y a ella unos momentos para reflexionar. Al acercarse al despacho, el teléfono sonó. Julia asomó la cabeza por la puerta y vio que Gabriel estaba sentado tras el escritorio y que rebuscaba entre los papeles mientras contestaba la llamada.
Al verla, señaló al teléfono y dijo «Richard» en voz baja.
Ella asintió. Acercándose al escritorio, cogió una pluma sencilla y un trozo de papel y escribió «Perdona». Le mostró el papel y Gabriel, después de leerlo, asintió bruscamente.
Julia volvió a escribir:
Voy a ducharme. ¿Hablamos luego?
Él leyó la nueva nota y volvió a asentir.
Gracias por ser tan considerado. Lo siento.
Cuando se volvió para marcharse, Gabriel la agarró por la muñeca y le dio un beso en la palma de la mano antes de soltarla.
Julia regresó al dormitorio, cerró la puerta, llevó las bolsas hasta la cama y se dispuso a ver qué contenían.
En la primera encontró ropa de mujer, toda de su talla. Gabriel le había comprado una falda tubo negra, clásica, unos pantalones negros, lisos, marca Theory, una camisa de vestir de algodón blanco con puños franceses y una blusa de seda de color azul. Unas medias de rombos, unos calcetines y unos botines negros puntiagudos completaban el conjunto. Le recordó la colección básica de un diseñador. No quería parecer desagradecida, pero habría estado igual de contenta con unos simples vaqueros, una camiseta de manga larga y unas zapatillas deportivas.
La segunda bolsa, según descubrió sorprendida, contenía lencería. Gabriel le había comprado un elegante y obviamente carísimo albornoz de color lila. También un camisón largo del mismo color, con volantes en el cuello. Se sintió sorprendida y encantada con el camisón. Era sofisticado y sencillo al mismo tiempo. Algo que podía ponerse para dormir con él sin sentirse incómoda. En el fondo de la bolsa vio un par de zapatillas de raso del mismo color, con tacones de unos cinco centímetros. Eran un peligro para la salud disfrazado de zapatillas sexies.
«Es evidente que los tacones son el fetiche de Gabriel... en todo tipo de calzado.»
En la tercera bolsa encontró ropa interior. Julia se ruborizó intensamente al ver tres sujetadores de encaje, de media copa, con bragas a juego, todos ellos de un diseñador francés. Un conjunto era de color champán, otro azul pálido y el tercero rosa palo. Las bragas eran tipo culotte, todas de encaje. Se ruborizó aún más al imaginarse a Gabriel paseando entre hileras e hileras de lencería cara, eligiendo lo que le parecía elegante y atractivo y comprando prendas que eran exactamente de su talla.
«Oh, dioses de los —¿amigos? ¿novios?— francamente generosos, gracias por mantenerlo apartado de los artículos provocativos... de momento.»
Estaba abrumada y algo avergonzada. Pero era todo tan bonito, tan delicado, tan perfecto...
«Tal vez no me ame, pero se preocupa por mí y quiere hacerme feliz», pensó.
Eligió el conjunto color champán, los pantalones negros y la camisa blanca y fue al baño a darse una ducha. En la bañera, no sólo encontró la esponja color lavanda, sino también su propia marca de gel, de champú y de acondicionador. Gabriel, a su modo obsesivo, se había ocupado de todo.
Se estaba secando el pelo, estrenando orgullosa su albornoz nuevo, cuando oyó que llamaban a la puerta.
—Adelante —dijo.
Gabriel asomó la cabeza.
—¿Seguro? —La examinó de arriba abajo desde la puerta, desde el pelo mojado hasta los pies descalzos y volvió a subir luego hasta detenerse en su cuello desnudo.
—Estoy decente. Puedes pasar.
Gabriel se le acercó con una mirada hambrienta.
—Tú siempre estás decente porque eres decente, pero yo no.
Julia le sonrió y él le devolvió la sonrisa más civilizadamente.
Apoyándose en la pared, Gabriel se metió las manos en los bolsillos y dijo:
—Lo siento.
—Yo también.
—He exagerado.
—Yo también.
—Hagamos las paces.
—Por favor.
—Ha sido muy fácil. —Gabriel se echó a reír y, quitándole la toalla de las manos, la echó a un lado antes de abrazarla con fuerza—. ¿Te gusta el albornoz? —preguntó, inseguro.
—Es precioso.
—Devolveré el resto.
—No lo hagas. Me gusta todo. Me gusta, sobre todo, porque tú lo has elegido para mí. Gracias.
Los besos de él podían ser dulces y suaves, como los de un chico que estuviera besando a su primera novia, pero esa vez no lo fueron. Esa vez le presionó la boca hasta que ella separó los labios y le dio entonces un largo y apasionado beso antes de apartarse y acariciarle la mejilla.
—Te habría comprado también unos vaqueros, pero Hillary, la personal shopper, me ha dicho que es muy difícil acertar con unos vaqueros sin probarlos. Si prefieres ponerte algo más informal, podemos ir a comprar otra cosa.
—No necesito más vaqueros.
—Lo he elegido todo yo menos la ropa interior. Ésa la ha elegido Hillary. —Al ver que Julia se sorprendía, le aclaró—: No quería que te sintieras incómoda.
—Demasiado tarde —replicó ella, algo decepcionada al
enterarse de que no había sido Gabriel quien había elegido aquellos preciosos conjuntos.
—Julianne, tengo que explicarte una cosa.
Se había puesto tan solemne que ella sintió un escalofrío. Lo vio cambiar el peso de pie varias veces, mientras buscaba las palabras adecuadas.
—Mi padre era un hombre casado, con su propia familia, cuando conoció a mi madre. La sedujo, la trató como a una puta y la abandonó. Me duele que pienses que yo podría tratarte así. No es que me extrañe mucho, dados mis antecedentes, pero...
—Gabriel, no lo creo. Es sólo que no me gusta que te sientas con la obligación de cuidar de mí.
Él la miró con atención.
—Me gusta cuidar de ti. No es ninguna obligación. Ya sé que puedes cuidarte sola. Lo has hecho perfectamente desde que eras una niña, pero ya no tienes que hacerlo todo sola. Ahora me tienes a mí.
Se removió, inquieto antes de continuar.
—Quiero malcriarte con detalles extravagantes porque me importas. No sé expresar todo lo que siento por ti. Se me da mucho mejor demostrártelo. Por eso, cuando no quieres aceptar mis regalos...
Se encogió de hombros, pero no pudo ocultar el dolor que eso le causaba.
—Nunca lo había visto de esa manera —dijo ella en voz baja.
—Cada vez que hago algo por ti, estoy tratando de demostrarte lo que no sé expresar con palabras. —Le acarició las mejillas con los pulgares—. No me lo niegues, por favor.
Julia respondió poniéndose de puntillas y apretándose contra su pecho. Rodeándole el cuello con las manos, lo besó. Fue un beso hambriento, lleno de promesas, de entrega y de necesidad.
Gabriel también se entregó al beso, con la mandíbula en tensión mientras concentraba todo su ser en la unión perfecta de sus bocas. Cuando se separaron, ambos estaban jadeando.
—Gracias —susurró él, apoyándole la barbilla en el hombro.
—Me cuesta depender de otra persona.
—Lo sé.
—Preferiría que me consultaras tus planes, en vez de tomar decisiones en mi nombre. Así me resultaría más fácil pensar que somos pareja. Aunque no lo seamos —añadió rápidamente, ruborizándose.
Él volvió a besarla.
—Quiero que seamos una pareja, Julianne. Y lo que pides me parece justo. A veces me dejo llevar por el entusiasmo del momento, sobre todo en todo lo que tiene que ver contigo.
Ella asintió contra su pecho. Cuando Gabriel carraspeó, levantó la cabeza para verle los ojos.
—Más o menos un año antes de morir, mi padre tuvo un ataque de conciencia y me añadió a su testamento. Debió de pensar que, al dejarme la misma parte de herencia que a sus hijos legítimos, estaba expiando sus pecados. Ya ves, soy una indulgencia andante.
—Lo siento mucho, Gabriel.
—Yo no quería el dinero. Pero casi todo estaba invertido y esas inversiones no paran de generar beneficios. No importa lo rápido que me lo gaste, siempre hay más. Nunca me libraré de ese dinero ni de mi padre. Así que, por favor, no pienses en lo que cuestan los regalos. El coste no tiene importancia.
—¿Por qué acabaste aceptando la herencia?
Él la soltó y, tras pensarlo un momento, explicó:
—Richard y Grace tuvieron que hipotecar la casa para pagar mis errores. Debía dinero que me habían prestado para drogarme; mi vida estaba en peligro. Y... por alguna otra cosa.
—No lo sabía.
—Tu padre sí.
—¿Papá? ¿Cómo se enteró?
—Richard quería salvarme a toda costa. Cuando le confesé los líos en los que andaba metido, decidió ir puerta por puerta a visitar a todos los tipos a los que les debía dinero y saldar mis deudas. Por suerte, antes habló con tu padre.
—¿Por qué?
—Porque él conocía a un detective privado que tenía contactos en Boston.
Julia abrió mucho los ojos.
—Mi tío Jack.
Gabriel frunció el cejo.
—No sabía que era tu tío. Richard era muy ingenuo. No se daba cuenta de que esos tipos eran gente sin escrúpulos. Lo más probable habría sido que se hubieran quedado con el dinero y lo hubieran matado. Tom se ocupó de que tu tío y algunos contactos suyos pagaran las deudas con el dinero de Richard de un modo seguro. Cuando salí de rehabilitación, llamé al abogado de mi padre en Nueva
York y le dije que aceptaba la herencia. Pagué la hipoteca de la casa, pero no hay dinero que pueda borrar la vergüenza. Richard podría haber muerto por mi culpa.
—Eres su hijo. Es normal que quisiera salvarte. Te quiere.
—Sí, soy el hijo pródigo. —Bajó las manos hasta las caderas de Julia y cambió de tema—. Quiero que te sientas cómoda aquí. He vaciado uno de los cajones de la cómoda y te he hecho un poco de espacio en el armario. Me gustaría que dejaras algo de ropa para cuando vengas. Ah y te daré una llave.
—¿Quieres que deje cosas mías aquí?
—Bueno, en realidad me gustaría que te quedaras toda tú, pero me conformaré con la ropa —respondió él con una media sonrisa.
Ella se puso de puntillas para besarlo en los labios.
—Dejaré parte de la ropa que me has comprado. Me estará esperando aquí cuando regrese.
La expresión de Gabriel se transformó al esbozar una sonrisa traviesa.
—Ya que hablamos de dejar cosas aquí, tal vez no te importase dejarme una foto de recuerdo.
—¿Quieres hacerme una foto así?
—¿Por qué no? Eres preciosa, Julianne.
Ella sintió que la piel le ardía.
—Creo que no estoy preparada para que me saques fotos eróticas.
Él frunció el cejo.
—Lo que había pensado era tomar algunas fotos en blanco y negro de tu perfil, el cuello, la cara... —Le acarició suavemente la espalda, trazando círculos para demostrarle su afecto.
—¿Por qué?
—Porque me gustaría poder verte cuando no estés. Mi piso está muy vacío sin ti.
Ella frunció los labios pensativa.
—¿Te molesta la idea? —preguntó, acariciándole la mandíbula lentamente.
—No, no me importa que me fotografíes. Pero preferiría estar completamente vestida.
—No creo que mi corazón pudiera resistir verte desnuda.
Al verla sonreír, él se echó a reír.
—¿Puedo preguntarte una cosa, Gabriel?
—Por supuesto. —Cuando vuelvas a Selinsgrove en Acción de Gracias, ¿dormirás en casa de Richard o en un hotel?
—Me quedaré en casa con los demás. ¿Por qué?
—Rachel me dijo que solías alojarte en un hotel cuando ibas de visita.
—Es cierto.
—¿Por qué?
Él se encogió de hombros.
—Porque era la oveja negra de la familia y Scott nunca me permitía olvidarlo. Era un alivio saber que tenía un sitio adonde ir si las cosas se ponían feas.
—¿Alguna vez llevaste a alguna chica a casa de tus padres?
—Nunca.
—¿Alguna vez quisiste hacerlo?
—No antes de conocerte. —Se inclinó hacia ella y la besó—. Por mí, serías la primera chica en compartir mi cama en casa de mis padres. Por desgracia, no creo que eso vaya a ser posible, a no ser que te cuele dentro cuando todos estén durmiendo.
Julia soltó una risita tímida. Estaba encantada con lo que estaba oyendo.
—Richard me ha recordado que tengo que reservar los billetes de avión. ¿Por qué no dejas que me ocupe yo de las gestiones y ya arreglamos el tema del dinero más adelante?
—Puedo sacar mi propio billete.
—Ya lo sé. Pero me gustaría que fuéramos juntos en el avión. Para eso tendríamos que salir después del seminario, es decir, deberíamos tomar el último vuelo que sale de Toronto, hacia las nueve de la noche.
—Qué tarde.
—Había pensado reservar una habitación en Filadelfia el miércoles por la noche, ya que llegaremos cerca de las once. A menos que prefieras que salgamos hacia Selinsgrove directamente.
Julia negó con la cabeza.
—¿Por qué no volamos directamente a Harrisburg?
—El último vuelo hacia allá sale antes de que termine el seminario. Por supuesto, podríamos irnos al día siguiente, si lo prefieres. En ese caso no haría falta reservar hotel.
Gabriel la miraba fijamente, para observar cada detalle de sus reacciones.
—No quiero perder casi un día entero. Y me gustará dormir en
un hotel contigo —dijo ella con una sonrisa.
—Bien. Haré las reservas y alquilaré un coche.
—¿Y Rachel y Aaron? ¿No deberíamos ir con ellos?
—Ellos se irán el miércoles, cuando acaben de trabajar. Mi hermana me ordenó que me encargara de que llegaras a casa sana y salva. Espera que sea tu chófer y tu botones —añadió con un guiño y una sonrisa.
—¿Lo sabe?
—Rachel cree que lo sabe todo. —Su sonrisa se volvió más tensa—. No te preocupes. Yo me encargo de ella.
—No es Rachel la que me preocupa.
—No tienes que preocuparte por nadie. Sólo somos dos amigos que se han encontrado en una ciudad lejana. Va a ser mucho más duro para mí que para ti.
—¿Y eso por qué?
—Porque tendré que estar en la misma habitación que tú sin poder tocarte.
Julia se miró los pies y sonrió con timidez.
Gabriel le cogió la mano y se la acarició.
—¿Cuándo es tu cumpleaños?
—No lo celebro.
—¿Por qué no?
—Porque no —respondió ella a la defensiva.
—Bueno, pues a mí me gustaría mucho celebrarlo contigo. No me lo niegues, Julianne —le pidió, más frustrado que enfadado.
Julia recordó la discusión sobre la ropa. No le apetecía nada volver a discutir otra vez tan pronto.
—Fue el 1 de setiembre. Llegas tarde.
—No. —Gabriel la abrazó y le frotó la mejilla con la suya—. ¿Tienes planes para el viernes que viene? Podemos celebrarlo entonces.
—¿Qué haremos?
—Todavía tengo que organizarlo, pero lo que es seguro es que lo celebraremos fuera de casa.
—No creo que sea buena idea que nos vean juntos en público.
Él frunció el cejo.
—No te preocupes por eso. Sólo dime si aceptas mi invitación o no —insistió, acariciándole uno de los puntos del costado en los que Julia no podía resistir las cosquillas.
—Acepto agradecida, pero por favor no me hagas cosquillas —le
rogó, riendo antes de que empezara.
Ignorando su ruego, Gabriel se las hizo delicadamente hasta que estuvo riendo a carcajadas. Le encantaba oírla reír. Y a ella le encantaban los escasos momentos en que él se ponía juguetón.
Cuando recuperó el aliento, Julia se disculpó:
—Siento haber herido tus sentimientos hace un rato. Sé que no es excusa, pero ayer fue un día muy duro y, además..., estoy hormonal.
«¿Hormonal? —repitió Gabriel mentalmente—. ¡Oh!»
—¿Te sientes mal? —le preguntó preocupado.
—Estoy bien, pero los días anteriores me altero un poco. Aunque dudo que quieras que entre en detalles.
—Si hace que te encuentres mal o que estés disgustada, claro que quiero saber los detalles. Me importas y me preocupo por ti.
—Te aconsejo que marques la fecha en el calendario para que sepas cuándo te conviene mantenerte a distancia. Bueno, siempre y cuando las cosas entre nosotros...
—No pienso hacer tal cosa —la interrumpió él bruscamente—. Te quiero completa. Lo quiero todo de ti, no sólo lo bueno. Y por supuesto que las cosas entre nosotros van a continuar.
«Espero.»
La confesión de Julia lo enfrentó a una situación curiosa. No se había olvidado de las clases de biología básica, pero dado su estilo de vida, hacía tiempo que esas cosas no formaban parte de su cotidianidad. Las mujeres «hormonales» o las mujeres que tenían la regla no solían ir a Lobby en busca de sexo.
Y muy raramente Gabriel se acostaba con la misma mujer más de una vez. Y en esas escasas ocasiones no había salido el tema en la conversación. Pero no tenía ningún inconveniente en hablar de ello con Julianne. Quería reconocer sus estados de ánimo, saber cuándo estaba de mal humor o con ganas de llorar. La idea lo sorprendió, pero no de un modo desagradable.
—Dejaré que acabes de vestirte. Hay algo más que deberíamos comentar.
La miró con tanta solemnidad que Julia no pudo evitar preocuparse.
—Volví a hablar con mi abogado.
—¿Y?
—Me dijo que me mantuviera alejado de ti. Me confirmó que la universidad tiene una política muy estricta de no confraternización, queafecta tanto a alumnos como a personal docente.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Quiere decir que los dos correríamos peligro si descubrieran que mantenemos una relación mientras estás en mi clase. En determinadas circunstancias, incluso te podrían expulsar de la universidad.
Julia cerró los ojos y reprimió un gruñido.
«¿Por qué el universo siempre conspira contra nosotros?»
—Conocíamos la política de la universidad y ahora ya sabemos que van en serio. Sólo tenemos que seguir manteniendo las mismas precauciones que hasta ahora. Hemos de continuar siendo discretos durante un par de semanas. En cuanto Katherine te entregue su nota, podremos vernos libremente.
—Tengo miedo.
Gabriel le acarició la mejilla.
—¿De qué?
—Si alguien nos ve juntos, o si algo les resulta sospechoso, pueden denunciarnos. Christa te desea y me odia. A Paul no le gusta cómo me tratas en público, así que no sería difícil que declarara en tu contra. Y la profesora Singer...
Se estremeció. No quería pensar en esa mujer.
—No permitiré que te expulsen. No importa lo que pase. Las cosas nunca llegarán tan lejos.
Julia trató de protestar, pero él la hizo callar con sus labios, murmurando palabras de ánimo contra su boca mientras le demostraba lo mucho que le importaba.
Pasaron un día muy agradable juntos. Se rieron, se besaron y hablaron durante horas. Gabriel tomó varias fotos de ella en poses informales, hasta que, muerta de vergüenza, Julia le rogó que guardara la cámara. Él decidió que le haría un par de fotos más esa noche, mientras durmiera, porque entonces Julianne tenía el rostro de un ángel. Sabía que imágenes suyas durmiendo serían arrebatadoras.
Después de cenar, bailaron delante del fuego. Gabriel había preparado una colección de temas sensuales cantados por Sting, pero Julia no podía concentrarse en la música. Estaba aturdida, como siempre que él la besaba. Estaba tan atrapada en el mundo de las emociones y las sensaciones físicas, que le daba vueltas la cabeza.
Gabriel, con las manos hundidas en su pelo, le acariciaba la nuca. Desde allí, sus manos descendieron hasta sus hombros, donde
resiguieron los contornos de su piel. Continuaron bajando hasta su cintura y, muy lentamente, volvieron a ascender hasta rozar la parte baja de sus pechos. Dos manos grandes y fuertes le cubrieron los senos, moviéndose y masajeándolos con delicadeza.
Julia se apartó.
Gabriel abrió los ojos, sorprendido. Ella se había apartado de él, pero aún sentía su corazón latiendo desbocado contra sus dedos.
—¿Julianne? —susurró.
Ella negó con la cabeza. Tenía la boca entreabierta y la piel sonrojada. Sin dejar de mirarlo, se acercó un poco más. Gabriel cambió ligeramente la posición de sus manos para observar su reacción.
Julia cerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos, pudo ver algo nuevo en sus profundidades: calor.
La visión de su intensa y repentina excitación lo afectó mucho, no sólo por su propio estado de deseo, sino también a nivel emocional. Ella nunca lo había mirado de esa manera, ansiosa y exultante, como si fuera la primera vez que alguien la había tocado íntimamente.
Un gruñido retumbó en el pecho de él y le indicó con los ojos que se acercara para besarla. Cuando sus labios se fundieron, le acarició los pechos con más fuerza y con los pulgares le frotó los pezones, que empezó a notar contra su camisa. Julia gimió de placer dentro de su boca. Su reacción animó a Gabriel, que gruñó y se pegó más a ella.
«Más —le ordenaba su cuerpo—. Más cerca, más rápido, más fuerte, más. Más.»
—¡Aaaahhh! —exclamó, rompiendo el contacto de sus labios y moviendo las manos hasta la seguridad de sus hombros.
Julia apoyó la mejilla en su pecho, con las emociones girando en su interior como un remolino. Con los ojos cerrados, sintió que perdía el equilibrio, pero Gabriel la sujetó por la cintura para impedir que se cayera al suelo.
—¿Cómo estás?
—Feliz.
—La pasión tiene ese efecto —contestó él, con una sonrisa socarrona.
—Tus dedos también —susurró ella.
Gabriel la llevó hasta la butaca roja y la dejó allí.
—Voy a darme una ducha fría.
Julia trató de recuperar la compostura. Los poderes de seducción de Gabriel la habían dejado medio borracha de pasión y
frustrada, deseando cosas para las que no estaba preparada. Todavía.
«El profesor Emerson no sólo tiene debilidad por los culos. También le gustan los pechos», pensó Julia con no poco entusiasmo.
Cuando vio que tardaba un rato pensó si le habría pasado algo. Y se preguntó por qué habría sentido la necesidad de darse una segunda ducducha de repente. Al hallar la respuesta, sonrió para sus adentros.
sábado, 28 de diciembre de 2013
Capitulo 21
Mientras Julia esperaba en su piso, Gabriel trataba de mimetizarse con su entorno, como un camaleón. Se mostraba encantador con sus colegas, aunque tenía las entrañas revueltas y la mente desbocada. Se obligó a comer y rechazó una copa tras otra. Estaba convencido de que, cuando llegara a casa, Julia ya no estaría allí. Habría salido huyendo.
No es que eso lo pillara por sorpresa. Sabía que pasaría tarde o temprano. Lo que no se había imaginado era que sería precisamente ése el secreto que los separaría. Gabriel sabía que no se merecía a Julia por muchas razones, razones que se había callado como un cobarde. No era una cuestión de amor, no creía que ella pudiera llegar a amarlo nunca. No era posible amar a alguien como él. Pero había esperado poder cortejarla el tiempo suficiente para que el afecto y la amistad los unieran, a pesar de algunos de sus oscuros secretos. Pero ya era demasiado tarde.
Cuando por fin llegó a casa, se sorprendió al encontrarla durmiendo en el sofá. Su rostro era la imagen de la serenidad. Trató de no tocarla, pero no lo logró. Alargó la mano y le acarició el pelo, murmurando unas palabras tristes en italiano.
Necesitaba música. En esos momentos necesitaba una melodía que lo ayudara a calmar la agonía, pero en la única canción que podía pensar era en Mad World, de Gary Jules. Y no quería estar oyendo esa canción cuando Julia lo abandonara.
Ella abrió los ojos de repente. Vio que Gabriel se había quitado la americana y la corbata y que se había desabrochado tres botones de la camisa. También se había quitado los gemelos y se había remangado.
Él sonrió con cautela.
—No quería despertarte.
—No pasa nada, sólo había cerrado los ojos un momento.
Julia bostezó y se incorporó lentamente.
—Puedes seguir durmiendo.
—No creo que sea buena idea.
—¿Has comido algo?
Ella negó con la cabeza.
—¿Te apetece hacerlo ahora? Puedo prepararte una tortilla.
—No, tengo el estómago encogido.
A él le molestaba que se negara a comer, pero prefirió no discutir con ella, consciente de que una discusión más grave se acercaba por el horizonte.
—Tengo un regalo para ti.
—Gabriel, un regalo es lo último que necesito en este momento.
—No estoy de acuerdo, pero puede esperar. —Se removió incómodo en el sofá, sin apartar los ojos de ella—. Llevas un chal y estás sentada al lado del fuego, pero sigues estando muy pálida. ¿Tienes frío?
—No.
Julia empezó a quitarse la pashmina, pero los largos dedos de él le sujetaron la mano.
—¿Puedo?
Ella retiró la mano y asintió recelosa.
Gabriel se acercó y Julia cerró los ojos cuando su aroma la envolvió. Con delicadeza, él le desenrolló el chal con las dos manos y lo dejó entre los dos, en el sofá. Luego le acarició el cuello con los nudillos.
—Eres preciosa —murmuró—. No me extraña que todos los ojos estuvieran clavados en ti esta noche.
Ella se tensó al oírlo y Gabriel se echó hacia atrás, maldiciéndose entre dientes.
Al bajar la vista, Julia se dio cuenta de que no había llegado a quitarse las botas, pero a él no parecía molestarle.
—Siento haber puesto las botas sobre el sofá. Me las quitaré.
Cuando empezó a bajarse una de las cremalleras, Gabriel se puso de rodillas en el suelo.
—¿Qué haces? —preguntó ella, mirándolo sorprendida.
—Admirar tus botas. Me gustan mucho —respondió él, acariciando el tacón de una de ellas.
—Rachel me ayudó a elegirlas, pero los tacones son demasiado altos.
—Los tacones nunca son demasiado altos. Pero deja que te ayude.
La voz de él, ronca y cargada de adoración, le aceleró el pulso.
Con las manos suspendidas en el aire por encima de sus rodillas, repitió:
—¿Puedo?
Julia asintió, conteniendo el aliento.
Reverentemente, Gabriel le acabó de desabrochar la bota y, con delicadeza, le recorrió la pierna con los dedos, desde la pantorrilla hasta el tobillo antes de quitársela. Tras repetir el proceso con la otra bota, las dejó ambas junto al sofá. Luego le levantó el pie derecho y empezó a masajearlo ligeramente con ambas manos.
Julia gimió sin poder evitarlo y luego se mordió el labio, avergonzada.
—No hay nada malo en demostrar que sientes placer, Julianne —la tranquilizó él—. Me anima mucho comprobar que no te resulto del todo repulsivo.
—No me resultas repulsivo en absoluto. Pero no me gusta verte de rodillas —susurró ella.
La expresión satisfecha de Gabriel se ensombreció.
—Cuando un hombre se arrodilla ante una mujer es un gesto de caballerosidad. Cuando una mujer se arrodilla ante un hombre, es indecente.
Julia volvió a gemir.
—¿Dónde aprendiste a hacer eso?
Él la miró sin comprender.
—¿Dónde aprendiste a dar masajes en los pies? —insistió ella, ruborizándose.
Él suspiró.
—Una amiga me enseñó.
«Una de sus amigas merecedoras de una foto en blanco y negro, seguro», pensó Julia.
—Sí —dijo Gabriel, como si la hubiera oído—. Me gustaría ampliar el masaje al resto del cuerpo, pero no creo que sea una buena idea, al menos de momento.
Los ojos se le habían oscurecido mientras hablaba. Cambiando de pie, bajó la vista.
—Tengo hambre de tu cuerpo, Julianne. No soy lo suficientemente fuerte como para tocarte de manera casta. No si estuvieras tumbada ante mí, cubierta sólo por una sábana.
Permanecieron en silencio unos instantes, mientras Gabriel le masajeaba el pie. Luego, él se echó hacia atrás y, sentado sobre los talones, le pasó un dedo arriba y abajo por las medias.
—Si quieres, puedo llevarte a tu casa y hablamos mañana. O puedes quedarte aquí. Duerme en mi habitación y yo lo haré en la de invitados —le ofreció, inseguro.
—No quiero alargar las cosas innecesariamente. Me gustaría
que habláramos, si no te importa.
—No me importa. ¿Quieres algo de beber? —Gabriel señaló hacia la cocina—. Puedo abrir una botella de vino. O prepararte un cóctel. —La miró fijamente—. Por favor, deja que haga algo por ti.
Una llama prendió en el vientre de Julia, creciendo y envolviéndola, pero luchó contra ella.
—Agua, por favor. Necesito tener la cabeza clara.
Él se levantó y fue a la cocina. Julia oyó que se lavaba las manos y luego el ruido de varios cajones de la nevera abriéndose y cerrándose. Regresó con un vaso alto lleno de agua Perrier, hielo y varios trozos de lima.
—¿Me disculpas un momento?
—Todos los que necesites. Regresa al fuego cuando estés lista. —Trató de sonreír, pero estaba demasiado tenso para que la sonrisa resultara sincera.
Ella desapareció con su bebida. Gabriel supuso que necesitaba armarse de valor para enfrentarse a la siguiente revelación sobre su maldita y miserable existencia. O tal vez pensaba encerrarse en el baño y exigirle que hablaran a través de la puerta. No podría culparla.
La mente de Julia funcionaba a la velocidad de la luz. No sabía lo que Gabriel iba a decirle, ni cómo respondería ella. Era muy posible que se enterara de cosas que hicieran imposible que su relación continuara. La idea la destrozaba. No importaba lo que él hubiera hecho o con quién; lo amaba. La idea de perderlo otra vez, después de la felicidad de haberlo reencontrado, era una tortura.
Gabriel se había sentado en su butaca roja y estaba contemplando la chimenea. Al verlo tan melancólico y con chaleco, le recordó a un personaje de una novela de las hermanas Brontë. Mientras se acercaba a él, le rogó a Charlotte que fuera un personaje de una de las suyas, no de su hermana Emily.
«Lo siento, pero es que Heathcliff me aterroriza. Por favor, que Gabriel no sea un Heathcliff. (No se ofenda, señorita Emily.) Por favor.»
Desde donde estaba, él no la veía. Carraspeó para advertirlo de su presencia.
Gabriel le hizo un gesto con el brazo para que se acercara al fuego.
—Ven a calentarte.
Julia hizo amago de sentarse en el suelo, pero él se lo impidió con un gesto de la mano.—Por favor —le dijo con una sonrisa—, siéntate en mi regazo. O en la otomana. O en el sofá.
A Julia no le importaba en absoluto sentarse en el suelo frente al fuego, pero a él parecía molestarle y no valía la pena discutir por algo así. Se decantó por la otomana y tomó asiento, contemplando las llamas azules y naranja. En su mente ya no era El Profesor; sino Gabriel, su profesor, su amado.
Él cambio de postura, preguntándose por qué Julia se habría sentado tan lejos.
«Porque ahora sabe lo que eres y te tiene miedo.»
—¿Por qué no te gusta verme de rodillas? —preguntó ella finalmente, rompiendo el silencio.
—Tal vez después de la charla que hemos tenido antes, puedas adivinar la razón. Una razón que cobra más peso si tienes en cuenta lo que me contaste en tu apartamento. —Hizo una breve pausa—. Eres demasiado humilde y la gente se aprovecha de tu dulzura y amabilidad.
—Los estudiantes universitarios no lo tienen fácil. Tienen que ganárselo todo con esfuerzo.
—Ser una estudiante no tiene nada que ver con esto.
—Tú siempre serás el profesor brillante y yo siempre seré tu alumna —dijo ella en voz baja.
—Te olvidas de que te conocí antes de que fueras mi alumna. Y no serás estudiante eternamente. Estaré sentado en primera fila cuando des tu primera conferencia. Y respecto a tus prejuicios contra los profesores, sólo puedo decir: «Si nos pincháis, ¿no sangramos?».
—«Y si nos atacáis, ¿no tenemos derecho a vengarnos?» —replicó ella, siguiendo con el monólogo de El Mercader de Venecia.
Gabriel se echó hacia atrás en la butaca y la miró complacido.
—¿Quién es ahora la maestra, profesora Mitchell? Yo sólo te supero en edad y en experiencia.
—La edad no lo vuelve a uno sabio necesariamente.
—Por supuesto que no. Y aunque tú eres joven, eres trabajadora y estás comenzando lo que promete ser una larga y brillante carrera. Tal vez no he dejado lo bastante claro lo mucho que te admiro.
Julia no dijo nada y mantuvo la vista clavada en las llamas.
Gabriel se aclaró la garganta.
—Ann no me hizo daño, Julianne. Apenas pienso en ella y, cuando lo hago, es para lamentar lo que pasó. No me dejó cicatrices.
Julia se volvió para mirarlo con preocupación.
—No todas las cicatrices dejan marcas en la piel. ¿Por qué tuviste que elegirla a ella, de entre tanta gente?
Él se encogió de hombros y clavó la mirada en las llamas.
—¿Por qué hacen las cosas los seres humanos? Todos buscan la felicidad. Me prometió un placer intenso y en ese momento necesitaba distraerme con algo.
—¿Dejaste que te hiciera daño porque estabas aburrido?
Julia sintió náuseas.
La expresión de Gabriel se endureció.
—No espero que lo entiendas, pero en ese momento necesitaba quitarme una cosa de la cabeza. Podía elegir entre el dolor o el alcohol y no quería hacer nada que pudiera perjudicar a Grace o a Richard. Traté de mantener relaciones con varias mujeres, pero en seguida perdía el interés. Los orgasmos fáciles pero sin sentido acaban cansando, Julianne.
«Trataré de recordarlo», pensó ella.
—La actitud de la profesora Singer, tanto en la conferencia como durante la cena, no era la de una mujer despechada.
—Ella desprecia la debilidad y por tanto no reconoce el fracaso. Fue un duro golpe para su reputación y su enorme ego cuando trató de dominarme y fracasó. No quiere que se sepa.
—¿La querías?
—No. Es un súcubo sin alma ni corazón.
Julia volvió a mirar hacia la chimenea y apretó los labios.
—En realidad, fue una especie de prueba. Y no la superamos. En otras palabras, aunque... nos relacionamos, nunca existió nada entre nosotros.
—Me disculparás, pero carezco de vocabulario específico para descifrar lo que tratas de decirme.
—Estoy tratando de explicártelo sin manchar tu inocencia más de lo necesario. No me pidas que sea más explícito —dijo con frialdad.
—¿Todavía deseas lo que ella te ofrecía?
—No, fue una experiencia desastrosa.
—¿Y con otra persona?
—No.
—¿Y qué harás la próxima vez que te envuelva la oscuridad?
—Pensaba que lo había dejado claro. Cuando tú estás a mi lado, la oscuridad desaparece, Beatriz. —Carraspeó—. Julianne.
—Dime que no era ella la que aparecía en las fotografías.
—No, en absoluto. Las mujeres que fotografié me gustaban.
—¿Por qué te echó de su casa?
Gabriel apretó los dientes antes de responder.
—Hice algo que en su mundo es absolutamente inaceptable. No te mentiré diciendo que no disfruté al ver la expresión de su cara cuando le di a probar su propia medicina. Aunque al hacerlo violé una de mis reglas sagradas.
Julia se estremeció.
—Entonces, ¿por qué sigue acosándote?
—Represento su fracaso, sigue deseando dominarme. Aparte de que poseo algunas habilidades...
Ella se ruborizó, incómoda.
—Me refiero a mis habilidades pugilísticas. Cuando se enteró de que había boxeado y de que era miembro del Club de Esgrima de Oxford, no pude quitármela de encima. Por desgracia, tenemos esas aficiones en común.
Julia se pasó un dedo por la cicatriz de la cabeza.
—No puedo estar con alguien que pega, Gabriel. Ni por enfado, ni por placer, ni por ninguna otra razón.
—Y haces bien. Lo apoyo. No está en mi naturaleza ser violento con las mujeres. Me gusta seducirlas. Ann fue una excepción. Si conocieras las circunstancias, creo que me darías la razón y me perdonarías.
—Pero tampoco puedo estar con alguien que desea que le peguen. La violencia me da mucho miedo. Por favor, entiéndelo.
—Lo entiendo. Pensé que lo que Ann me ofrecía me ayudaría a superar mis problemas. —Negó con la cabeza con tristeza—. Julianne, lo auténticamente doloroso ha sido tener que mirarte a la cara y admitir mi sórdida relación con ella. Por ti, desearía no tener pasado. Desearía ser tan bueno como tú.
Julia bajó la vista hasta sus manos, que se estaba retorciendo sobre el regazo.
—La sola idea de que alguien te golpee... y te trate como a un animal... —La voz le empezó a temblar y los ojos se le llenaron de lágrimas—. No me importa que mantuvierais relaciones sexuales. No me importa que no te dejara marcas. Lo que no soporto es la idea de que alguien te haga daño porque tú lo desees.
Gabriel apretó los labios y guardó silencio.
—La idea de alguien golpeándote me pone enferma.
Él apretó los dientes al ver dos lágrimas cayendo por sus mejillas.
—Debes estar con alguien que te trate con amabilidad —dijo Julia, secándose la mejilla con el dorso de la mano—. Prométeme que nunca volverás con ella. O con alguien como ella.
Gabriel le dirigió una dura mirada.
—Te dije que no tendrías que compartirme con nadie. Cumplo mis promesas.
Ella negó con la cabeza.
—Digo nunca más. Ni siquiera después de mí. Prométemelo.
Gabriel gruñó.
—Lo dices como si fuera inevitable que vaya a haber un después.
Julia se secó otra lágrima.
—Prométeme que no dejarás que nadie te maltrate para castigarte a ti mismo. Pase lo que pase.
Él apretó los dientes con más fuerza.
—Prométemelo, Gabriel. No volveré a pedirte nada, pero prométeme esto.
Entornando los ojos, él la observó en silencio unos instantes antes de asentir.
—Te lo prometo.
Julia se relajó y dejó caer la cabeza hacia adelante, física y emocionalmente exhausta.
Gabriel no se había perdido detalle de las emociones que habían batallado en su rostro, tan pronto pálido como sofocado, o del modo de retorcerse la tela del vestido. Le dolía mucho verla tan disgustada. Y verla llorar era desesperante.
«El ángel de ojos castaños estaba llorando por el demonio. El ángel lloraba porque le dolía que alguien le hiciera daño a él.»
Sin una palabra, la agarró y la sentó sobre su regazo. Apoyó su cabeza delicadamente en su pecho y la abrazó.
—No más lágrimas. Ya has derramado demasiadas lágrimas por mí —le susurró al oído— y te aseguro que no me merezco ni una. —Suspiró pesaroso—. He sido muy egoísta queriendo estar contigo, Julianne. Deberías estar con alguien de tu edad, alguien bueno, como tú. No con un retorcido Calibán, que merece estar en la isla de La tempestad y no a tu lado.
—A veces eres tan inocente como yo.
—¿Cuándo? Dímelo.
—Cuando me abrazas. Cuando me acaricias el pelo —susurró ella—. Cuando estamos en la cama juntos.
Gabriel la miró con expresión torturada.
—Si no me quieres en tu vida, sólo tienes que decirlo y desapareceré para siempre. No quiero que tengas miedo de mi reacción. Si me rechazas, te prometo que no trataré de retenerte. Si es lo que deseas, te dejaré marchar.
Julia guardó silencio, sin saber qué decir.
—Sé que tengo una personalidad controladora y admito que, como tú misma dijiste, soy un mandón —continuó, con la voz baja y crispada—. Pero nunca te trataría como a ella. No te haré daño, Julianne. Sería incapaz de hacerte daño.
Le acarició el brazo con un dedo y a Julia se le erizó el vello, tanto por su caricia como por sus palabras.
—No me preocupa lo que puedas hacerme, sino lo que Ann pueda hacerte a ti.
—Hacía mucho tiempo que nadie se preocupaba por mí.
—Tu familia lo hace. Y yo también antes de mudarme a Toronto. Me preocupaba por ti cada día.
Gabriel le dio un suave beso en los labios, que ella le devolvió.
—A pesar de mis pasadas indiscreciones, me gusta mucho más dar a mis amantes un placer loco y apasionado que dolor, te lo aseguro. Algún día me gustará mostrarte esa faceta mía. Despacio, por supuesto.
Julia se mordió la mejilla por dentro, buscando las palabras adecuadas para lo que tenía que decir.
—Tengo que decirte algo.
—¿Sí?
—No soy... tan inocente como crees.
—¿Y qué se supone que quiere decir eso? —preguntó él, bruscamente.
Julia se mordisqueó el labio superior, nerviosa.
—Lo siento. Me has pillado por sorpresa. —Gabriel se frotó los ojos.
—He tenido un novio.
Él frunció el cejo.
—Ya lo sabía.
—Y nosotros... hicimos cosas.
—¿Qué clase de cosas? —preguntó Gabriel, levantando las cejas. Las palabras habían salido de su boca sin pensar, pero en seguida cambió de idea—. No respondas. No quiero saberlo.
—No soy tan inocente como lo era cuando tú y yo nos conocimos, lo que significa que tienes una visión falsa e idealizada de mí.
Gabriel reflexionó un instante sobre lo que estaba oyendo. Quería saber los detalles, pero al mismo tiempo tenía miedo de lo que Julia pudiera decir. La idea de que otra persona —él— la hubiera tocado, le hubiera dado placer, lo ponía furioso. Se daba cuenta de que ella necesitaba contarlo, pero no estaba seguro de poder reaccionar correctamente.
—Tú fuiste el primero en besarme. El primero que me cogió la mano —dijo Julia.
—Me alegro. —Gabriel le levantó una mano y le besó el dorso—. Ojalá hubiera podido ser el primero en todo.
—No me arrebató todas las primeras veces. —Julia cerró la boca rápidamente. No había querido decir eso.
El uso de la palabra «arrebatar» despertó en Gabriel instintos asesinos. Si alguna vez se encontraba a ese hombre, le partiría el cuello con sus propias manos.
—Al ver que no regresabas, empecé a salir con alguien. En Filadelfia. Y... bueno... empezaron a pasar cosas.
—¿Cosas que tú deseabas que pasaran?
Julia se removió en el asiento, incómoda.
—Era mi novio. A veces... perdía la paciencia.
—Justo lo que me temía. Era un manipulador hijo de puta que te sedujo.
—Tengo voluntad propia. No tenía por qué ceder.
Gabriel permaneció en silencio.
«No puedo soportarlo. Estos celos me matan. Pensar en sus manos y sus labios con los de otra persona... No.»
—Sé qué no tengo derecho a preguntarte esto —dijo finalmente—, pero ¿lo amabas?
—No.
Él trató de ocultar la satisfacción que sintió al oír su respuesta levantando la barbilla.
—No me toques nunca, ni permitas que yo lo haga, a no ser que lo desees. Quiero que me hagas esta promesa ahora mismo.
Ella parpadeó sorprendida.
—Me conozco. Hasta ahora he mantenido mis pasiones a raya, pero más de una vez he sido demasiado directo y te he hecho sentir incómoda. Me disgustaría mucho saber que nuestra relación había avanzado sólo porque te sentías coaccionada.
—Te lo prometo, Gabriel.
Él asintió y la besó en la frente.
—Julianne, ¿por qué no quieres que te llame Beatriz?
—Me entristeció mucho que no quisieras saber mi nombre cuando nos conocimos.
Él la miró intensamente.
—Quiero saber mucho más que eso. Quiero conocer tu auténtico yo.
Julia sonrió.
—¿Todavía quieres estar conmigo? —preguntó él—. ¿O quieres dejarme?
—Claro que quiero estar contigo.
Gabriel la besó con dulzura antes de ayudarla a levantarse y guiarla hasta la cocina. Cuando Julia estuvo cómodamente sentada en uno de los taburetes, él cogió algo de una encimera, cubierto por una tapadera en forma de cúpula plateada. Mientras le dejaba la bandeja delante, sus ojos brillaban traviesos.
—Tarta de manzana casera —anunció, retirando la tapa con gran efecto.
—¿Tarta?
—Dijiste que nadie te había preparado una tarta. Ya no podrás decirlo.
Julia se quedó mirando el dulce sin dar crédito a lo que veía.
—¿La has hecho tú?
—No exactamente. La hizo mi asistenta. ¿Te gusta?
—¿Le pediste a alguien que hiciera una tarta para mí?
—Bueno, la verdad es que esperaba que la compartieras conmigo, pero ya que insistes en comértela toda tú sola... —bromeó él.
Julia cerró los ojos y se cubrió la boca con la mano.
—¿Julianne?
Al ver que no respondía, Gabriel empezó a hablar muy de prisa:
—Dijiste que te gustaba. Cuando me contaste lo de San Luis, dijiste que nadie te había preparado nunca una tarta y pensé... —Se detuvo, súbitamente inseguro.
Los hombros de ella temblaban mientras lloraba en silencio.
—¿Julia? ¿Qué pasa? —le preguntó frenético. No soportaba verla llorar. Y menos por su culpa. Rodeó la barra y la abrazó—. ¿Qué he hecho?
—Lo siento —se disculpó cuando por fin fue capaz de hablar.
—Cariño, no lo sientas. Sólo explícame qué he hecho mal para no repetirlo.
—No has hecho nada mal. —Julia se secó las lágrimas—. Es que nadie había hecho algo así por mí antes. —Sonrió melancólica.
—No quería disgustarte. Quería hacerte feliz.
—Son lágrimas de felicidad. Más o menos —contestó ella, riendo y llorando a la vez.
Gabriel la abrazó una vez más antes de soltarla. Retirándole el pelo por detrás de los hombros, dijo:
—Creo que alguien de por aquí necesita un trozo de tarta.
Cortó una generosa porción, de la que partió un trozo con el tenedor, sosteniéndolo delante de ella.
—Me gustaría dártelo yo, pero entenderé si no quieres que lo haga.
Julia abrió la boca inmediatamente y Gabriel le metió la tarta en la boca.
—Hum, está buenísima —dijo, con la boca llena.
Mientras se quitaba unas cuantas migas de los labios, sonrió.
—Me alegro.
—No sabía que tuvieses asistenta.
—Sólo viene dos veces a la semana.
—¿Y también cocina?
—A veces. Funciono a rachas. O tal vez debería decir por obsesiones, ya sabes —respondió, dándole un golpecito en la nariz—. Esta receta era de su abuela. No puedo decirte lo que puso en la masa del hojaldre. Es un secreto —añadió, guiñando un ojo.
—¿Y tú? ¿No vas a comer?
—Prefiero ver cómo disfrutas. Aunque esto no es una cena en condiciones. Me quedaría más tranquilo si me dejaras prepararte algo caliente.
—Mi padre siempre come un trozo de queso con la tarta de manzana. Si tienes queso, tomaré un poco.
Al principio, Gabriel pareció sorprendido por la petición, pero en seguida reaccionó y fue a la nevera a buscar un trozo de queso cheddar blanco curado.
—Perfecto —murmuró ella.
Cuando acabó de comer, permaneció unos segundos en silencio, preguntándose si debería volver a su casa. No le apetecía, pero tal vez después de tantas lágrimas y tanto drama, Gabriel no quisiera que se quedara.—No respondiste a mi nota —comentó él, rompiendo el silencio—, la que te envié con las gardenias.
—Te envié un correo electrónico.
—Pero te olvidaste de una cosa.
Julia tardó unos segundos en contestar.
—No sabía cómo responder a lo de la domesticación.
—Me dijiste que ese diálogo entre el Principito y el zorro era tu favorito. Pensé que te quedaría claro.
Ella negó con la cabeza.
—Sé lo que quería decir el zorro, pero no tengo tan claro lo que significa para ti.
—Entonces te lo aclararé. No espero que confíes en mí, pero me gustaría ganarme tu confianza. Tal vez cuando logre que confíes en mí con la mente, puedas confiarme también tu cuerpo. Ése era el tipo de domesticación al que me refería. Quiero estar pendiente de ti... de tus necesidades y tus deseos... y quiero dedicarles todo el tiempo que se merecen.
—¿Cómo me domesticarás?
—Mostrándote con mis actos que soy digno de confianza. Y así.
Le sujetó la cara entre las manos y acercó su boca a la de ella hasta que estuvieron casi rozándose. Julia cerró los ojos y aguardó, conteniendo el aliento, a que sus labios se tocaran.
Pero no lo hicieron.
El aire cálido que salía de los labios entreabiertos de Gabriel le acariciaba la boca. Con la punta de la lengua, Julia se humedeció el labio inferior. Al sentir el aliento de él sobre la humedad de sus labios, un escalofrío le recorrió la espalda.
—Estás temblando —susurró Gabriel, enviándole una nueva oleada de aliento cálido junto con sus palabras.
Julia se ruborizó entre sus manos. El calor se extendió por su rostro y descendió por su cuello.
—Noto cómo te ruborizas. Tu piel florece y se llena de color.
Le acarició las cejas. Al abrir los ojos, Julia se encontró con dos estanques de agua azul oscuro.
—Tienes las pupilas dilatadas —siguió describiendo Gabriel, con una sonrisa— y tu respiración se ha acelerado. ¿Sabes lo que eso significa?
—Él decía que era frígida —confesó Julia, avergonzada—. Fría como la nieve. Y eso lo enfurecía.
—Sólo un niñato que no sabe nada de mujeres puede estar tan
ciego y decir algo tan ridículo. No lo creas ni por un momento, Julianne. Sé que no es verdad. —Esbozó una sonrisa seductora—. Sé perfectamente cuándo estás excitada. Lo veo en tus ojos. Lo noto en tu piel. Puedo... sentirlo.
Volvió a pasarle los dedos por las cejas para relajarla.
—Por favor, no te sientas mal. No hay nada vergonzoso en ello. Es excitante y muy erótico.
Julia cerró los ojos y aspiró hondo.
—Aramis, menta y el bendito Gabriel.
Él se echó a reír.
—¿Es tu manera de decirme que te gusta mi colonia? — Se inclinó un poco hacia ella para que pudiera olerle mejor el cuello, donde el aroma de la colonia era más intenso.
—¿Qué haces?
—Alimentar el deseo, Julianne. Dime qué deseas. Estás sofocada, tu corazón late rápidamente y la respiración se te ha acelerado. ¿Qué deseas, Julia? —repitió, volviendo a sujetarle la cara entre las manos y acercándole la boca a los labios, sin tocarla.
—Quiero besarte —susurró ella.
—Yo también quiero besarte —replicó él, sonriendo.
Julia aguardó, pero Gabriel permaneció quieto.
—Julianne —murmuró él contra su boca.
Ella abrió los ojos.
—Toma lo que deseas.
Julia inspiró hondo.
—Si no inicias tú el beso de vez en cuando, pensaré que no me deseas. Que te estoy obligando. Y después de una noche como ésta, la única que debes exigir algo eres tú.
Gabriel la estaba mirando con los ojos muy abiertos y cargados de intención.
Ella no necesitó más. Sorprendiéndolos a ambos, le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia sí. Cuando sus labios se encontraron, las manos de Gabriel se desplazaron hasta la espalda de Julia. Se imaginó acariciando su piel desnuda. Ella le mordisqueó el labio inferior antes de succionárselo y metérselo en la boca, imitando lo que él le había hecho en una ocasión anterior. Aunque le faltaba experiencia, a Gabriel le encantó.
Su calmada pasión lo enardecía. En pocos segundos, le había subido la temperatura y su corazón se había disparado. Mientras le exploraba la boca con la lengua, deseaba separarle las castas rodillas
con una mano y apretarse contra ella. Y llevarla en brazos hasta el dormitorio para...
Se separó bruscamente y la sujetó por los antebrazos desnudos.
—Tengo que parar. —Apoyando la frente en la suya, soltó el aire ruidosamente.
—Lo siento.
Gabriel le besó la frente.
—No te disculpes por seguir el dictado de tus deseos. Eres hermosa y sensual. Y me excitas muchísimo. Puedo disfrutar de ti sin llevar esto más lejos, pero no seré capaz de contenerme si te sigo besando.
Permanecieron inmóviles, abrazados, hasta que él abrió los ojos y le acarició la mejilla.
—Dime que deseas, Julianne. Esta noche soy tuyo. ¿Quieres que te lleve a casa? ¿Quieres quedarte?
Ella le acarició la mandíbula con la nariz.
—Me gustaría quedarme.
—En ese caso, creo que es hora de que nos vayamos a la cama.
Le ofreció la mano para ayudarla a bajar del taburete.
—¿No te resulta raro compartir la cama conmigo?
—Te quiero en mi cama y entre mis brazos todas las noches.
Julia guardó silencio mientras iba en busca del maletín.
—¿Te molesta? —preguntó él, frunciendo el cejo.
—No, aunque tal vez debería.
—Te he echado de menos esta semana.
—Yo también te he echado de menos.
—Duermo mejor cuando estás entre mis brazos —confesó Gabriel con una cálida sonrisa—, pero puedes elegir donde prefieres dormir.
—Me gustaría compartir la cama contigo —admitió ella, con timidez—, si no te importa.
—Nunca te negaría algo así —dijo él, guiándola hacia el dormitorio.
Cuando Julia se sentó en la cama, Gabriel cogió la foto de la cómoda.
—Tú tienes una foto mía debajo de la almohada. Pensé que no te importaría que yo tuviera una foto tuya —bromeó, ofreciéndosela.
Julia se devanó los sesos tratando averiguar cómo habría encontrado él la fotografía.
—¿De dónde la has sacado? —Soy yo el que debería preguntarte de dónde sacaste tú una foto de mis tiempos en el equipo de remo de Princeton —replicó él, mientras se sacaba la camisa del pantalón y se desabrochaba los botones del chaleco y la camisa, dejando al descubierto la ceñida camiseta que llevaba debajo.
Julia apartó la vista, maldiciendo en silencio el día en que alguien decidió que los hombres llevaran camisetas debajo de la camisa. Ver cómo se desnudaba era todavía más sexy que verlo cubierto por una toalla lila demasiado pequeña.
— Bueno... Rachel la tenía colgada en un corcho, en su habitación. La primera vez que la vi, no pude resistirme y me la llevé.
Gabriel se inclinó sobre ella para mirarla a la cara.
—¿Te la llevaste? ¿Quieres decir que la robaste?
—Ya sé que no hice bien. Pero tenías una sonrisa tan maravillosa. Yo tenía diecisiete años y era muy tonta, Gabriel.
—¿Tonta o enamorada?
Julia bajó la vista.
—Creo que ya lo sabes.
—Rachel tomó unas cuantas fotos con su teléfono cuando fuimos a Lobby. Ésta es mi favorita, por eso la enmarqué. —La observó más de cerca—. ¿No te gusta?
Ella se puso nerviosa.
—Estás muy guapo.
Gabriel le quitó la foto de las manos y la dejó en su sitio.
—¿Qué piensas? Cuéntamelo.
—Tu manera de mirarme mientras bailábamos... no la entiendo.
—Eres una mujer muy hermosa, Julia. ¿Por qué no iba a mirarte?
—Pero me miras de una manera muy especial.
—Siempre te miro así —confesó él, dándole un beso suave—. Te estoy mirando así ahora mismo. —Le echó el pelo hacia atrás—. En seguida vuelvo.
Ella se quitó el vestido y se puso lo que sería su pijama de aquella noche. Luego se acercó a la puerta del cuarto de baño, de donde salía una luz blanquecina.
—Quieta —dijo Gabriel, que había regresado a la cama y estaba tumbado, observándola.
Julia se miró, inquieta. Había dudado mucho. Casi todos sus pijamas eran demasiado infantiles para ponérselos estando con él y no tenía lencería bonita. Y, aunque tuviera, no se habría atrevido a
ponérsela. Así que, finalmente, se había decidido por una camiseta amplia y oscura y unos pantalones cortos con el logo de la universidad de Saint Joseph.
—Eres exquisita.
Ella hizo una mueca y alargó la mano para apagar la luz.
—Espera. Ahí, recortada contra la luz, pareces un ángel.
Julia asintió para que supiera que lo había oído, antes de apagar la luz y volver a la cama.
Él la acogió en un cálido abrazo. Julia se dio cuenta de que iba vestido de un modo muy similar.
¡Menudo par estaban hechos! Pero al menos sus piernas desnudas podían unirse felizmente bajo las sábanas. Gabriel la besó con ternura y se reclinó en la almohada, suspirando de satisfacción cuando ella apoyó la cara en su pecho y le rodeó la cintura con un brazo.
—Lamento que te sientas sola, Julianne.
Ella se sorprendió por el brusco cambio de tema.
—Hace unos días, me dijiste que te sentías muy sola. Que no tienes amigos.
Julia hizo una mueca al recordarlo.
—¿Quieres que te compre un gato o un conejo para que te hagan compañía?
—Gabriel, te lo agradezco mucho, pero no puedes tratar de solucionar todos mis problemas comprándome cosas.
—Lo sé, pero puedo comprarte cosas para hacerte sonreír.
Volvió a besarla.
—La amabilidad vale mucho más que todo el dinero del mundo.
—La tendrás. Entre otras cosas.
—No quiero nada más.
—Quédate conmigo este fin de semana.
Ella sólo dudó un instante.
—De acuerdo —susurró.
Gabriel pareció aliviado.
—¿Qué me dices de un pez? Son la nueva moda en mascotas.
Julia se echó a reír.
—Mejor no. Bastante me cuesta ya cuidar de mí misma, como para tener que cuidar de una pobre criatura que no tiene ninguna culpa.
Él se incorporó un poco para poder mirarla a la cara.
—En ese caso, deja que yo cuide de ti —susurró, con los ojos
brillantes.
—Podrías tener a cualquier mujer que quisieras, Gabriel.
Él frunció el cejo.
—Sólo te quiero a ti.
Ella apoyó la cabeza en su pecho y sonrió.
—Estar sin ti es como vivir en una eterna noche sin estrellas.
No es que eso lo pillara por sorpresa. Sabía que pasaría tarde o temprano. Lo que no se había imaginado era que sería precisamente ése el secreto que los separaría. Gabriel sabía que no se merecía a Julia por muchas razones, razones que se había callado como un cobarde. No era una cuestión de amor, no creía que ella pudiera llegar a amarlo nunca. No era posible amar a alguien como él. Pero había esperado poder cortejarla el tiempo suficiente para que el afecto y la amistad los unieran, a pesar de algunos de sus oscuros secretos. Pero ya era demasiado tarde.
Cuando por fin llegó a casa, se sorprendió al encontrarla durmiendo en el sofá. Su rostro era la imagen de la serenidad. Trató de no tocarla, pero no lo logró. Alargó la mano y le acarició el pelo, murmurando unas palabras tristes en italiano.
Necesitaba música. En esos momentos necesitaba una melodía que lo ayudara a calmar la agonía, pero en la única canción que podía pensar era en Mad World, de Gary Jules. Y no quería estar oyendo esa canción cuando Julia lo abandonara.
Ella abrió los ojos de repente. Vio que Gabriel se había quitado la americana y la corbata y que se había desabrochado tres botones de la camisa. También se había quitado los gemelos y se había remangado.
Él sonrió con cautela.
—No quería despertarte.
—No pasa nada, sólo había cerrado los ojos un momento.
Julia bostezó y se incorporó lentamente.
—Puedes seguir durmiendo.
—No creo que sea buena idea.
—¿Has comido algo?
Ella negó con la cabeza.
—¿Te apetece hacerlo ahora? Puedo prepararte una tortilla.
—No, tengo el estómago encogido.
A él le molestaba que se negara a comer, pero prefirió no discutir con ella, consciente de que una discusión más grave se acercaba por el horizonte.
—Tengo un regalo para ti.
—Gabriel, un regalo es lo último que necesito en este momento.
—No estoy de acuerdo, pero puede esperar. —Se removió incómodo en el sofá, sin apartar los ojos de ella—. Llevas un chal y estás sentada al lado del fuego, pero sigues estando muy pálida. ¿Tienes frío?
—No.
Julia empezó a quitarse la pashmina, pero los largos dedos de él le sujetaron la mano.
—¿Puedo?
Ella retiró la mano y asintió recelosa.
Gabriel se acercó y Julia cerró los ojos cuando su aroma la envolvió. Con delicadeza, él le desenrolló el chal con las dos manos y lo dejó entre los dos, en el sofá. Luego le acarició el cuello con los nudillos.
—Eres preciosa —murmuró—. No me extraña que todos los ojos estuvieran clavados en ti esta noche.
Ella se tensó al oírlo y Gabriel se echó hacia atrás, maldiciéndose entre dientes.
Al bajar la vista, Julia se dio cuenta de que no había llegado a quitarse las botas, pero a él no parecía molestarle.
—Siento haber puesto las botas sobre el sofá. Me las quitaré.
Cuando empezó a bajarse una de las cremalleras, Gabriel se puso de rodillas en el suelo.
—¿Qué haces? —preguntó ella, mirándolo sorprendida.
—Admirar tus botas. Me gustan mucho —respondió él, acariciando el tacón de una de ellas.
—Rachel me ayudó a elegirlas, pero los tacones son demasiado altos.
—Los tacones nunca son demasiado altos. Pero deja que te ayude.
La voz de él, ronca y cargada de adoración, le aceleró el pulso.
Con las manos suspendidas en el aire por encima de sus rodillas, repitió:
—¿Puedo?
Julia asintió, conteniendo el aliento.
Reverentemente, Gabriel le acabó de desabrochar la bota y, con delicadeza, le recorrió la pierna con los dedos, desde la pantorrilla hasta el tobillo antes de quitársela. Tras repetir el proceso con la otra bota, las dejó ambas junto al sofá. Luego le levantó el pie derecho y empezó a masajearlo ligeramente con ambas manos.
Julia gimió sin poder evitarlo y luego se mordió el labio, avergonzada.
—No hay nada malo en demostrar que sientes placer, Julianne —la tranquilizó él—. Me anima mucho comprobar que no te resulto del todo repulsivo.
—No me resultas repulsivo en absoluto. Pero no me gusta verte de rodillas —susurró ella.
La expresión satisfecha de Gabriel se ensombreció.
—Cuando un hombre se arrodilla ante una mujer es un gesto de caballerosidad. Cuando una mujer se arrodilla ante un hombre, es indecente.
Julia volvió a gemir.
—¿Dónde aprendiste a hacer eso?
Él la miró sin comprender.
—¿Dónde aprendiste a dar masajes en los pies? —insistió ella, ruborizándose.
Él suspiró.
—Una amiga me enseñó.
«Una de sus amigas merecedoras de una foto en blanco y negro, seguro», pensó Julia.
—Sí —dijo Gabriel, como si la hubiera oído—. Me gustaría ampliar el masaje al resto del cuerpo, pero no creo que sea una buena idea, al menos de momento.
Los ojos se le habían oscurecido mientras hablaba. Cambiando de pie, bajó la vista.
—Tengo hambre de tu cuerpo, Julianne. No soy lo suficientemente fuerte como para tocarte de manera casta. No si estuvieras tumbada ante mí, cubierta sólo por una sábana.
Permanecieron en silencio unos instantes, mientras Gabriel le masajeaba el pie. Luego, él se echó hacia atrás y, sentado sobre los talones, le pasó un dedo arriba y abajo por las medias.
—Si quieres, puedo llevarte a tu casa y hablamos mañana. O puedes quedarte aquí. Duerme en mi habitación y yo lo haré en la de invitados —le ofreció, inseguro.
—No quiero alargar las cosas innecesariamente. Me gustaría
que habláramos, si no te importa.
—No me importa. ¿Quieres algo de beber? —Gabriel señaló hacia la cocina—. Puedo abrir una botella de vino. O prepararte un cóctel. —La miró fijamente—. Por favor, deja que haga algo por ti.
Una llama prendió en el vientre de Julia, creciendo y envolviéndola, pero luchó contra ella.
—Agua, por favor. Necesito tener la cabeza clara.
Él se levantó y fue a la cocina. Julia oyó que se lavaba las manos y luego el ruido de varios cajones de la nevera abriéndose y cerrándose. Regresó con un vaso alto lleno de agua Perrier, hielo y varios trozos de lima.
—¿Me disculpas un momento?
—Todos los que necesites. Regresa al fuego cuando estés lista. —Trató de sonreír, pero estaba demasiado tenso para que la sonrisa resultara sincera.
Ella desapareció con su bebida. Gabriel supuso que necesitaba armarse de valor para enfrentarse a la siguiente revelación sobre su maldita y miserable existencia. O tal vez pensaba encerrarse en el baño y exigirle que hablaran a través de la puerta. No podría culparla.
La mente de Julia funcionaba a la velocidad de la luz. No sabía lo que Gabriel iba a decirle, ni cómo respondería ella. Era muy posible que se enterara de cosas que hicieran imposible que su relación continuara. La idea la destrozaba. No importaba lo que él hubiera hecho o con quién; lo amaba. La idea de perderlo otra vez, después de la felicidad de haberlo reencontrado, era una tortura.
Gabriel se había sentado en su butaca roja y estaba contemplando la chimenea. Al verlo tan melancólico y con chaleco, le recordó a un personaje de una novela de las hermanas Brontë. Mientras se acercaba a él, le rogó a Charlotte que fuera un personaje de una de las suyas, no de su hermana Emily.
«Lo siento, pero es que Heathcliff me aterroriza. Por favor, que Gabriel no sea un Heathcliff. (No se ofenda, señorita Emily.) Por favor.»
Desde donde estaba, él no la veía. Carraspeó para advertirlo de su presencia.
Gabriel le hizo un gesto con el brazo para que se acercara al fuego.
—Ven a calentarte.
Julia hizo amago de sentarse en el suelo, pero él se lo impidió con un gesto de la mano.—Por favor —le dijo con una sonrisa—, siéntate en mi regazo. O en la otomana. O en el sofá.
A Julia no le importaba en absoluto sentarse en el suelo frente al fuego, pero a él parecía molestarle y no valía la pena discutir por algo así. Se decantó por la otomana y tomó asiento, contemplando las llamas azules y naranja. En su mente ya no era El Profesor; sino Gabriel, su profesor, su amado.
Él cambio de postura, preguntándose por qué Julia se habría sentado tan lejos.
«Porque ahora sabe lo que eres y te tiene miedo.»
—¿Por qué no te gusta verme de rodillas? —preguntó ella finalmente, rompiendo el silencio.
—Tal vez después de la charla que hemos tenido antes, puedas adivinar la razón. Una razón que cobra más peso si tienes en cuenta lo que me contaste en tu apartamento. —Hizo una breve pausa—. Eres demasiado humilde y la gente se aprovecha de tu dulzura y amabilidad.
—Los estudiantes universitarios no lo tienen fácil. Tienen que ganárselo todo con esfuerzo.
—Ser una estudiante no tiene nada que ver con esto.
—Tú siempre serás el profesor brillante y yo siempre seré tu alumna —dijo ella en voz baja.
—Te olvidas de que te conocí antes de que fueras mi alumna. Y no serás estudiante eternamente. Estaré sentado en primera fila cuando des tu primera conferencia. Y respecto a tus prejuicios contra los profesores, sólo puedo decir: «Si nos pincháis, ¿no sangramos?».
—«Y si nos atacáis, ¿no tenemos derecho a vengarnos?» —replicó ella, siguiendo con el monólogo de El Mercader de Venecia.
Gabriel se echó hacia atrás en la butaca y la miró complacido.
—¿Quién es ahora la maestra, profesora Mitchell? Yo sólo te supero en edad y en experiencia.
—La edad no lo vuelve a uno sabio necesariamente.
—Por supuesto que no. Y aunque tú eres joven, eres trabajadora y estás comenzando lo que promete ser una larga y brillante carrera. Tal vez no he dejado lo bastante claro lo mucho que te admiro.
Julia no dijo nada y mantuvo la vista clavada en las llamas.
Gabriel se aclaró la garganta.
—Ann no me hizo daño, Julianne. Apenas pienso en ella y, cuando lo hago, es para lamentar lo que pasó. No me dejó cicatrices.
Julia se volvió para mirarlo con preocupación.
—No todas las cicatrices dejan marcas en la piel. ¿Por qué tuviste que elegirla a ella, de entre tanta gente?
Él se encogió de hombros y clavó la mirada en las llamas.
—¿Por qué hacen las cosas los seres humanos? Todos buscan la felicidad. Me prometió un placer intenso y en ese momento necesitaba distraerme con algo.
—¿Dejaste que te hiciera daño porque estabas aburrido?
Julia sintió náuseas.
La expresión de Gabriel se endureció.
—No espero que lo entiendas, pero en ese momento necesitaba quitarme una cosa de la cabeza. Podía elegir entre el dolor o el alcohol y no quería hacer nada que pudiera perjudicar a Grace o a Richard. Traté de mantener relaciones con varias mujeres, pero en seguida perdía el interés. Los orgasmos fáciles pero sin sentido acaban cansando, Julianne.
«Trataré de recordarlo», pensó ella.
—La actitud de la profesora Singer, tanto en la conferencia como durante la cena, no era la de una mujer despechada.
—Ella desprecia la debilidad y por tanto no reconoce el fracaso. Fue un duro golpe para su reputación y su enorme ego cuando trató de dominarme y fracasó. No quiere que se sepa.
—¿La querías?
—No. Es un súcubo sin alma ni corazón.
Julia volvió a mirar hacia la chimenea y apretó los labios.
—En realidad, fue una especie de prueba. Y no la superamos. En otras palabras, aunque... nos relacionamos, nunca existió nada entre nosotros.
—Me disculparás, pero carezco de vocabulario específico para descifrar lo que tratas de decirme.
—Estoy tratando de explicártelo sin manchar tu inocencia más de lo necesario. No me pidas que sea más explícito —dijo con frialdad.
—¿Todavía deseas lo que ella te ofrecía?
—No, fue una experiencia desastrosa.
—¿Y con otra persona?
—No.
—¿Y qué harás la próxima vez que te envuelva la oscuridad?
—Pensaba que lo había dejado claro. Cuando tú estás a mi lado, la oscuridad desaparece, Beatriz. —Carraspeó—. Julianne.
—Dime que no era ella la que aparecía en las fotografías.
—No, en absoluto. Las mujeres que fotografié me gustaban.
—¿Por qué te echó de su casa?
Gabriel apretó los dientes antes de responder.
—Hice algo que en su mundo es absolutamente inaceptable. No te mentiré diciendo que no disfruté al ver la expresión de su cara cuando le di a probar su propia medicina. Aunque al hacerlo violé una de mis reglas sagradas.
Julia se estremeció.
—Entonces, ¿por qué sigue acosándote?
—Represento su fracaso, sigue deseando dominarme. Aparte de que poseo algunas habilidades...
Ella se ruborizó, incómoda.
—Me refiero a mis habilidades pugilísticas. Cuando se enteró de que había boxeado y de que era miembro del Club de Esgrima de Oxford, no pude quitármela de encima. Por desgracia, tenemos esas aficiones en común.
Julia se pasó un dedo por la cicatriz de la cabeza.
—No puedo estar con alguien que pega, Gabriel. Ni por enfado, ni por placer, ni por ninguna otra razón.
—Y haces bien. Lo apoyo. No está en mi naturaleza ser violento con las mujeres. Me gusta seducirlas. Ann fue una excepción. Si conocieras las circunstancias, creo que me darías la razón y me perdonarías.
—Pero tampoco puedo estar con alguien que desea que le peguen. La violencia me da mucho miedo. Por favor, entiéndelo.
—Lo entiendo. Pensé que lo que Ann me ofrecía me ayudaría a superar mis problemas. —Negó con la cabeza con tristeza—. Julianne, lo auténticamente doloroso ha sido tener que mirarte a la cara y admitir mi sórdida relación con ella. Por ti, desearía no tener pasado. Desearía ser tan bueno como tú.
Julia bajó la vista hasta sus manos, que se estaba retorciendo sobre el regazo.
—La sola idea de que alguien te golpee... y te trate como a un animal... —La voz le empezó a temblar y los ojos se le llenaron de lágrimas—. No me importa que mantuvierais relaciones sexuales. No me importa que no te dejara marcas. Lo que no soporto es la idea de que alguien te haga daño porque tú lo desees.
Gabriel apretó los labios y guardó silencio.
—La idea de alguien golpeándote me pone enferma.
Él apretó los dientes al ver dos lágrimas cayendo por sus mejillas.
—Debes estar con alguien que te trate con amabilidad —dijo Julia, secándose la mejilla con el dorso de la mano—. Prométeme que nunca volverás con ella. O con alguien como ella.
Gabriel le dirigió una dura mirada.
—Te dije que no tendrías que compartirme con nadie. Cumplo mis promesas.
Ella negó con la cabeza.
—Digo nunca más. Ni siquiera después de mí. Prométemelo.
Gabriel gruñó.
—Lo dices como si fuera inevitable que vaya a haber un después.
Julia se secó otra lágrima.
—Prométeme que no dejarás que nadie te maltrate para castigarte a ti mismo. Pase lo que pase.
Él apretó los dientes con más fuerza.
—Prométemelo, Gabriel. No volveré a pedirte nada, pero prométeme esto.
Entornando los ojos, él la observó en silencio unos instantes antes de asentir.
—Te lo prometo.
Julia se relajó y dejó caer la cabeza hacia adelante, física y emocionalmente exhausta.
Gabriel no se había perdido detalle de las emociones que habían batallado en su rostro, tan pronto pálido como sofocado, o del modo de retorcerse la tela del vestido. Le dolía mucho verla tan disgustada. Y verla llorar era desesperante.
«El ángel de ojos castaños estaba llorando por el demonio. El ángel lloraba porque le dolía que alguien le hiciera daño a él.»
Sin una palabra, la agarró y la sentó sobre su regazo. Apoyó su cabeza delicadamente en su pecho y la abrazó.
—No más lágrimas. Ya has derramado demasiadas lágrimas por mí —le susurró al oído— y te aseguro que no me merezco ni una. —Suspiró pesaroso—. He sido muy egoísta queriendo estar contigo, Julianne. Deberías estar con alguien de tu edad, alguien bueno, como tú. No con un retorcido Calibán, que merece estar en la isla de La tempestad y no a tu lado.
—A veces eres tan inocente como yo.
—¿Cuándo? Dímelo.
—Cuando me abrazas. Cuando me acaricias el pelo —susurró ella—. Cuando estamos en la cama juntos.
Gabriel la miró con expresión torturada.
—Si no me quieres en tu vida, sólo tienes que decirlo y desapareceré para siempre. No quiero que tengas miedo de mi reacción. Si me rechazas, te prometo que no trataré de retenerte. Si es lo que deseas, te dejaré marchar.
Julia guardó silencio, sin saber qué decir.
—Sé que tengo una personalidad controladora y admito que, como tú misma dijiste, soy un mandón —continuó, con la voz baja y crispada—. Pero nunca te trataría como a ella. No te haré daño, Julianne. Sería incapaz de hacerte daño.
Le acarició el brazo con un dedo y a Julia se le erizó el vello, tanto por su caricia como por sus palabras.
—No me preocupa lo que puedas hacerme, sino lo que Ann pueda hacerte a ti.
—Hacía mucho tiempo que nadie se preocupaba por mí.
—Tu familia lo hace. Y yo también antes de mudarme a Toronto. Me preocupaba por ti cada día.
Gabriel le dio un suave beso en los labios, que ella le devolvió.
—A pesar de mis pasadas indiscreciones, me gusta mucho más dar a mis amantes un placer loco y apasionado que dolor, te lo aseguro. Algún día me gustará mostrarte esa faceta mía. Despacio, por supuesto.
Julia se mordió la mejilla por dentro, buscando las palabras adecuadas para lo que tenía que decir.
—Tengo que decirte algo.
—¿Sí?
—No soy... tan inocente como crees.
—¿Y qué se supone que quiere decir eso? —preguntó él, bruscamente.
Julia se mordisqueó el labio superior, nerviosa.
—Lo siento. Me has pillado por sorpresa. —Gabriel se frotó los ojos.
—He tenido un novio.
Él frunció el cejo.
—Ya lo sabía.
—Y nosotros... hicimos cosas.
—¿Qué clase de cosas? —preguntó Gabriel, levantando las cejas. Las palabras habían salido de su boca sin pensar, pero en seguida cambió de idea—. No respondas. No quiero saberlo.
—No soy tan inocente como lo era cuando tú y yo nos conocimos, lo que significa que tienes una visión falsa e idealizada de mí.
Gabriel reflexionó un instante sobre lo que estaba oyendo. Quería saber los detalles, pero al mismo tiempo tenía miedo de lo que Julia pudiera decir. La idea de que otra persona —él— la hubiera tocado, le hubiera dado placer, lo ponía furioso. Se daba cuenta de que ella necesitaba contarlo, pero no estaba seguro de poder reaccionar correctamente.
—Tú fuiste el primero en besarme. El primero que me cogió la mano —dijo Julia.
—Me alegro. —Gabriel le levantó una mano y le besó el dorso—. Ojalá hubiera podido ser el primero en todo.
—No me arrebató todas las primeras veces. —Julia cerró la boca rápidamente. No había querido decir eso.
El uso de la palabra «arrebatar» despertó en Gabriel instintos asesinos. Si alguna vez se encontraba a ese hombre, le partiría el cuello con sus propias manos.
—Al ver que no regresabas, empecé a salir con alguien. En Filadelfia. Y... bueno... empezaron a pasar cosas.
—¿Cosas que tú deseabas que pasaran?
Julia se removió en el asiento, incómoda.
—Era mi novio. A veces... perdía la paciencia.
—Justo lo que me temía. Era un manipulador hijo de puta que te sedujo.
—Tengo voluntad propia. No tenía por qué ceder.
Gabriel permaneció en silencio.
«No puedo soportarlo. Estos celos me matan. Pensar en sus manos y sus labios con los de otra persona... No.»
—Sé qué no tengo derecho a preguntarte esto —dijo finalmente—, pero ¿lo amabas?
—No.
Él trató de ocultar la satisfacción que sintió al oír su respuesta levantando la barbilla.
—No me toques nunca, ni permitas que yo lo haga, a no ser que lo desees. Quiero que me hagas esta promesa ahora mismo.
Ella parpadeó sorprendida.
—Me conozco. Hasta ahora he mantenido mis pasiones a raya, pero más de una vez he sido demasiado directo y te he hecho sentir incómoda. Me disgustaría mucho saber que nuestra relación había avanzado sólo porque te sentías coaccionada.
—Te lo prometo, Gabriel.
Él asintió y la besó en la frente.
—Julianne, ¿por qué no quieres que te llame Beatriz?
—Me entristeció mucho que no quisieras saber mi nombre cuando nos conocimos.
Él la miró intensamente.
—Quiero saber mucho más que eso. Quiero conocer tu auténtico yo.
Julia sonrió.
—¿Todavía quieres estar conmigo? —preguntó él—. ¿O quieres dejarme?
—Claro que quiero estar contigo.
Gabriel la besó con dulzura antes de ayudarla a levantarse y guiarla hasta la cocina. Cuando Julia estuvo cómodamente sentada en uno de los taburetes, él cogió algo de una encimera, cubierto por una tapadera en forma de cúpula plateada. Mientras le dejaba la bandeja delante, sus ojos brillaban traviesos.
—Tarta de manzana casera —anunció, retirando la tapa con gran efecto.
—¿Tarta?
—Dijiste que nadie te había preparado una tarta. Ya no podrás decirlo.
Julia se quedó mirando el dulce sin dar crédito a lo que veía.
—¿La has hecho tú?
—No exactamente. La hizo mi asistenta. ¿Te gusta?
—¿Le pediste a alguien que hiciera una tarta para mí?
—Bueno, la verdad es que esperaba que la compartieras conmigo, pero ya que insistes en comértela toda tú sola... —bromeó él.
Julia cerró los ojos y se cubrió la boca con la mano.
—¿Julianne?
Al ver que no respondía, Gabriel empezó a hablar muy de prisa:
—Dijiste que te gustaba. Cuando me contaste lo de San Luis, dijiste que nadie te había preparado nunca una tarta y pensé... —Se detuvo, súbitamente inseguro.
Los hombros de ella temblaban mientras lloraba en silencio.
—¿Julia? ¿Qué pasa? —le preguntó frenético. No soportaba verla llorar. Y menos por su culpa. Rodeó la barra y la abrazó—. ¿Qué he hecho?
—Lo siento —se disculpó cuando por fin fue capaz de hablar.
—Cariño, no lo sientas. Sólo explícame qué he hecho mal para no repetirlo.
—No has hecho nada mal. —Julia se secó las lágrimas—. Es que nadie había hecho algo así por mí antes. —Sonrió melancólica.
—No quería disgustarte. Quería hacerte feliz.
—Son lágrimas de felicidad. Más o menos —contestó ella, riendo y llorando a la vez.
Gabriel la abrazó una vez más antes de soltarla. Retirándole el pelo por detrás de los hombros, dijo:
—Creo que alguien de por aquí necesita un trozo de tarta.
Cortó una generosa porción, de la que partió un trozo con el tenedor, sosteniéndolo delante de ella.
—Me gustaría dártelo yo, pero entenderé si no quieres que lo haga.
Julia abrió la boca inmediatamente y Gabriel le metió la tarta en la boca.
—Hum, está buenísima —dijo, con la boca llena.
Mientras se quitaba unas cuantas migas de los labios, sonrió.
—Me alegro.
—No sabía que tuvieses asistenta.
—Sólo viene dos veces a la semana.
—¿Y también cocina?
—A veces. Funciono a rachas. O tal vez debería decir por obsesiones, ya sabes —respondió, dándole un golpecito en la nariz—. Esta receta era de su abuela. No puedo decirte lo que puso en la masa del hojaldre. Es un secreto —añadió, guiñando un ojo.
—¿Y tú? ¿No vas a comer?
—Prefiero ver cómo disfrutas. Aunque esto no es una cena en condiciones. Me quedaría más tranquilo si me dejaras prepararte algo caliente.
—Mi padre siempre come un trozo de queso con la tarta de manzana. Si tienes queso, tomaré un poco.
Al principio, Gabriel pareció sorprendido por la petición, pero en seguida reaccionó y fue a la nevera a buscar un trozo de queso cheddar blanco curado.
—Perfecto —murmuró ella.
Cuando acabó de comer, permaneció unos segundos en silencio, preguntándose si debería volver a su casa. No le apetecía, pero tal vez después de tantas lágrimas y tanto drama, Gabriel no quisiera que se quedara.—No respondiste a mi nota —comentó él, rompiendo el silencio—, la que te envié con las gardenias.
—Te envié un correo electrónico.
—Pero te olvidaste de una cosa.
Julia tardó unos segundos en contestar.
—No sabía cómo responder a lo de la domesticación.
—Me dijiste que ese diálogo entre el Principito y el zorro era tu favorito. Pensé que te quedaría claro.
Ella negó con la cabeza.
—Sé lo que quería decir el zorro, pero no tengo tan claro lo que significa para ti.
—Entonces te lo aclararé. No espero que confíes en mí, pero me gustaría ganarme tu confianza. Tal vez cuando logre que confíes en mí con la mente, puedas confiarme también tu cuerpo. Ése era el tipo de domesticación al que me refería. Quiero estar pendiente de ti... de tus necesidades y tus deseos... y quiero dedicarles todo el tiempo que se merecen.
—¿Cómo me domesticarás?
—Mostrándote con mis actos que soy digno de confianza. Y así.
Le sujetó la cara entre las manos y acercó su boca a la de ella hasta que estuvieron casi rozándose. Julia cerró los ojos y aguardó, conteniendo el aliento, a que sus labios se tocaran.
Pero no lo hicieron.
El aire cálido que salía de los labios entreabiertos de Gabriel le acariciaba la boca. Con la punta de la lengua, Julia se humedeció el labio inferior. Al sentir el aliento de él sobre la humedad de sus labios, un escalofrío le recorrió la espalda.
—Estás temblando —susurró Gabriel, enviándole una nueva oleada de aliento cálido junto con sus palabras.
Julia se ruborizó entre sus manos. El calor se extendió por su rostro y descendió por su cuello.
—Noto cómo te ruborizas. Tu piel florece y se llena de color.
Le acarició las cejas. Al abrir los ojos, Julia se encontró con dos estanques de agua azul oscuro.
—Tienes las pupilas dilatadas —siguió describiendo Gabriel, con una sonrisa— y tu respiración se ha acelerado. ¿Sabes lo que eso significa?
—Él decía que era frígida —confesó Julia, avergonzada—. Fría como la nieve. Y eso lo enfurecía.
—Sólo un niñato que no sabe nada de mujeres puede estar tan
ciego y decir algo tan ridículo. No lo creas ni por un momento, Julianne. Sé que no es verdad. —Esbozó una sonrisa seductora—. Sé perfectamente cuándo estás excitada. Lo veo en tus ojos. Lo noto en tu piel. Puedo... sentirlo.
Volvió a pasarle los dedos por las cejas para relajarla.
—Por favor, no te sientas mal. No hay nada vergonzoso en ello. Es excitante y muy erótico.
Julia cerró los ojos y aspiró hondo.
—Aramis, menta y el bendito Gabriel.
Él se echó a reír.
—¿Es tu manera de decirme que te gusta mi colonia? — Se inclinó un poco hacia ella para que pudiera olerle mejor el cuello, donde el aroma de la colonia era más intenso.
—¿Qué haces?
—Alimentar el deseo, Julianne. Dime qué deseas. Estás sofocada, tu corazón late rápidamente y la respiración se te ha acelerado. ¿Qué deseas, Julia? —repitió, volviendo a sujetarle la cara entre las manos y acercándole la boca a los labios, sin tocarla.
—Quiero besarte —susurró ella.
—Yo también quiero besarte —replicó él, sonriendo.
Julia aguardó, pero Gabriel permaneció quieto.
—Julianne —murmuró él contra su boca.
Ella abrió los ojos.
—Toma lo que deseas.
Julia inspiró hondo.
—Si no inicias tú el beso de vez en cuando, pensaré que no me deseas. Que te estoy obligando. Y después de una noche como ésta, la única que debes exigir algo eres tú.
Gabriel la estaba mirando con los ojos muy abiertos y cargados de intención.
Ella no necesitó más. Sorprendiéndolos a ambos, le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia sí. Cuando sus labios se encontraron, las manos de Gabriel se desplazaron hasta la espalda de Julia. Se imaginó acariciando su piel desnuda. Ella le mordisqueó el labio inferior antes de succionárselo y metérselo en la boca, imitando lo que él le había hecho en una ocasión anterior. Aunque le faltaba experiencia, a Gabriel le encantó.
Su calmada pasión lo enardecía. En pocos segundos, le había subido la temperatura y su corazón se había disparado. Mientras le exploraba la boca con la lengua, deseaba separarle las castas rodillas
con una mano y apretarse contra ella. Y llevarla en brazos hasta el dormitorio para...
Se separó bruscamente y la sujetó por los antebrazos desnudos.
—Tengo que parar. —Apoyando la frente en la suya, soltó el aire ruidosamente.
—Lo siento.
Gabriel le besó la frente.
—No te disculpes por seguir el dictado de tus deseos. Eres hermosa y sensual. Y me excitas muchísimo. Puedo disfrutar de ti sin llevar esto más lejos, pero no seré capaz de contenerme si te sigo besando.
Permanecieron inmóviles, abrazados, hasta que él abrió los ojos y le acarició la mejilla.
—Dime que deseas, Julianne. Esta noche soy tuyo. ¿Quieres que te lleve a casa? ¿Quieres quedarte?
Ella le acarició la mandíbula con la nariz.
—Me gustaría quedarme.
—En ese caso, creo que es hora de que nos vayamos a la cama.
Le ofreció la mano para ayudarla a bajar del taburete.
—¿No te resulta raro compartir la cama conmigo?
—Te quiero en mi cama y entre mis brazos todas las noches.
Julia guardó silencio mientras iba en busca del maletín.
—¿Te molesta? —preguntó él, frunciendo el cejo.
—No, aunque tal vez debería.
—Te he echado de menos esta semana.
—Yo también te he echado de menos.
—Duermo mejor cuando estás entre mis brazos —confesó Gabriel con una cálida sonrisa—, pero puedes elegir donde prefieres dormir.
—Me gustaría compartir la cama contigo —admitió ella, con timidez—, si no te importa.
—Nunca te negaría algo así —dijo él, guiándola hacia el dormitorio.
Cuando Julia se sentó en la cama, Gabriel cogió la foto de la cómoda.
—Tú tienes una foto mía debajo de la almohada. Pensé que no te importaría que yo tuviera una foto tuya —bromeó, ofreciéndosela.
Julia se devanó los sesos tratando averiguar cómo habría encontrado él la fotografía.
—¿De dónde la has sacado? —Soy yo el que debería preguntarte de dónde sacaste tú una foto de mis tiempos en el equipo de remo de Princeton —replicó él, mientras se sacaba la camisa del pantalón y se desabrochaba los botones del chaleco y la camisa, dejando al descubierto la ceñida camiseta que llevaba debajo.
Julia apartó la vista, maldiciendo en silencio el día en que alguien decidió que los hombres llevaran camisetas debajo de la camisa. Ver cómo se desnudaba era todavía más sexy que verlo cubierto por una toalla lila demasiado pequeña.
— Bueno... Rachel la tenía colgada en un corcho, en su habitación. La primera vez que la vi, no pude resistirme y me la llevé.
Gabriel se inclinó sobre ella para mirarla a la cara.
—¿Te la llevaste? ¿Quieres decir que la robaste?
—Ya sé que no hice bien. Pero tenías una sonrisa tan maravillosa. Yo tenía diecisiete años y era muy tonta, Gabriel.
—¿Tonta o enamorada?
Julia bajó la vista.
—Creo que ya lo sabes.
—Rachel tomó unas cuantas fotos con su teléfono cuando fuimos a Lobby. Ésta es mi favorita, por eso la enmarqué. —La observó más de cerca—. ¿No te gusta?
Ella se puso nerviosa.
—Estás muy guapo.
Gabriel le quitó la foto de las manos y la dejó en su sitio.
—¿Qué piensas? Cuéntamelo.
—Tu manera de mirarme mientras bailábamos... no la entiendo.
—Eres una mujer muy hermosa, Julia. ¿Por qué no iba a mirarte?
—Pero me miras de una manera muy especial.
—Siempre te miro así —confesó él, dándole un beso suave—. Te estoy mirando así ahora mismo. —Le echó el pelo hacia atrás—. En seguida vuelvo.
Ella se quitó el vestido y se puso lo que sería su pijama de aquella noche. Luego se acercó a la puerta del cuarto de baño, de donde salía una luz blanquecina.
—Quieta —dijo Gabriel, que había regresado a la cama y estaba tumbado, observándola.
Julia se miró, inquieta. Había dudado mucho. Casi todos sus pijamas eran demasiado infantiles para ponérselos estando con él y no tenía lencería bonita. Y, aunque tuviera, no se habría atrevido a
ponérsela. Así que, finalmente, se había decidido por una camiseta amplia y oscura y unos pantalones cortos con el logo de la universidad de Saint Joseph.
—Eres exquisita.
Ella hizo una mueca y alargó la mano para apagar la luz.
—Espera. Ahí, recortada contra la luz, pareces un ángel.
Julia asintió para que supiera que lo había oído, antes de apagar la luz y volver a la cama.
Él la acogió en un cálido abrazo. Julia se dio cuenta de que iba vestido de un modo muy similar.
¡Menudo par estaban hechos! Pero al menos sus piernas desnudas podían unirse felizmente bajo las sábanas. Gabriel la besó con ternura y se reclinó en la almohada, suspirando de satisfacción cuando ella apoyó la cara en su pecho y le rodeó la cintura con un brazo.
—Lamento que te sientas sola, Julianne.
Ella se sorprendió por el brusco cambio de tema.
—Hace unos días, me dijiste que te sentías muy sola. Que no tienes amigos.
Julia hizo una mueca al recordarlo.
—¿Quieres que te compre un gato o un conejo para que te hagan compañía?
—Gabriel, te lo agradezco mucho, pero no puedes tratar de solucionar todos mis problemas comprándome cosas.
—Lo sé, pero puedo comprarte cosas para hacerte sonreír.
Volvió a besarla.
—La amabilidad vale mucho más que todo el dinero del mundo.
—La tendrás. Entre otras cosas.
—No quiero nada más.
—Quédate conmigo este fin de semana.
Ella sólo dudó un instante.
—De acuerdo —susurró.
Gabriel pareció aliviado.
—¿Qué me dices de un pez? Son la nueva moda en mascotas.
Julia se echó a reír.
—Mejor no. Bastante me cuesta ya cuidar de mí misma, como para tener que cuidar de una pobre criatura que no tiene ninguna culpa.
Él se incorporó un poco para poder mirarla a la cara.
—En ese caso, deja que yo cuide de ti —susurró, con los ojos
brillantes.
—Podrías tener a cualquier mujer que quisieras, Gabriel.
Él frunció el cejo.
—Sólo te quiero a ti.
Ella apoyó la cabeza en su pecho y sonrió.
—Estar sin ti es como vivir en una eterna noche sin estrellas.
jueves, 26 de diciembre de 2013
Capitulo 20
Julia invitó a Paul a un café, que pagó disimuladamente con su tarjeta regalo con el dibujo de una bombilla. Cuando finalmente cruzaron el umbral del Segovia, los recibió un español de aspecto agradable, que se presentó como el dueño del restaurante y que estuvo encantado de que Paul le respondiera en su idioma.
Las paredes del Segovia estaban pintadas de color amarillo, como el sol, y decoradas con dibujos de Picasso en los que se veía a Don Quijote y a Sancho Panza. En un rincón, un guitarrista tocaba temas del maestro Segovia. Una serie de mesas alargadas estaban colocadas formando un cuadrado en el centro de la sala para la cena de la facultad. Esa disposición aseguraba que todos los comensales quedaran de cara al resto. A Julia no le apetecía en absoluto quedar frente a la profesora Dolor. Si se le hubiera ocurrido alguna manera de marcharse sin insultar al profesor Martin, lo habría hecho.
Paul eligió dos sitios apartados del centro. Era muy consciente del sistema de clases y sabía que los puestos de honor no eran para ellos. Mientras comentaba el menú con el camarero en español, Julia seguía dándole vueltas a los celos injustificados de Gabriel. Discretamente, sacó el teléfono del maletín para enviarle un mensaje de texto. Entonces se dio cuenta de que tenía un mensaje de él.
No vengas a la cena. Búscate una excusa.
Espérame en casa, el conserje te abrirá la puerta.
Luego te lo explico. Por favor, haz lo que te pido. G.
Julia se quedó mirando la pantalla sin comprender nada, hasta que Paul le dio un codazo.
—¿Te apetece beber algo?
—Hum, si tienen, me encantaría un poco de sangría.
—Nuestra sangría es excelente —dijo el camarero antes de retirarse para encargar las bebidas.
Julia dirigió a Paul una mirada de disculpa.
—Tengo un mensaje de Owen. Siento ser tan maleducada.
—No te preocupes. —Él se entretuvo leyendo el menú mientras ella escribía una respuesta:
Tenía el teléfono apagado. Es demasiado tarde. Ya estoy aquí.
No tienes motivos para estar celoso. Cuando acabe la cena me iré a casa contigo.
Me tendrás en tu cama hasta mañana, J.
Volvió a guardar el teléfono, rezando para que Gabriel no se enfadara demasiado.
«Oh, dioses de los —rellenar con el término que mejor defina nuestra relación— celosos y demasiado protectores, no permitáis que monte una escena. No delante de sus colegas.»
Por desgracia para Julia y para quien le estaba enviando un mensaje en ese momento, el maletín ahogó el sonido.
En los siguientes veinte minutos, los invitados acabaron de llegar. La profesora Leaming y algún otro académico se sentaron al lado de Paul. En el extremo opuesto, Gabriel se había sentado entre el profesor Martin y la profesora Singer.
Al verlos, Julia empezó a beber su sangría con demasiado entusiasmo. Esperaba que el alcohol la ayudara a tolerar mejor la tensión que crepitaba en la sala. La bebida, con mucha fruta, estaba buenísima.
—¿Tienes frío? —preguntó Paul, señalando la pashmina que seguía llevando enroscada al cuello, con un estilo muy chic.
—La verdad es que no —reconoció ella, quitándosela y dejándola encima del maletín.
Paul apartó la vista con educación cuando la pálida y delicada piel de Julia quedó al descubierto. Su compañera era hermosa y su cuerpo, aunque menudo, poseía unos pechos generosos que le hacían un escote bonito y proporcionado.
En cuanto se hubo quitado la pashmina, un par de celosos ojos azules la observaron con avidez antes de apartarse rápidamente.
—Paul, ¿qué pasó con la profesora Singer? —preguntó Julia en voz baja, ocultando la boca tras la copa.
Él miró disimuladamente a Singer, que estaba demasiado pegada a Emerson. Vio que éste apartaba la silla imperceptiblemente como respuesta, pero ella volvió a acercarse sin darse por enterada. Julia no lo vio.
—Emerson y ella estuvieron liados. Bueno, parece que todavía lo están. —Se echó a reír disimuladamente—. Parece que ya hemos resuelto el misterio del buen humor de El Profesor.
Julia abrió mucho los ojos y sintió un vahído.
—¿Fue... su novia?
Paul acercó la silla a ella para que la profesora Leaming no los oyera. El hecho de que un bailarín de flamenco hubiera hecho su aparición y estuviera taconeando al ritmo de los acordes de la guitarra clásica le facilitaba la tarea.
—Un segundo. —Le pasó unas tapas—. Prueba éstas. Son de chorizo y queso manchego. Y estas otras son de cabrales, un queso azul español.
Julia se sirvió y mordisqueó las tapas, mientras aguardaba ansiosamente la respuesta de su amigo.
—A Singer no le interesan los novios. Sólo le interesan el dolor y el control. Ya sabes... —Dejó la frase en el aire, con gesto vago.
Julia parpadeó desconcertada.
—¿Has visto Pulp Fiction?
Ella negó con la cabeza.
—No me gusta Tarantino. Sus películas son demasiado... sombrías.
—En ese caso, para que me entiendas, sólo te diré que le gusta el rollo medieval... en su vida privada. Y más concretamente en el culo de los demás. Y no se esconde. Investiga sobre el tema y cuelga los resultados en Internet.
Julia engulló un trozo de chorizo.
—¿Me estás diciendo que él...?
—Está tan enfermo como ella. Pero es un gran académico, como has podido comprobar esta tarde. Procuro no pensar en lo que hace en su vida privada. Yo creo que los amantes deben tratarse con amabilidad. Aunque no creo que el amor desempeñe ningún papel en su relación. —Miró a su alrededor prudentemente antes de susurrarle al oído—: Creo que si alguien te importa lo suficiente como para mantener una relación sexual con él o ella, también debería importarte lo suficiente como para respetar a esa persona y no tratarla como a un objeto. Tienes que ser responsable, cuidadoso y no hacerle daño. Ni siquiera si la otra persona está tan mal que te suplica que se lo hagas.
Julia se estremeció y bebió un largo trago de su segundo vaso de sangría.
Paul se echó hacia atrás en la silla.
—No concibo que nadie pueda sentirse atraído por el dolor bajo ninguna circunstancia, pero mucho menos durante el sexo. Para mí, éste debe ir ligado al placer y al afecto. ¿Te imaginas a Dante atando a Beatriz y golpeándola con un látigo?
Ella dudó un instante, pero en seguida negó con la cabeza.
—Cuando estudiaba en Saint Michael, hice un curso llamado «Filosofía del sexo, el amor y la amistad». Hablamos sobre el consentimiento. Todo el mundo suele estar de acuerdo en que si una actividad se lleva a cabo entre dos adultos que dan su consentimiento, no hay problema. Pero el profesor nos preguntó si creíamos que un ser humano podía dar su consentimiento a una injusticia, como por ejemplo venderse como esclavo.
—Nadie desea ser un esclavo.
—En el mundo de La Profesora Dolor, sí. Algunas personas se entregan a una esclavitud sexual voluntariamente. En ese caso, ¿es aceptable la esclavitud si es consentida? ¿Puede una persona cuerda aceptar ser esclava de otra persona? ¿O el hecho de que deseen ser esclavos demuestra que no están bien de la cabeza?
Julia empezó a sentirse francamente incómoda manteniendo esa conversación tan cerca de Gabriel y de La Profesora Dolor, por lo que vació el vaso de un trago y cambió de tema.
—¿Sobre qué trata tu tesis, Paul? No me lo has contado con detalle.
Él se echó a reír.
—Sobre el placer y la visión beatífica. Es una comparación entre los pecados capitales asociados al placer, la lujuria, la gula y la avaricia, y el placer de la visión beatífica en el paraíso. Emerson es un gran tutor y, como te he dicho, no me meto en su vida privada. Aunque probablemente sería un modelo de estudio perfecto para el segundo Círculo del Infierno.
—No entiendo que haya gente que no desee la amabilidad —dijo Julia, reflexionando en voz alta—. La vida ya es bastante dolorosa.
—Es el mundo en que vivimos —contestó él, con una sonrisa sincera—. Espero que tu novio sea amable contigo. Da gracias de no haber topado con alguien que esté metido en esta mierda.
El camarero llegó en ese momento, por lo que Paul no vio cómo Julia palidecía. Miró furtivamente a Gabriel y vio que la profesora Singer volvía a susurrarle algo al oído.
Él miraba la mesa fijamente, con los dientes muy apretados. Cogió la copa y bebió sin apartar la vista de la mesa.
«Mírame, Gabriel. Pon los ojos en blanco, frótate la cara, frunce el cejo... Haz algo, cualquier cosa. Demuéstrame que esto es un malentendido, que Paul se equivoca.»
—¿Julia? —La voz de Paul irrumpió en sus pensamientos—.
¿Quieres compartir la paella valenciana conmigo? Sólo la preparan para dos personas. Está muy buena. —Por fin se dio cuenta de su palidez y de que le temblaban las manos—. ¿Te encuentras bien?
Ella se frotó la frente.
—Sí, paella está bien.
—Tal vez deberías aflojar un poco con la sangría. Apenas has comido. Estás muy pálida.
Paul estaba preocupado por si la había disgustado con sus procaces revelaciones. No debería habérselo contado. Cambió de tema y le empezó a explicar anécdotas de su último viaje a España y a hablarle de su fascinación por la arquitectura de Gaudí.
Julia asentía y le hacía preguntas de vez en cuando, pero su mente estaba muy lejos de allí, preguntándose con quién exactamente había compartido cama hacía una semana, con el ángel caído que aún poseía bondad en su interior o con alguien distinto, mucho más oscuro.
Se fijó en que la mano izquierda de Singer había desaparecido de la vista. Aunque no se atrevió a buscar los ojos de Gabriel, la profesora se dio cuenta del interés de ella. Las miradas de ambas se cruzaron justo cuando Gabriel le apartaba la mano del regazo.
Avergonzada, Julia se volvió hacia Paul. La mirada de Singer se transformó. De ser una mirada descarada pasó a ser otra de fascinación.
Ansiosa por huir de aquel sórdido espectáculo, Julia se excusó alegando que no se encontraba bien y se levantó de la mesa. Subió al primer piso en busca de los servicios.
Se miró al espejo, tratando de asimilar todo lo que había oído. Su mente era un torbellino de imágenes y palabras que le desgarraban el corazón.
¿Por qué querría nadie que lo golpearan? Gabriel y Ann... Dolor... Control... La mano de ella en el regazo de él... Ann pegando a Gabriel... Gabriel pegando a Ann...
Julia se inclinó sobre el lavabo, luchando contra las náuseas. No supo cuánto tiempo pasó así, con los ojos cerrados, hasta que alguien entró.
—Hola, hola. —La profesora Singer la estaba contemplando con una sonrisa de oreja a oreja, que dejaba al descubierto sus dientes brillantes.
Julia observó que la luz que se reflejaba en las gafas de la mujer hacía que sus ojos verdes tuvieran un brillo rojizo. —Soy la profesora Singer. Encantada de conocerte. —Le ofreció la mano y ella se la estrechó a regañadientes, murmurando un saludo.
La mano de la mujer estaba fría, pero llena de vida. Sujetó la de Julia con fuerza, demasiado rato. Al soltarla, le acarició la línea de la vida con un dedo, como si la estuviera poniendo a prueba. Ella se estremeció.
La profesora ladeó la cabeza y entornó los ojos.
—Creía que me estabas esperando. ¿Te pongo nerviosa?
Julia frunció el cejo.
—No, he venido a lavarme las manos. Creo que he pillado la gripe.
—Es una lástima. —Ann Singer volvió a sonreír, dando un paso hacia ella—. Aunque no pareces enferma. Tienes una piel preciosa.
—Gracias. —Julia miró hacia la puerta, buscando el modo de escapar.
—De nada, de nada. ¿Llevas los labios pintados o es tu color natural? —preguntó entonces, inclinándose y observando desde demasiado cerca los labios gruesos y entreabiertos de Julia.
Ésta dio un paso atrás.
—Es mi color natural.
La profesora dio otro paso adelante.
—Extraordinario. Ya sabes, por supuesto, que el color natural de los labios se encuentra en otras partes más íntimas del cuerpo de la mujer. Ese color en tus labios es delicioso. Estoy segura de que será arrebatador en otros lugares.
Ella se quedó boquiabierta.
—Mírate en el espejo. ¿Cómo no me he fijado en ti antes? Por suerte, tú te has fijado en mí. —Dando otro paso hacia ella, añadió en voz más baja—: ¿Te gusta mirar? ¿Te ha gustado ver lo que estaba haciendo por debajo de la mesa? —susurró.
Julia se ruborizó.
—No sé de qué me está hablando.
—¿Sabes?, cuando se incrementa el flujo sanguíneo, la piel cambia de color. Como ahora. —Sonrió, mostrando los dientes—. Estás avergonzada o excitada, por eso tus mejillas se han ruborizado, igual que tus labios. Y seguro que te has ruborizado también en otras partes, ¿verdad? —Bajó la voz todavía más—. Más abajo, donde seguro que tu cuerpo está deseando que lo acaricien y jueguen con él. —Se pasó la lengua por los labios antes de continuar—: Mi pequeña perla rosada. Creo que quieres que juegue contigo. Serías una
mascota preciosa.
Julia la miró con dureza.
—No estoy interesada en ser la mascota de nadie.
La profesora Singer se tensó. No había esperado esa demostración de carácter.
—Soy un ser humano, no un animal. Déjeme en paz.
Julia no sabía de dónde había sacado el valor para plantarle cara, pero el caso era que lo había hecho.
La mujer se echó a reír.
—Los seres humanos somos animales, querida. Compartimos fisiología, reaccionamos del mismo modo a los estímulos, tenemos las mismas necesidades: comida, bebida y sexo. Pero algunos de nosotros somos un poco más inteligentes.
Julia la miró con suficiencia.
—Yo soy lo bastante inteligente como para saber lo que es un animal. Y no estoy ni remotamente interesada en que me follen como si lo fuera. Si me disculpa...
Esquivándola, salió del baño.
—Si cambias de idea, ven a buscarme —ronroneó Ann.
—Ni lo sueñe —replicó ella, enfadada. Y se marchó corriendo, respirando muy de prisa.
Unos pasos la persiguieron. Cuando alguien la metió en un cuarto oscuro y corrió el pestillo, Julia gritó. Al intentar salir de allí, chocó contra un pecho sólido. El desconocido la sujetó por las muñecas.
—Julianne.
Estaba demasiado oscuro para verle la cara, pero Julia reconoció su voz, así como la extraña sensación que la recorría cada vez que él la tocaba. Dejó de resistirse.
—Por favor, enciende la luz. Tengo claustrofobia —dijo, con una voz que a Gabriel le recordó a la de una niña asustada.
La soltó y sostuvo su iPhone en alto como si fuera una linterna.
—¿Mejor así? —preguntó, reprimiendo el impulso de preguntarle qué tenía que ver la luz con la claustrofobia.
Rodeándole los hombros temblorosos con un brazo, le dio un beso en la frente.
—¿Julianne?
Ella miró a su alrededor y vio que estaban en el cuartito de las escobas.
—¿Julianne? —repitió él, tratando de retener su atención—. He
visto que Ann te seguía. ¿Estás bien?
—No.
—¿Qué te ha hecho?
—Me ha dicho que sería una buena mascota —murmuró, con la cabeza baja.
Gabriel frunció el cejo.
—¿Te ha tocado?
Ella cerró los ojos y se secó unas gotas de sudor de la frente.
—Sólo la mano.
Él bajó la intensidad de la luz del iPhone por miedo a que Ann viera la luz por debajo de la puerta.
—Tenía miedo de que pasara esto. ¿Por qué no me has hecho caso?
—Ya te lo he dicho. Cuando he visto el mensaje ya era demasiado tarde. Francamente, no esperaba que nadie me tirara los tejos en una cena académica y mucho menos que lo hiciera ningún profesor que no fueras tú.
Gabriel gruñó.
—Llevaba toda la cena observándote. Sin duda la has excitado con tu timidez y tu belleza. Para ella, estar en una habitación contigo es una provocación tan grande como enseñarle un cordero a un lobo. —Negó con la cabeza—. He tratado de impedirlo.
Julia lo miró a los ojos.
—¿No era porque estuvieras celoso?
—Claro que estoy celoso. Los celos son una emoción nueva para mí, Julianne. No estoy acostumbrado a lidiar con ellos. Pero le habría pedido a Paul que te llevara a cenar a otro sitio, a cualquier sitio, con tal de mantenerte alejada de esa mujer.
—¿Tuviste una historia con ella?
La mirada de él perdió brillo y apretó los labios.
—No es el lugar adecuado para hablar de eso.
Julia negó con la cabeza y volvió a marearse. Había confiado en que Paul estuviera equivocado, pero la reacción de Gabriel acababa de confirmar sus temores.
—¿Cómo pudiste?
—Estás temblando. ¿Vas a vomitar?
—¿Por qué no respondes a mis preguntas?
—Julianne —dijo él, con los dientes apretados—, en estos momentos lo único que me preocupa es tu salud y tu bienestar. No responderé a ninguna pregunta hasta que esté seguro de que te
encuentras bien. Aunque, si vomitas, te prometo que te apartaré el pelo de la cara —añadió, con una débil sonrisa.
—No voy a vomitar —murmuró ella—. Por desgracia, no es la primera mujer que trata de ligar conmigo. Lo que más me preocupa es que me ocultes cosas.
Gabriel juntó mucho las cejas al oírla, pero en seguida recobró el aplomo.
—Julianne, confía en mí. Cuanto menos sepas sobre ella, mejor. Tu alma estará más limpia cuanto más apartada estés de esa mujer.
—¿Y qué pasa con tu alma? ¿No pasa nada si te toca por debajo de la mesa? Os he visto, Gabriel. Por eso se ha fijado en mí.
Él la fulminó con la mirada.
—Me estaba provocando. Quería que montara una escena en público. Me he resistido esperando que se mantuviera entretenida conmigo y no se fijara en ti, pero he fracasado.
—¿Por qué he tenido que enterarme por Paul de que estuviste liado con ella?
—¿Paul te lo ha contado?
Julia asintió.
Gabriel maldijo y se frotó los ojos con fuerza, como si tratara de librarse de una imagen repulsiva.
—No pensaba que viniera a la conferencia. No compartimos valores ni temas de interés. Hacía meses que no la veía. Forma parte de mi pasado, de un pasado que no pienso repetir. Ni aunque viviera eternamente.
—Paul me contó que le gusta el dolor. ¿Fuisteis... violentos juntos?
Él apretó tanto los puños que los tendones se le tensaron y empezaron a temblar.
—Sí. Me gustaría poder decirte que me embaucó con sus malas artes de seductora, pero no fue eso lo que pasó. Sin embargo, no pienso entrar en detalles. No quiero que tu mente descienda a su oscuro reino. Lo que sí te contaré es que durante uno de nuestros... encuentros, hizo algo que me hizo perder el control. Y que le di a probar su propia medicina. Por eso me echó de su casa y no volví nunca más.
—¿Te pegó?
—Varias veces —admitió él muy serio—. De eso se trataba.
—Gabriel —sollozó ella, rompiéndole el corazón—. ¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste dejar que te tocara y mucho menos que te
hiciera daño?
Él la abrazó con fuerza.
—Julianne, por favor, no hablemos de eso. Por favor, olvida lo que te ha dicho Paul. Olvídate de esa mujer.
—No puedo. Y tampoco puedo olvidar lo que has dicho en tu conferencia esta tarde. Tu descripción del amor ha sido preciosa, pero no es eso lo que tú deseas. Tal vez no creas posible que dos amantes puedan quererse así.
Gabriel la miró fijamente.
—Por supuesto que es lo que quiero. Y por supuesto que creo que es posible. Es sólo que todavía no lo he experimentado. —Carraspeó—. No eres la única virgen en esta relación.
Julia lo miró sorprendida.
—Entonces, ¿por qué querías que alguien te hiciera daño? ¿No habías sufrido bastante en la vida?
Él la miró apenado.
—Gabriel, tu vida está llena de habitaciones secretas, cerradas con llave. Nunca sé lo que hay acechando detrás de esas puertas. No me cuentas nada. ¡Tengo que enterarme de que has tenido una relación con una mujer a través de tu ayudante!
—No tuvimos una relación. Y cuando te pregunté a ti por Simon, tampoco quisiste contarme nada, así que estamos en paz.
Julia hizo una mueca.
—Pero te hablé de mi madre.
Él suspiró.
—Sí, lo hiciste. Enterarme de lo que te pasó en San Luis me dolió más de lo que puedas imaginar. Mucho más que Ann y sus jueguecitos de salón. —Negó con la cabeza—. Tienes razón. Debí hablarte de ella.
Cambió el peso de pie varias veces y se metió las manos en los bolsillos.
—Pensé que si te lo contaba te sentirías tan asqueada que huirías de mí. Que te darías cuenta de que soy un demonio.
—No eres un demonio —susurró Julia—. Eres un ángel caído que aún tiene bondad en su interior. Un ángel caído que aspira a hacerle el amor a una mujer y tratarla con ternura. —Cerró los ojos—. Haberme enterado de la existencia de la profesora Singer por tu boca habría sido muy preferible a esto. He tenido que aguantar que ella me lo restregara por la cara y tú ni siquiera me mirabas.
—La vergüenza es una pesada carga, Julianne, y es algo que tú
desconoces.
—No eres el único pecador que hay en este cuarto, Gabriel —replicó ella, abriendo los ojos y respirando hondo— y por eso no puedo echarte en cara tus pecados del pasado. ¿Aún la deseas?
—¡Por supuesto que no! —exclamó él, indignado—. No tuvimos una relación, Julianne, sólo un par de encuentros. Fue hace más de un año y no habíamos vuelto a vernos desde entonces. —Suspiró—. Si insistes, te contaré los detalles, pero no aquí ni ahora. ¿Puedes esperar a que acabe la cena al menos, por favor?
Ella se mordió el labio inferior, pensativa.
Gabriel le cubrió la boca con la suya y, besándola, le liberó el labio.
—Por favor, no te lastimes. Me duele.
—Yo podría decir lo mismo.
A él se le hundieron los hombros y gruñó un poco.
—Te doy de tiempo hasta después de la cena, pero sólo si me prometes que no dejarás que ella vuelva a ponerte la mano encima.
—Encantado.
Julia soltó el aire con fuerza.
—Gracias.
—¿Te quedarás?
—No, no puedo estar sentada frente a esa mujer, comiendo paella tranquilamente. Me revuelve el estómago.
—Te llevaré a casa.
—Eres el invitado de honor. No puedes irte.
Gabriel se pasó las manos por el pelo.
—Al menos deja que te pida un taxi. Trataré de escaparme lo antes posible. El conserje te abrirá la puerta.
Metiendo la mano en el bolsillo, sacó un fajo de billetes sujeto por un lujoso clip metálico.
Ella negó con la cabeza.
—Ya tengo dinero.
—Coge al menos mi tarjeta de crédito y pide comida a domicilio. No has cenado.
—Ahora no podría comer aunque quisiera.
Gabriel suspiró y se frotó los ojos.
Julia se dispuso a marcharse, pero él la detuvo, sujetándola por el codo.
—Espera —le rogó—. Cuando te he visto entrar en la sala de conferencias, el corazón me ha dado un brinco. Literalmente. Julianne, nunca te había visto tan hermosa. Parecías... feliz. —Tragó saliva ruidosamente—. Siento mucho haber matado a esa Julianne feliz. Siento no haberte dicho la verdad. Crees... ¿crees que podrás perdonarme?
—No tengo nada que perdonarte, Gabriel. No pecaste contra mí. —A ella los ojos se le habían llenado de lágrimas—. Estoy tratando de determinar hasta dónde llega tu afición al dolor y cómo puede afectar a nuestra relación. Siento que eres un desconocido y me duele.
Con esas palabras, salió del cuarto.
Los hados se apiadaron de Julia. Cuando regresó a la mesa a recoger sus cosas y excusarse, Ann aún no había regresado del baño de señoras. Otra profesora también estaba ausente de la mesa.
Una mirada a la pálida cara de Julia y a sus ojos enrojecidos le indicó a Paul que no valía la pena tratar de convencerla para que se quedara. Cuando ella le ofreció una excusa no muy convincente sobre un comienzo de migraña, no le preguntó nada hasta que hubieron salido del restaurante.
—Singer te ha seguido al baño, ¿verdad?
Julia se mordió el labio inferior y asintió.
Él negó con la cabeza.
—Es una depredadora. Una depredadora peligrosa. Debí advertirte. ¿Estás bien?
—De verdad, estoy bien, pero quiero irme a casa. Lo siento por la paella.
—Que le den a la paella. Me preocupas tú. —Haciendo una mueca, añadió—: Si quieres presentar una denuncia contra ella, te acompañaré a la oficina del comité judicial el lunes.
—¿Qué es eso?
—Es la oficina que gestiona las acusaciones de conducta inapropiada contra miembros de la facultad. Si quieres contar lo que ha pasado, te ayudaré en lo que pueda.
Julia negó con la cabeza.
—No ha habido testigos. Sería su palabra contra la mía. Voy a tratar de olvidarme, a menos que vuelva a intentarlo.
—Tú eres la que tiene que decidirlo, pero debes saber que yo presenté una denuncia contra ella el año pasado. Y a pesar de que fue su palabra contra la mía, la denuncia sigue en su expediente. Gracias a eso, no ha vuelto a molestarme. Estoy muy satisfecho de haberlo hecho.
Julia lo miró muy seria.
—No me apetece nada, pero lo pensaré. Siento mucho que tuvieras que pasar por eso.
—No te preocupes por mí. Que tengas un buen fin de semana y procura no pensar en ello. Si necesitas hablar con alguien, llámame. Si no, hasta la semana que viene.
Con una mirada de ánimo, Paul se despidió de ella con la mano mientras el taxi se alejaba.
Con las palabras de Virgilio resonando en sus oídos, Julia miró el móvil y encontró un mensaje que Gabriel le había enviado poco antes de que los profesores entraran en el Segovia.
Mantente alejada de prof. Singer.
Quédate cerca de Paul. Ella lo odia.
Ten cuidado. G.
«Poca información y tarde», pensó Julia, con tristeza.
Al entrar en el piso de él, lo primero que hizo fue encender la chimenea, en un intento por dispersar las sombras que reptaban sigilosas alrededor de su corazón. Pero no sirvió de mucho. En realidad, lo único que quería era irse a casa y esconderse bajo las sábanas. Pero era consciente de que huir de la realidad no solucionaba los problemas.
Aunque no le gustaba fisgar en los asuntos de los demás, se encontró arrodillada en el suelo del vestidor de Gabriel. Quería mirar las fotos en blanco y negro para ver si la profesora Singer aparecía en alguna de ellas. Por el pelo, podría ser. Pero las fotos habían desaparecido. Buscó y rebuscó por el armario y el resto de la habitación, incluso debajo de la cama, pero no las encontró.
En el lugar donde antes estaban colgadas las fotos había seis cuadros. Unos eran abstractos; otros renacentistas; uno de Tom Thomson. Todos ellos muy hermosos y todos ellos desprendían una sensación de... paz.
Gabriel había redecorado su habitación.
Se acercó a admirar una reproducción de La primavera de Botticelli, colgada sobre la cómoda y descubrió con sorpresa una foto de veinte por veinticinco centímetros colocada sobre el mueble. Era la fotografía de una pareja bailando.
El hombre era alto, atractivo, elegante y desprendía una aura de poder. Miraba a la mujer con una mirada intensa y ardiente.
La mujer era menuda, estaba ruborizada y tenía la mirada clavada en los botones de la camisa de él. Llevaba un vestido de un color lila tan vibrante que el resto de los colores de la foto palidecían en comparación.
«¿De dónde habrá sacado una foto de nosotros dos bailando en Lobby? De Rachel», se respondió inmediatamente.
Salió dela habitación, dejándolo todo tal como lo había encontrado.
Las paredes del Segovia estaban pintadas de color amarillo, como el sol, y decoradas con dibujos de Picasso en los que se veía a Don Quijote y a Sancho Panza. En un rincón, un guitarrista tocaba temas del maestro Segovia. Una serie de mesas alargadas estaban colocadas formando un cuadrado en el centro de la sala para la cena de la facultad. Esa disposición aseguraba que todos los comensales quedaran de cara al resto. A Julia no le apetecía en absoluto quedar frente a la profesora Dolor. Si se le hubiera ocurrido alguna manera de marcharse sin insultar al profesor Martin, lo habría hecho.
Paul eligió dos sitios apartados del centro. Era muy consciente del sistema de clases y sabía que los puestos de honor no eran para ellos. Mientras comentaba el menú con el camarero en español, Julia seguía dándole vueltas a los celos injustificados de Gabriel. Discretamente, sacó el teléfono del maletín para enviarle un mensaje de texto. Entonces se dio cuenta de que tenía un mensaje de él.
No vengas a la cena. Búscate una excusa.
Espérame en casa, el conserje te abrirá la puerta.
Luego te lo explico. Por favor, haz lo que te pido. G.
Julia se quedó mirando la pantalla sin comprender nada, hasta que Paul le dio un codazo.
—¿Te apetece beber algo?
—Hum, si tienen, me encantaría un poco de sangría.
—Nuestra sangría es excelente —dijo el camarero antes de retirarse para encargar las bebidas.
Julia dirigió a Paul una mirada de disculpa.
—Tengo un mensaje de Owen. Siento ser tan maleducada.
—No te preocupes. —Él se entretuvo leyendo el menú mientras ella escribía una respuesta:
Tenía el teléfono apagado. Es demasiado tarde. Ya estoy aquí.
No tienes motivos para estar celoso. Cuando acabe la cena me iré a casa contigo.
Me tendrás en tu cama hasta mañana, J.
Volvió a guardar el teléfono, rezando para que Gabriel no se enfadara demasiado.
«Oh, dioses de los —rellenar con el término que mejor defina nuestra relación— celosos y demasiado protectores, no permitáis que monte una escena. No delante de sus colegas.»
Por desgracia para Julia y para quien le estaba enviando un mensaje en ese momento, el maletín ahogó el sonido.
En los siguientes veinte minutos, los invitados acabaron de llegar. La profesora Leaming y algún otro académico se sentaron al lado de Paul. En el extremo opuesto, Gabriel se había sentado entre el profesor Martin y la profesora Singer.
Al verlos, Julia empezó a beber su sangría con demasiado entusiasmo. Esperaba que el alcohol la ayudara a tolerar mejor la tensión que crepitaba en la sala. La bebida, con mucha fruta, estaba buenísima.
—¿Tienes frío? —preguntó Paul, señalando la pashmina que seguía llevando enroscada al cuello, con un estilo muy chic.
—La verdad es que no —reconoció ella, quitándosela y dejándola encima del maletín.
Paul apartó la vista con educación cuando la pálida y delicada piel de Julia quedó al descubierto. Su compañera era hermosa y su cuerpo, aunque menudo, poseía unos pechos generosos que le hacían un escote bonito y proporcionado.
En cuanto se hubo quitado la pashmina, un par de celosos ojos azules la observaron con avidez antes de apartarse rápidamente.
—Paul, ¿qué pasó con la profesora Singer? —preguntó Julia en voz baja, ocultando la boca tras la copa.
Él miró disimuladamente a Singer, que estaba demasiado pegada a Emerson. Vio que éste apartaba la silla imperceptiblemente como respuesta, pero ella volvió a acercarse sin darse por enterada. Julia no lo vio.
—Emerson y ella estuvieron liados. Bueno, parece que todavía lo están. —Se echó a reír disimuladamente—. Parece que ya hemos resuelto el misterio del buen humor de El Profesor.
Julia abrió mucho los ojos y sintió un vahído.
—¿Fue... su novia?
Paul acercó la silla a ella para que la profesora Leaming no los oyera. El hecho de que un bailarín de flamenco hubiera hecho su aparición y estuviera taconeando al ritmo de los acordes de la guitarra clásica le facilitaba la tarea.
—Un segundo. —Le pasó unas tapas—. Prueba éstas. Son de chorizo y queso manchego. Y estas otras son de cabrales, un queso azul español.
Julia se sirvió y mordisqueó las tapas, mientras aguardaba ansiosamente la respuesta de su amigo.
—A Singer no le interesan los novios. Sólo le interesan el dolor y el control. Ya sabes... —Dejó la frase en el aire, con gesto vago.
Julia parpadeó desconcertada.
—¿Has visto Pulp Fiction?
Ella negó con la cabeza.
—No me gusta Tarantino. Sus películas son demasiado... sombrías.
—En ese caso, para que me entiendas, sólo te diré que le gusta el rollo medieval... en su vida privada. Y más concretamente en el culo de los demás. Y no se esconde. Investiga sobre el tema y cuelga los resultados en Internet.
Julia engulló un trozo de chorizo.
—¿Me estás diciendo que él...?
—Está tan enfermo como ella. Pero es un gran académico, como has podido comprobar esta tarde. Procuro no pensar en lo que hace en su vida privada. Yo creo que los amantes deben tratarse con amabilidad. Aunque no creo que el amor desempeñe ningún papel en su relación. —Miró a su alrededor prudentemente antes de susurrarle al oído—: Creo que si alguien te importa lo suficiente como para mantener una relación sexual con él o ella, también debería importarte lo suficiente como para respetar a esa persona y no tratarla como a un objeto. Tienes que ser responsable, cuidadoso y no hacerle daño. Ni siquiera si la otra persona está tan mal que te suplica que se lo hagas.
Julia se estremeció y bebió un largo trago de su segundo vaso de sangría.
Paul se echó hacia atrás en la silla.
—No concibo que nadie pueda sentirse atraído por el dolor bajo ninguna circunstancia, pero mucho menos durante el sexo. Para mí, éste debe ir ligado al placer y al afecto. ¿Te imaginas a Dante atando a Beatriz y golpeándola con un látigo?
Ella dudó un instante, pero en seguida negó con la cabeza.
—Cuando estudiaba en Saint Michael, hice un curso llamado «Filosofía del sexo, el amor y la amistad». Hablamos sobre el consentimiento. Todo el mundo suele estar de acuerdo en que si una actividad se lleva a cabo entre dos adultos que dan su consentimiento, no hay problema. Pero el profesor nos preguntó si creíamos que un ser humano podía dar su consentimiento a una injusticia, como por ejemplo venderse como esclavo.
—Nadie desea ser un esclavo.
—En el mundo de La Profesora Dolor, sí. Algunas personas se entregan a una esclavitud sexual voluntariamente. En ese caso, ¿es aceptable la esclavitud si es consentida? ¿Puede una persona cuerda aceptar ser esclava de otra persona? ¿O el hecho de que deseen ser esclavos demuestra que no están bien de la cabeza?
Julia empezó a sentirse francamente incómoda manteniendo esa conversación tan cerca de Gabriel y de La Profesora Dolor, por lo que vació el vaso de un trago y cambió de tema.
—¿Sobre qué trata tu tesis, Paul? No me lo has contado con detalle.
Él se echó a reír.
—Sobre el placer y la visión beatífica. Es una comparación entre los pecados capitales asociados al placer, la lujuria, la gula y la avaricia, y el placer de la visión beatífica en el paraíso. Emerson es un gran tutor y, como te he dicho, no me meto en su vida privada. Aunque probablemente sería un modelo de estudio perfecto para el segundo Círculo del Infierno.
—No entiendo que haya gente que no desee la amabilidad —dijo Julia, reflexionando en voz alta—. La vida ya es bastante dolorosa.
—Es el mundo en que vivimos —contestó él, con una sonrisa sincera—. Espero que tu novio sea amable contigo. Da gracias de no haber topado con alguien que esté metido en esta mierda.
El camarero llegó en ese momento, por lo que Paul no vio cómo Julia palidecía. Miró furtivamente a Gabriel y vio que la profesora Singer volvía a susurrarle algo al oído.
Él miraba la mesa fijamente, con los dientes muy apretados. Cogió la copa y bebió sin apartar la vista de la mesa.
«Mírame, Gabriel. Pon los ojos en blanco, frótate la cara, frunce el cejo... Haz algo, cualquier cosa. Demuéstrame que esto es un malentendido, que Paul se equivoca.»
—¿Julia? —La voz de Paul irrumpió en sus pensamientos—.
¿Quieres compartir la paella valenciana conmigo? Sólo la preparan para dos personas. Está muy buena. —Por fin se dio cuenta de su palidez y de que le temblaban las manos—. ¿Te encuentras bien?
Ella se frotó la frente.
—Sí, paella está bien.
—Tal vez deberías aflojar un poco con la sangría. Apenas has comido. Estás muy pálida.
Paul estaba preocupado por si la había disgustado con sus procaces revelaciones. No debería habérselo contado. Cambió de tema y le empezó a explicar anécdotas de su último viaje a España y a hablarle de su fascinación por la arquitectura de Gaudí.
Julia asentía y le hacía preguntas de vez en cuando, pero su mente estaba muy lejos de allí, preguntándose con quién exactamente había compartido cama hacía una semana, con el ángel caído que aún poseía bondad en su interior o con alguien distinto, mucho más oscuro.
Se fijó en que la mano izquierda de Singer había desaparecido de la vista. Aunque no se atrevió a buscar los ojos de Gabriel, la profesora se dio cuenta del interés de ella. Las miradas de ambas se cruzaron justo cuando Gabriel le apartaba la mano del regazo.
Avergonzada, Julia se volvió hacia Paul. La mirada de Singer se transformó. De ser una mirada descarada pasó a ser otra de fascinación.
Ansiosa por huir de aquel sórdido espectáculo, Julia se excusó alegando que no se encontraba bien y se levantó de la mesa. Subió al primer piso en busca de los servicios.
Se miró al espejo, tratando de asimilar todo lo que había oído. Su mente era un torbellino de imágenes y palabras que le desgarraban el corazón.
¿Por qué querría nadie que lo golpearan? Gabriel y Ann... Dolor... Control... La mano de ella en el regazo de él... Ann pegando a Gabriel... Gabriel pegando a Ann...
Julia se inclinó sobre el lavabo, luchando contra las náuseas. No supo cuánto tiempo pasó así, con los ojos cerrados, hasta que alguien entró.
—Hola, hola. —La profesora Singer la estaba contemplando con una sonrisa de oreja a oreja, que dejaba al descubierto sus dientes brillantes.
Julia observó que la luz que se reflejaba en las gafas de la mujer hacía que sus ojos verdes tuvieran un brillo rojizo. —Soy la profesora Singer. Encantada de conocerte. —Le ofreció la mano y ella se la estrechó a regañadientes, murmurando un saludo.
La mano de la mujer estaba fría, pero llena de vida. Sujetó la de Julia con fuerza, demasiado rato. Al soltarla, le acarició la línea de la vida con un dedo, como si la estuviera poniendo a prueba. Ella se estremeció.
La profesora ladeó la cabeza y entornó los ojos.
—Creía que me estabas esperando. ¿Te pongo nerviosa?
Julia frunció el cejo.
—No, he venido a lavarme las manos. Creo que he pillado la gripe.
—Es una lástima. —Ann Singer volvió a sonreír, dando un paso hacia ella—. Aunque no pareces enferma. Tienes una piel preciosa.
—Gracias. —Julia miró hacia la puerta, buscando el modo de escapar.
—De nada, de nada. ¿Llevas los labios pintados o es tu color natural? —preguntó entonces, inclinándose y observando desde demasiado cerca los labios gruesos y entreabiertos de Julia.
Ésta dio un paso atrás.
—Es mi color natural.
La profesora dio otro paso adelante.
—Extraordinario. Ya sabes, por supuesto, que el color natural de los labios se encuentra en otras partes más íntimas del cuerpo de la mujer. Ese color en tus labios es delicioso. Estoy segura de que será arrebatador en otros lugares.
Ella se quedó boquiabierta.
—Mírate en el espejo. ¿Cómo no me he fijado en ti antes? Por suerte, tú te has fijado en mí. —Dando otro paso hacia ella, añadió en voz más baja—: ¿Te gusta mirar? ¿Te ha gustado ver lo que estaba haciendo por debajo de la mesa? —susurró.
Julia se ruborizó.
—No sé de qué me está hablando.
—¿Sabes?, cuando se incrementa el flujo sanguíneo, la piel cambia de color. Como ahora. —Sonrió, mostrando los dientes—. Estás avergonzada o excitada, por eso tus mejillas se han ruborizado, igual que tus labios. Y seguro que te has ruborizado también en otras partes, ¿verdad? —Bajó la voz todavía más—. Más abajo, donde seguro que tu cuerpo está deseando que lo acaricien y jueguen con él. —Se pasó la lengua por los labios antes de continuar—: Mi pequeña perla rosada. Creo que quieres que juegue contigo. Serías una
mascota preciosa.
Julia la miró con dureza.
—No estoy interesada en ser la mascota de nadie.
La profesora Singer se tensó. No había esperado esa demostración de carácter.
—Soy un ser humano, no un animal. Déjeme en paz.
Julia no sabía de dónde había sacado el valor para plantarle cara, pero el caso era que lo había hecho.
La mujer se echó a reír.
—Los seres humanos somos animales, querida. Compartimos fisiología, reaccionamos del mismo modo a los estímulos, tenemos las mismas necesidades: comida, bebida y sexo. Pero algunos de nosotros somos un poco más inteligentes.
Julia la miró con suficiencia.
—Yo soy lo bastante inteligente como para saber lo que es un animal. Y no estoy ni remotamente interesada en que me follen como si lo fuera. Si me disculpa...
Esquivándola, salió del baño.
—Si cambias de idea, ven a buscarme —ronroneó Ann.
—Ni lo sueñe —replicó ella, enfadada. Y se marchó corriendo, respirando muy de prisa.
Unos pasos la persiguieron. Cuando alguien la metió en un cuarto oscuro y corrió el pestillo, Julia gritó. Al intentar salir de allí, chocó contra un pecho sólido. El desconocido la sujetó por las muñecas.
—Julianne.
Estaba demasiado oscuro para verle la cara, pero Julia reconoció su voz, así como la extraña sensación que la recorría cada vez que él la tocaba. Dejó de resistirse.
—Por favor, enciende la luz. Tengo claustrofobia —dijo, con una voz que a Gabriel le recordó a la de una niña asustada.
La soltó y sostuvo su iPhone en alto como si fuera una linterna.
—¿Mejor así? —preguntó, reprimiendo el impulso de preguntarle qué tenía que ver la luz con la claustrofobia.
Rodeándole los hombros temblorosos con un brazo, le dio un beso en la frente.
—¿Julianne?
Ella miró a su alrededor y vio que estaban en el cuartito de las escobas.
—¿Julianne? —repitió él, tratando de retener su atención—. He
visto que Ann te seguía. ¿Estás bien?
—No.
—¿Qué te ha hecho?
—Me ha dicho que sería una buena mascota —murmuró, con la cabeza baja.
Gabriel frunció el cejo.
—¿Te ha tocado?
Ella cerró los ojos y se secó unas gotas de sudor de la frente.
—Sólo la mano.
Él bajó la intensidad de la luz del iPhone por miedo a que Ann viera la luz por debajo de la puerta.
—Tenía miedo de que pasara esto. ¿Por qué no me has hecho caso?
—Ya te lo he dicho. Cuando he visto el mensaje ya era demasiado tarde. Francamente, no esperaba que nadie me tirara los tejos en una cena académica y mucho menos que lo hiciera ningún profesor que no fueras tú.
Gabriel gruñó.
—Llevaba toda la cena observándote. Sin duda la has excitado con tu timidez y tu belleza. Para ella, estar en una habitación contigo es una provocación tan grande como enseñarle un cordero a un lobo. —Negó con la cabeza—. He tratado de impedirlo.
Julia lo miró a los ojos.
—¿No era porque estuvieras celoso?
—Claro que estoy celoso. Los celos son una emoción nueva para mí, Julianne. No estoy acostumbrado a lidiar con ellos. Pero le habría pedido a Paul que te llevara a cenar a otro sitio, a cualquier sitio, con tal de mantenerte alejada de esa mujer.
—¿Tuviste una historia con ella?
La mirada de él perdió brillo y apretó los labios.
—No es el lugar adecuado para hablar de eso.
Julia negó con la cabeza y volvió a marearse. Había confiado en que Paul estuviera equivocado, pero la reacción de Gabriel acababa de confirmar sus temores.
—¿Cómo pudiste?
—Estás temblando. ¿Vas a vomitar?
—¿Por qué no respondes a mis preguntas?
—Julianne —dijo él, con los dientes apretados—, en estos momentos lo único que me preocupa es tu salud y tu bienestar. No responderé a ninguna pregunta hasta que esté seguro de que te
encuentras bien. Aunque, si vomitas, te prometo que te apartaré el pelo de la cara —añadió, con una débil sonrisa.
—No voy a vomitar —murmuró ella—. Por desgracia, no es la primera mujer que trata de ligar conmigo. Lo que más me preocupa es que me ocultes cosas.
Gabriel juntó mucho las cejas al oírla, pero en seguida recobró el aplomo.
—Julianne, confía en mí. Cuanto menos sepas sobre ella, mejor. Tu alma estará más limpia cuanto más apartada estés de esa mujer.
—¿Y qué pasa con tu alma? ¿No pasa nada si te toca por debajo de la mesa? Os he visto, Gabriel. Por eso se ha fijado en mí.
Él la fulminó con la mirada.
—Me estaba provocando. Quería que montara una escena en público. Me he resistido esperando que se mantuviera entretenida conmigo y no se fijara en ti, pero he fracasado.
—¿Por qué he tenido que enterarme por Paul de que estuviste liado con ella?
—¿Paul te lo ha contado?
Julia asintió.
Gabriel maldijo y se frotó los ojos con fuerza, como si tratara de librarse de una imagen repulsiva.
—No pensaba que viniera a la conferencia. No compartimos valores ni temas de interés. Hacía meses que no la veía. Forma parte de mi pasado, de un pasado que no pienso repetir. Ni aunque viviera eternamente.
—Paul me contó que le gusta el dolor. ¿Fuisteis... violentos juntos?
Él apretó tanto los puños que los tendones se le tensaron y empezaron a temblar.
—Sí. Me gustaría poder decirte que me embaucó con sus malas artes de seductora, pero no fue eso lo que pasó. Sin embargo, no pienso entrar en detalles. No quiero que tu mente descienda a su oscuro reino. Lo que sí te contaré es que durante uno de nuestros... encuentros, hizo algo que me hizo perder el control. Y que le di a probar su propia medicina. Por eso me echó de su casa y no volví nunca más.
—¿Te pegó?
—Varias veces —admitió él muy serio—. De eso se trataba.
—Gabriel —sollozó ella, rompiéndole el corazón—. ¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste dejar que te tocara y mucho menos que te
hiciera daño?
Él la abrazó con fuerza.
—Julianne, por favor, no hablemos de eso. Por favor, olvida lo que te ha dicho Paul. Olvídate de esa mujer.
—No puedo. Y tampoco puedo olvidar lo que has dicho en tu conferencia esta tarde. Tu descripción del amor ha sido preciosa, pero no es eso lo que tú deseas. Tal vez no creas posible que dos amantes puedan quererse así.
Gabriel la miró fijamente.
—Por supuesto que es lo que quiero. Y por supuesto que creo que es posible. Es sólo que todavía no lo he experimentado. —Carraspeó—. No eres la única virgen en esta relación.
Julia lo miró sorprendida.
—Entonces, ¿por qué querías que alguien te hiciera daño? ¿No habías sufrido bastante en la vida?
Él la miró apenado.
—Gabriel, tu vida está llena de habitaciones secretas, cerradas con llave. Nunca sé lo que hay acechando detrás de esas puertas. No me cuentas nada. ¡Tengo que enterarme de que has tenido una relación con una mujer a través de tu ayudante!
—No tuvimos una relación. Y cuando te pregunté a ti por Simon, tampoco quisiste contarme nada, así que estamos en paz.
Julia hizo una mueca.
—Pero te hablé de mi madre.
Él suspiró.
—Sí, lo hiciste. Enterarme de lo que te pasó en San Luis me dolió más de lo que puedas imaginar. Mucho más que Ann y sus jueguecitos de salón. —Negó con la cabeza—. Tienes razón. Debí hablarte de ella.
Cambió el peso de pie varias veces y se metió las manos en los bolsillos.
—Pensé que si te lo contaba te sentirías tan asqueada que huirías de mí. Que te darías cuenta de que soy un demonio.
—No eres un demonio —susurró Julia—. Eres un ángel caído que aún tiene bondad en su interior. Un ángel caído que aspira a hacerle el amor a una mujer y tratarla con ternura. —Cerró los ojos—. Haberme enterado de la existencia de la profesora Singer por tu boca habría sido muy preferible a esto. He tenido que aguantar que ella me lo restregara por la cara y tú ni siquiera me mirabas.
—La vergüenza es una pesada carga, Julianne, y es algo que tú
desconoces.
—No eres el único pecador que hay en este cuarto, Gabriel —replicó ella, abriendo los ojos y respirando hondo— y por eso no puedo echarte en cara tus pecados del pasado. ¿Aún la deseas?
—¡Por supuesto que no! —exclamó él, indignado—. No tuvimos una relación, Julianne, sólo un par de encuentros. Fue hace más de un año y no habíamos vuelto a vernos desde entonces. —Suspiró—. Si insistes, te contaré los detalles, pero no aquí ni ahora. ¿Puedes esperar a que acabe la cena al menos, por favor?
Ella se mordió el labio inferior, pensativa.
Gabriel le cubrió la boca con la suya y, besándola, le liberó el labio.
—Por favor, no te lastimes. Me duele.
—Yo podría decir lo mismo.
A él se le hundieron los hombros y gruñó un poco.
—Te doy de tiempo hasta después de la cena, pero sólo si me prometes que no dejarás que ella vuelva a ponerte la mano encima.
—Encantado.
Julia soltó el aire con fuerza.
—Gracias.
—¿Te quedarás?
—No, no puedo estar sentada frente a esa mujer, comiendo paella tranquilamente. Me revuelve el estómago.
—Te llevaré a casa.
—Eres el invitado de honor. No puedes irte.
Gabriel se pasó las manos por el pelo.
—Al menos deja que te pida un taxi. Trataré de escaparme lo antes posible. El conserje te abrirá la puerta.
Metiendo la mano en el bolsillo, sacó un fajo de billetes sujeto por un lujoso clip metálico.
Ella negó con la cabeza.
—Ya tengo dinero.
—Coge al menos mi tarjeta de crédito y pide comida a domicilio. No has cenado.
—Ahora no podría comer aunque quisiera.
Gabriel suspiró y se frotó los ojos.
Julia se dispuso a marcharse, pero él la detuvo, sujetándola por el codo.
—Espera —le rogó—. Cuando te he visto entrar en la sala de conferencias, el corazón me ha dado un brinco. Literalmente. Julianne, nunca te había visto tan hermosa. Parecías... feliz. —Tragó saliva ruidosamente—. Siento mucho haber matado a esa Julianne feliz. Siento no haberte dicho la verdad. Crees... ¿crees que podrás perdonarme?
—No tengo nada que perdonarte, Gabriel. No pecaste contra mí. —A ella los ojos se le habían llenado de lágrimas—. Estoy tratando de determinar hasta dónde llega tu afición al dolor y cómo puede afectar a nuestra relación. Siento que eres un desconocido y me duele.
Con esas palabras, salió del cuarto.
Los hados se apiadaron de Julia. Cuando regresó a la mesa a recoger sus cosas y excusarse, Ann aún no había regresado del baño de señoras. Otra profesora también estaba ausente de la mesa.
Una mirada a la pálida cara de Julia y a sus ojos enrojecidos le indicó a Paul que no valía la pena tratar de convencerla para que se quedara. Cuando ella le ofreció una excusa no muy convincente sobre un comienzo de migraña, no le preguntó nada hasta que hubieron salido del restaurante.
—Singer te ha seguido al baño, ¿verdad?
Julia se mordió el labio inferior y asintió.
Él negó con la cabeza.
—Es una depredadora. Una depredadora peligrosa. Debí advertirte. ¿Estás bien?
—De verdad, estoy bien, pero quiero irme a casa. Lo siento por la paella.
—Que le den a la paella. Me preocupas tú. —Haciendo una mueca, añadió—: Si quieres presentar una denuncia contra ella, te acompañaré a la oficina del comité judicial el lunes.
—¿Qué es eso?
—Es la oficina que gestiona las acusaciones de conducta inapropiada contra miembros de la facultad. Si quieres contar lo que ha pasado, te ayudaré en lo que pueda.
Julia negó con la cabeza.
—No ha habido testigos. Sería su palabra contra la mía. Voy a tratar de olvidarme, a menos que vuelva a intentarlo.
—Tú eres la que tiene que decidirlo, pero debes saber que yo presenté una denuncia contra ella el año pasado. Y a pesar de que fue su palabra contra la mía, la denuncia sigue en su expediente. Gracias a eso, no ha vuelto a molestarme. Estoy muy satisfecho de haberlo hecho.
Julia lo miró muy seria.
—No me apetece nada, pero lo pensaré. Siento mucho que tuvieras que pasar por eso.
—No te preocupes por mí. Que tengas un buen fin de semana y procura no pensar en ello. Si necesitas hablar con alguien, llámame. Si no, hasta la semana que viene.
Con una mirada de ánimo, Paul se despidió de ella con la mano mientras el taxi se alejaba.
Con las palabras de Virgilio resonando en sus oídos, Julia miró el móvil y encontró un mensaje que Gabriel le había enviado poco antes de que los profesores entraran en el Segovia.
Mantente alejada de prof. Singer.
Quédate cerca de Paul. Ella lo odia.
Ten cuidado. G.
«Poca información y tarde», pensó Julia, con tristeza.
Al entrar en el piso de él, lo primero que hizo fue encender la chimenea, en un intento por dispersar las sombras que reptaban sigilosas alrededor de su corazón. Pero no sirvió de mucho. En realidad, lo único que quería era irse a casa y esconderse bajo las sábanas. Pero era consciente de que huir de la realidad no solucionaba los problemas.
Aunque no le gustaba fisgar en los asuntos de los demás, se encontró arrodillada en el suelo del vestidor de Gabriel. Quería mirar las fotos en blanco y negro para ver si la profesora Singer aparecía en alguna de ellas. Por el pelo, podría ser. Pero las fotos habían desaparecido. Buscó y rebuscó por el armario y el resto de la habitación, incluso debajo de la cama, pero no las encontró.
En el lugar donde antes estaban colgadas las fotos había seis cuadros. Unos eran abstractos; otros renacentistas; uno de Tom Thomson. Todos ellos muy hermosos y todos ellos desprendían una sensación de... paz.
Gabriel había redecorado su habitación.
Se acercó a admirar una reproducción de La primavera de Botticelli, colgada sobre la cómoda y descubrió con sorpresa una foto de veinte por veinticinco centímetros colocada sobre el mueble. Era la fotografía de una pareja bailando.
El hombre era alto, atractivo, elegante y desprendía una aura de poder. Miraba a la mujer con una mirada intensa y ardiente.
La mujer era menuda, estaba ruborizada y tenía la mirada clavada en los botones de la camisa de él. Llevaba un vestido de un color lila tan vibrante que el resto de los colores de la foto palidecían en comparación.
«¿De dónde habrá sacado una foto de nosotros dos bailando en Lobby? De Rachel», se respondió inmediatamente.
Salió dela habitación, dejándolo todo tal como lo había encontrado.
miércoles, 25 de diciembre de 2013
capitulo 19
Julia se despertó a la mañana siguiente con el sonido del agua de la ducha. Estaba tratando de entender cómo podía estar la ducha en marcha mientras ella seguía en la cama, cuando el sonido se interrumpió y, poco después, un hombre alto y de pelo castaño apareció envuelto en una toalla pequeña de color lila.
Julia abrió mucho los ojos y se cubrió la boca con la mano.
—Buenos días —saludó Gabriel, sujetándose la toalla con una mano mientras cogía su ropa con la otra.
Ella lo estaba mirando fijamente. Y no precisamente a la cara.
Gabriel acababa de salir de su ducha y tenía el pelo mojado y muy despeinado. Se le veían gotas de agua en los hombros y en el pecho, haciendo más nítido el tatuaje. El contorno de las líneas de tendones, músculos y venas, simétricas y equilibradas, configuraban unas proporciones dignas de un ideal de belleza. Las líneas clásicas de aquel cuerpo dejarían sin aliento a cualquiera.
Julia acababa de pasar la noche con el dueño de ese cuerpo en su cama, y él la había abrazado y jugado con su pelo. Y ese cuerpo iba unido a una mente brillante y a una alma profunda y apasionada.
Permanecía con la mirada clavada en su físico y las palabras «semidiós marino» revolotearon por su conciencia.
Gabriel sonrió.
—He dicho buenos días, Julianne.
Ella cerró la boca de golpe.
—Buenos días.
Él se acercó y se inclinó para darle un beso suave con los labios entreabiertos. Unas cuantas gotas de agua la salpicaron y la sábana las absorbió.
—¿Has dormido bien?
Ella asintió lentamente, demasiado sofocada para hablar.
—No eres muy habladora de buena mañana —bromeó él, incorporándose con una sonrisilla en los labios.
—¡Estás casi desnudo!
—Es verdad. ¿Preferirías que acabara de desnudarme del todo? —preguntó, moviendo la toalla provocativamente alrededor de sus caderas.
Julia casi se muere de la impresión.
—Estoy bromeando, cariño. —Volvió a besarla con el cejo fruncido. Y, al recordar lo que le había contado la noche anterior, se alejó de ella cautelosamente—. Me había olvidado de lo que te pasó en San Luis cuando eras pequeña. Siento haber salido así del baño. Lo he hecho sin darme cuenta.
Ella lo miró de arriba abajo, admirándolo en silencio, y lo tranquilizó con una sonrisa.
—No pasa nada. Es que... eres impresionante. Se te ve contento.
Él le devolvió la sonrisa.
—Dormir a tu lado me sienta bien. ¿Puedo prepararte el desayuno?
—Sí, claro. Pero ya sabes que no tengo cocina.
—Soy un hombre de recursos.
La sonrisa de Gabriel era tan cálida que hizo que Julia se olvidara de las carencias de su apartamento.
Justo antes de que la puerta del baño se cerrara tras él, Julia pudo disfrutar del espectáculo de un perfecto glúteo, cuando Gabriel dejó caer la toalla al suelo, dejándola a ella boqueando como un pez.
La noche siguiente, cuando Rachel regresó de su escapada romántica con Aaron, revisó su buzón de voz. Tras llamar en seguida a su padre, telefoneó a Gabriel y le dejó un mensaje.
«¿Qué demonios pasa, Gabriel? ¿Qué le has hecho a Julia? Sólo ha desaparecido una vez en su vida, cuando su ex la humilló de un modo espantoso. Así que, repito, ¿qué demonios le has hecho? ¡Como tenga que ir yo allí para enterarme, será peor! Llámame.
»Por cierto, papá me ha dado recuerdos para ti. Dice que se alegró mucho de que lo llamaras. ¿Sería mucho pedir que le llamaras más a menudo? ¿Una vez a la semana, por ejemplo? Ha decidido volver al trabajo porque no soporta estar en casa solo. Y, por cierto, la ha puesto a la venta.»
Luego, preocupada por su mejor amiga, llamó a Julia y le dejó también un mensaje.
«Julia, ¿qué hizo Gabriel? He encontrado un mensaje suyo en el buzón de voz. Parecía loco de atar. No responde al teléfono, así que no sé qué ha pasado. Tampoco creo que me contara la verdad. De todos modos, espero que estés bien y lo siento mucho. Hiciera lo que hiciese, te ruego que no vuelvas a desaparecer de mi vida. No ahora. Éste será el último día de Acción de Gracias que celebraremos en
casa. Papá la ha puesto a la venta. Aaron insiste en comprarte un billete. Llámame, ¿quieres? Te quiero.»
Después de eso, Rachel regresó a su vida en Filadelfia, esperando recibir noticias tanto de su hermano como de su mejor amiga. Y planeando una boda.
Tras convencerla de que no se subiera al primer avión con destino a Toronto para patearle el culo, Gabriel llamó a Richard y le pidió que retirara la casa del mercado. Luego llamó a Julia, pero no pudo hablar con ella, porque estaba comunicando, así que le dejó un mensaje.
«Nunca me coges el teléfono. [Refunfuña ligeramente.] ¿No tienes llamada en espera? ¿Puedes contratarlo? No me importa lo que cueste. Pago yo. Estoy harto de dejarte mensajes. [Respira hondo.] Acabo de hablar con Rachel. Estaba furiosa conmigo, pero creo que he podido convencerla de que tú y yo discutimos sobre un tema académico, pero que ya nos hemos dado un besito y hemos hecho las paces. [Se ríe.] Bueno, lo del besito no se lo he dicho.
»Tal vez podrías llamarla y tranquilizarla para que no cumpla su amenaza de venir a Toronto. [Suspiro.] Julianne, me gustó mucho despertarme a tu lado ayer. Más de lo que puedo expresar por teléfono. Dime que podré despertarme a tu lado otra vez pronto. [Con una voz más baja y ardiente.] Estoy sentado frente a la chimenea, deseando que estuvieras aquí, entre mis brazos. Llámame, principessa.»
Mientras tanto, Julia estaba hablando con su padre.
—Me alegro de que vengas a casa, Jules. Estaré de guardia, pero podremos pasar algún rato juntos. —Tom acabó la frase tosiendo y aclarándose la garganta.
—Bien. Rachel también quiere que vaya a visitarla. Va a casarse y creo que necesita ayuda con los preparativos, ahora que Grace no está.
—Deb me ha invitado a cenar con ella y los niños en Acción de Gracias. Estoy seguro de que no le importará que vayas.
—Ni de coña —murmuró Julia.
—¿Cómo dices?
—Perdona, papá. Me gustaría saludar a Deb, pero no pienso ir a cenar a su casa.
Tom hizo una pausa incómoda.
—No hace falta que vaya yo tampoco. Veo a Deb constantementeJulia puso los ojos en blanco.
—¿A qué hora llegarás al aeropuerto? —le preguntó su padre.
—De hecho, como Gabriel Emerson está viviendo en Toronto, me comentó que podríamos volver juntos a Filadelfia. Así podría ir con los Clark desde el aeropuerto.
Tom guardó silencio unos segundos.
—¿Gabriel está ahí?
—Da clases en la universidad. Tengo un seminario con él.
—No me lo habías dicho, Jules. Tienes que mantenerte apartada de ese chico.
—¿Por qué?
—Porque no es una buena compañía.
—¿Qué te hace decir eso?
Tom volvió a carraspear.
—No fue a ver a su madre cuando se estaba muriendo. Y pasa muy poco tiempo con su familia. No me fío de él y no quiero que esté cerca de mi hija.
—Papá, es el hermano de Rachel. Y ella se ha ofrecido a recogernos en el aeropuerto.
—Bajo ningún concepto le lleves ninguna bolsa en el avión y no aceptes nada que te ofrezca que sea sospechoso. Tendrás que cruzar la frontera.
—¿Qué demonios quieres decir?
—Quiero decir que me preocupo por ti. ¿No puedo preocuparme por mi única hija?
Julia reprimió el impulso de decir algo cruel o maleducado.
—Cuando tenga el billete, te diré cuándo llego.
—Perfecto. Hablamos entonces.
Y con esas palabras, la poco productiva conversación entre Julia y Thomas Mitchell llegó a su fin.
Luego, ella pasó la hora siguiente asegurándole a Rachel que estaba bien y que, sorprendentemente, Gabriel ya no se estaba comportando como un asno. También logró convencer a Aaron de que no era necesario que le comprara el billete. Mencionó el problema de los planes de su padre para Acción de Gracias y les aseguró que cenaría con ellos el jueves por la noche.
Estaba ya muy cansada cuando por fin pudo hablar con Gabriel. No fue fácil convencerlo de que no era buena idea dormir juntos cada noche. Alguien ligado a la universidad podría verlos entrar o salir de sus respectivas viviendas. Él le dio la razón a regañadientes, pero le
hizo prometer que volverían a dormir juntos antes de una semana.
Julia no quería que Gabriel perdiera el trabajo por su culpa, por eso estaba decidida a reducir las posibilidades de que los descubrieran juntos. Tampoco quería pasar todas las noches en su cama, porque sabía adónde llevaría eso. Seguía intentando confiar en él. Su reticencia era más que razonable, teniendo en cuenta que aún hacía poco tiempo que Gabriel había cambiado de actitud hacia ella. Y que él había admitido que su pasión estaba a punto de acabar con su precario control.
Ella no quería dejarse convencer para hacer algo para lo que no se sentía preparada. No quería entregarle parte de sí misma y volver luego a su apartamento sintiéndose utilizada y sola, como le había pasado tantas veces con él. Cierto, Gabriel no era él. Pero no podía evitar ser cautelosa, por mucho que deseara confiar en él.
A pesar de sus precauciones para protegerse, Julia dormía mucho mejor con Gabriel que sin él y cada día que pasaba sin verlo le dolía el corazón.
El lunes por la tarde, un mensajero llevó a casa de Julia una gran caja blanca. Tras firmar el recibo, cerró la puerta y abrió el sobre que acompañaba la caja. La tarjeta tenía grabadas las iniciales G. O. E. y estaba escrita a mano.
Querida Julianne:
Gracias por compartir conmigo el viernes por la noche.
Tienes corazón de león.
Me encantaría poder domesticarte lentamente,
sin lágrimas ni adioses.
Tuyo,
Gabriel
P. D.: Tengo una nueva cuenta de correo electrónico a tu disposición. Es ésta: goe717@gmail.com
Julia abrió la caja e inmediatamente quedó cautivada por una agradable fragancia. La sorprendió ver que procedía de un gran cuenco de cristal lleno de agua. Flotando en su superficie, había siete gardenias. Con mucho cuidado, sacó el cuenco de la caja y lo colocó en la mesa plegable, aspirando profundamente el perfume que empezaba a extenderse por la habitación.
Releyó la nota de Gabriel y abrió el portátil para enviarle un mensaje a su nueva dirección desde su correo de Gmail.
Querido Gabriel:
Gracias por las gardenias, son preciosas.
Gracias por la tarjeta.
Gracias por escucharme.
Tengo muchas ganas de verte,
Julia
Besos
El miércoles por la tarde, Julia se encontró con Paul en los casilleros, antes del seminario del profesor Emerson. Se saludaron y charlaron un poco antes de ser interrumpidos bruscamente por el móvil de ella. La pantalla decía que la estaba llamando —milagrosamente— Dante Alighieri, así que, por supuesto, respondió.
—Tengo que contestar —murmuró, disculpándose con Paul, antes de salir al pasillo.
—¿Hola?
—Julianne.
Ella sonrió al oír su voz.
—Hola.
—¿Cenarás conmigo esta noche?
Julia miró a su alrededor para asegurarse de que estaba sola.
—Hum, ¿qué habías pensado?
—Cenar en mi casa. No te he visto desde el sábado. Estoy empezando a pensar que sólo estás interesada en una relación por correo, ahora que tienes mi nueva dirección electrónica —dijo él y se echó a reír.
Ella respiró profundamente, contenta de que no estuviera enfadado.
—He estado preparando mi próxima reunión con Katherine. Y tú tenías tu conferencia, así que...
—Necesito verte.
—Yo también tengo ganas, pero vamos a vernos dentro de un momento.
—También quería hablarte de eso. Lo mejor será que no hagamos ninguna referencia a lo que pasó. Si ves que te ignoro, es por eso. No estoy enfadado. Quería avisarte para que no te preocuparas. —Tras una breve pausa, añadió—: Sólo pienso en tocarte, pero tenemos que guardar las apariencias.
—Lo entiendo.
—Julianne —dijo Gabriel bajando la voz—, esta situación me disgusta tanto como a ti, pero me gustaría mucho que vinieras a cenar esta noche, para compensarte. Después de cenar, podemos pasar una velada tranquila junto al fuego, disfrutando de nuestra mutua compañía. Antes de acostarnos.
Ella se ruborizó inmediatamente.
—Me encantaría, pero esta noche tengo que trabajar. No he acabado de leer todos los textos que me dio Katherine y la reunión es mañana por la tarde. Es muy exigente, ya la conoces.
Él empezó a maldecir entre dientes.
—Lo siento, Gabriel, pero quiero que esté contenta conmigo.
—¿Y no quieres que yo esté contento contigo?
—Yo... —Julia no supo qué responder.
Él refunfuñó un poco más antes de decir:
—¿Me prometes que nos veremos el viernes por la noche?
—¿Después de la conferencia?
—Tendré que ir a cenar con los organizadores, pero me gustaría que te reunieras conmigo en mi casa después de la cena.
—¿No será muy tarde?
—No para lo que tengo en mente. Me lo prometiste, ¿lo has olvidado?
Julia sonrió al recordar las nuevas fiestas de pijama, más maduras, que había descubierto recientemente.
—Entonces, ¿nos veremos el viernes? —insistió él, susurrando.
—Sí, tendré que buscar una excusa para Paul. Iremos a la conferencia juntos.
Al otro lado del teléfono se hizo un silencio tenso.
—¿Hola? —Julia se desplazó un poco para mejorar la recepción—. ¿Sigues ahí?
—Estoy aquí —respondió él, en un tono glacial.
«Scheiße», pensó ella.
Tras unos instantes de silencio, Gabriel siguió hablando:
—¿Teníamos o no teníamos un acuerdo de no compartirnos con nadie?
«Doble Scheiße.»
—Por supuesto.
—Yo he mantenido mi palabra.
—Gabriel, por favor...
—Dime que he malinterpretado tus palabras —la interrumpió él.
—Somos amigos y me invitó a acompañarlo a la conferencia. No me pareció nada malo.
—¿Te gustaría que yo me viera con otras mujeres? ¿Que fuera a actos públicos con ellas?
—No —admitió Julia en un susurro.
—Entonces te ruego que tengas la misma deferencia conmigo.
—Por favor, no te enfades.
Su petición chocó con un muro de silencio.
—Es el único amigo que tengo. Ser estudiante en una ciudad extranjera es muy... solitario.
—Pensaba que yo era tu amigo.
—Por supuesto que lo eres. Pero necesito a alguien con quien hablar de las clases y cosas así.
—Cualquier tema relacionado con la universidad deberías hablarlo conmigo.
—Por favor, no me obligues a renunciar al único amigo que tengo. A ti no puedo verte siempre que quiero; me quedaría totalmente aislada.
Gabriel se estremeció.
—¿Le has dicho que te estás viendo con alguien?
Ella tragó saliva.
—No. Pensaba que era un secreto.
—Vamos, Julianne, no te hagas la tonta. —Respiró hondo para tranquilizarse—. De acuerdo. Admito que necesitas un amigo, pero tienes que dejarle claro que no estás disponible. Paul está claramente interesado en algo más y eso podría crearnos problemas.
—Le diré que tengo un nuevo novio. Hemos quedado para ir a ver una exposición dentro de dos semanas...
—No, no irás con él —gruñó Gabriel—. Yo te llevaré.
—Pero... ¿en público? No podemos.
—Yo me ocuparé de los detalles. Entonces, ¿dentro de un momento lo veré entrar en el aula llevándote los libros? —preguntó con ironía.
—Gabriel, por favor.
Él soltó el aire sonoramente.
—De acuerdo. Olvidémonos de esto. Pero lo estaré vigilando. Y respecto al viernes, te daré una llave. O avisaré al conserje para que te deje entrar.
—De acuerdo.
—Hasta dentro de nada.
Cuando Paul y Julia llegaron al aula de seminarios, Gabriel ya estaba allí. Tras fulminar a Paul con la mirada, volvió a revisar sus notas. Comprobó satisfecho que Julia volvía a usar el maletín. Era una tontería, pero se sintió muy contento.
El resto de los alumnos, incluida Christa, paseó la mirada entre Julia y El Profesor unas cuantas veces. Parecía que estuvieran en un partido de tenis en Wimbledon.
Julia se sentó en su asiento de siempre, al lado de Paul, con actitud deferente.
—No te preocupes, lleva toda la semana de buen humor. No creo que hoy se meta contigo. —Paul se inclinó hacia ella para susurrarle al oído—: Debe de haberse tirado a alguien este fin de semana. Más de una vez.
El profesor Emerson carraspeó con fuerza hasta que Paul se apartó.
Julia se sofocó al oír el comentario de su amigo. Sin levantar la cabeza, empezó a tomar notas sin parar. El truco funcionó. Pronto había dejado de pensar en el sábado por la mañana y en Gabriel desnudo, mojado, dejando caer una toalla pequeña, lila.
Él casi no la miró y en ningún momento le preguntó nada, ni le hizo comentar ningún tema. En resumen, la clase supuso una enorme decepción para los alumnos desde el punto de vista del entretenimiento. Christa fue la única en sentirse satisfecha de que, al fin, el universo hubiera vuelto a su órbita —casi— correcta.
—Están todos invitados a la conferencia sobre la lujuria en el Infierno de Dante que daré en el Victoria College el viernes a las tres de la tarde. Nos vemos la semana que viene. La clase ha terminado.
El Profesor recogió sus cosas rápidamente y salió del aula sin mirar a nadie.
Paul se inclinó sobre Julia una vez más.
—¿Te acompaño a casa? Podríamos comprar comida tailandesa por el camino.
—Me encantaría que me acompañaras, pero esta noche me la voy a pasar trabajando. Aunque hay algo que quería comentarte.
El viernes por la mañana, Julia estaba frente al armario abierto, preguntándose qué iba a ponerse para la conferencia. Sabía que a Gabriel no le gustaría verla allí con Paul, pero también sabía que luego pasarían la noche juntos en su casa. Ya había metido en el maletín lo que podía necesitar.
Quería causarle buena impresión. Quería que Gabriel se fijara en ella entre todas las demás y que pensara que estaba muy guapa. Así que, por primera vez ese curso, se arregló. Se puso un vestido negro, medias negras tupidas y botas de piel negra de tacón alto. Rachel la había convencido para que se las comprara, hacía varios años. Se adornó con unos sencillos pendientes de perla que habían pertenecido a su abuela paterna y se rodeó el cuello con una pashmina lila, por si el modesto escote resultaba excesivo para una conferencia en pleno día.
Paul y ella fueron de los primeros en llegar a la gran sala de conferencias. Se sentaron en una de las últimas filas, al lado del pasillo, para no llamar la atención. El personal docente solía ocupar las primeras y los estudiantes no solían atreverse a romper esa convención.
Sólo poner un pie en la sala, Julia sintió la presencia de Gabriel. Una extraña tensión vibraba entre ellos, incluso a esa distancia. Notó que él la miraba y supo que pronto estaría frunciendo el cejo. Una mirada de reojo a la tarima confirmó sus sospechas. Estaba fulminando a Paul con la mirada mientras éste le apoyaba la mano en la parte baja de la espalda para guiarla hacia el asiento.
Pero luego, en seguida, dirigió la vista hacia ella y, con una sonrisa ladeada, la examinó de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de la cuenta en sus botas de tacón. Volviéndose, siguió conversando con otro de los profesores.
Julia dedicó varios segundos a admirar su aspecto. Estaba imponente, como siempre, vestido con un traje de Armani negro, una camisa blanca de puños dobles, estilo francés, corbata negra y unos zapatos de vestir también negros que, por suerte, no eran puntiagudos. Sorprendentemente, llevaba un chaleco debajo de la americana, que tenía desabrochada. Julia se fijó en la cadena de un reloj que colgaba de uno de los bolsillos del chaleco.
—¿Has visto? Lleva un chaleco y un reloj de bolsillo —comentó Paul, negando con la cabeza—. ¿Cuántos años tiene este tipo? Apuesto a que guarda un retrato en su desván que va envejeciendo en su lugar.
Julia disimuló una sonrisa, pero no dijo nada.
—¿Sabes qué me encargó hacer ayer?
Ella negó con la cabeza.
—Tuve que meter algunas de sus preciosas plumas en una caja, cerrarla bien y enviarlas a un hospital de estilográficas. ¿Te lo puedes creer?
—¿Qué es un hospital de estilográficas?
—Un taller de reparación para plumas enfermas, que ofrece servicio a una pandilla de dueños de plumas aún más enfermos, a los que les sobra el dinero. Y el tiempo. O el tiempo de sus ayudantes.
Julia se echó a reír y desconectó el teléfono.
Recuperado ya de la gripe porcina, el profesor Jeremy H. Martin, catedrático de Estudios Italianos, dio la bienvenida al centenar de asistentes e hizo una elogiosa presentación de los logros y la actual investigación del profesor Emerson. Julia vio que Gabriel se removía incómodo en la silla, como si los halagos le desagradaran. Sus miradas se cruzaron y ella le sonrió, dándole ánimos. Los hombros de él se relajaron ostensiblemente.
Era obvio que el profesor Martin estaba muy orgulloso del profesor Emerson y que no tenía ningún reparo en expresar esa admiración. Gabriel había sido el fichaje estrella del departamento y no había defraudado las expectativas que habían depositado en él. Le habían dado plaza fija tras publicar su primer libro con la Oxford University Press. Iba camino de convertirse en un académico tan famoso como Katherine Picton. O al menos eso esperaba el profesor Martin.
Tras un breve aplauso de bienvenida, Gabriel se puso las gafas, colocó sus notas en el atril y comprobó que el PowerPoint estuviera a punto. Antes de empezar a hablar, se tomó un par de segundos para examinar a los presentes: en la primera fila, el profesor Martin sonreía, la señorita Peterson, un poco inclinada hacia adelante, se estaba acariciando el contorno del escote y el resto de sus colegas esperaban, claramente interesados en lo que iban a escuchar.
Con la excepción de una de ellos. Una profesora que no parecía ni remotamente interesada en la investigación ni en nada académico. Sus intereses eran mucho más disolutos y libertinos y, para que no cupiera duda de cuáles eran, se estaba pasando la lengua por los labios, pintados de color carmesí. Era una mujer retorcida. Una depredadora. Gabriel se sintió incómodo bajo el escrutinio de su mirada de serpiente, sobre todo con Julia en la misma sala. Sabía que su pasado acechaba en cada esquina, pero que Dios se apiadara de él si aquellas dos mujeres llegaban a conocerse.
Apartando los ojos de la rubia profesora, se obligó a sonreír. Buscó la mirada de Julia, sacó fuerzas de su cálida expresión y empezó:
—El título de la conferencia es «La lujuria en el Infierno de Dante: el pecado capital contra el Yo». Lo primero que uno se pregunta al ver este título es cómo puede la lujuria ser un pecado contra uno mismo, cuando su objetivo siempre es otra persona. Pero siempre se utiliza a otra persona para obtener gratificación sexual personal.
Le llegó una risa disimulada de la primera fila, pero la ignoró, limitándose a endurecer un poco la expresión de la cara como respuesta.
—La noción de pecado de Dante viene definida en gran medida por los escritos de santo Tomás de Aquino. En su famosa Suma Teológica, santo Tomás afirma que toda acción malvada o pecado es una forma de autodestrucción. Considera que la naturaleza humana tiende a ser buena y sensata. Cree que la naturaleza de animal racional del hombre fue creada por Dios para la búsqueda del bien y, más específicamente, de las virtudes.
»Cuando un ser humano se aparta de ese destino natural, se daña a sí mismo, porque no hace aquello para lo que fue diseñado. Lucha contra él y contra su naturaleza.
La señorita Peterson se echó hacia adelante, claramente interesada.
—¿Por qué Tomás de Aquino tiene esta visión tan peculiar del pecado?
»Una razón es porque acepta la afirmación de Boecio de que la bondad y el ser son intercambiables, es decir, que todo lo que existe tiene al menos parte de bondad intrínseca, ya que ha sido creado por Dios. No importa lo sucio, destrozado o pecador que sea ese ser humano. Mientras siga existiendo, el bien existirá en su interior.
Apretó un botón y la primera imagen apareció en la pantalla. Julia reconoció la ilustración de Lucifer hecha por Botticelli.
—Según esta teoría, nadie, ni siquiera Lucifer atrapado en el hielo en el Infierno de Dante, es completamente malo. El mal sólo puede existir alimentándose del bien, como un parásito. Si todo el bien de una criatura fuera eliminado, esa criatura no podría seguir existiendo.
Notó un par de astutos ojos clavados en él, burlándose de su concepción burguesa del bien y del mal. Carraspeó antes de
continuar:
—Es un concepto que a muchos de nosotros nos cuesta aceptar. La idea de que incluso un ángel caído, condenado a pasar el resto de sus días en el infierno, tenga parte de bondad. —Buscó a Julia con los ojos, esperando que captara la súplica que había en ellos—. Una bondad que ruega ser reconocida, a pesar de la triste y desesperada adicción del ángel caído por el pecado.
Una nueva ilustración de Botticelli mostraba a Dante y a Beatriz bajo el cielo de las estrellas fijas del Paraíso. Julia reconoció la imagen que Gabriel le había mostrado en su despacho, la que formaba parte de su colección privada.
—En este contexto, consideremos los personajes de Dante y Beatriz. Son el prototipo del amor cortés. En La Divina Comedia, Beatriz le pide a Virgilio que guíe a su amado Dante a través del Infierno, ya que ella no puede descender hasta allí a causa de su residencia permanente en el Paraíso. Mediante esta conexión entre Beatriz y Virgilio, Dante está expresando su convencimiento de que el amor cortés está más ligado a la razón que a la pasión.
Ante la mención de Beatriz, Julia empezó a removerse inquieta en el asiento, manteniendo la cabeza baja para no delatarse. Paul se dio cuenta y, malinterpretando su inquietud, le tomó la mano y se la apretó ligeramente.
Estaban sentados demasiado atrás para que Gabriel viera lo que estaban haciendo, pero sí se dio cuenta de que Paul se inclinaba hacia Julia y de que su mano desaparecía cerca del regazo de ella. La visión lo distrajo momentáneamente.
Tosió mientras recuperaba el hilo y, al oírlo, Julia levantó la vista y se soltó de la mano de Paul.
—Pero ¿qué pasa con la lujuria? Si el amor es el cordero, la lujuria es el lobo. Dante lo deja claro cuando la identifica con un pecado de incontinencia, de falta de control. Al igual que el lobo, en el pecador, la pasión se impone a la razón.
Al oír esas palabras, Christa se sentó en el borde del asiento, inclinándose lo suficiente como para que su escote fuese visible desde el estrado. Por desgracia para ella, Gabriel estaba demasiado ocupado pasando a la siguiente imagen, que no era otra que la escultura de Rodin, El beso.
—Dante sitúa a Paolo y a Francesca en el Círculo de los Lujuriosos. Sorprendentemente, la historia de su caída va íntimamente ligada a la tradición del amor cortés. En el momento de su indulgencia
lujuriosa, estaban leyendo juntos sobre la relación adúltera entre Lanzarote y la reina Ginebra. —Gabriel sonrió travieso—. Vendría a ser el equivalente medieval de unos preliminares a base de porno.
Se oyeron unas risas en la sala.
—En el caso de Paolo y Francesca, la pasión se impuso a la razón, que debería haberles dicho que, ya que uno de los dos estaba atado a otra persona, debían tener las manos quietas.
Estas últimas palabras las pronunció con la mirada clavada en Paul, pero éste pensó que miraba a Julia, o a alguna otra mujer sentada delante de ellos, así que se mantuvo impasible. Ante su falta de reacción, los ojos azules de Gabriel se volvieron verdes, como los de un dragón. Ya sólo faltaba que empezara a escupir fuego por la boca.
—Su relación podría compararse con el sentimiento de posesión de una pareja comprometida. Si otra persona tratara de disfrutar de las delicias que deberían estar reservadas a la prometida o el prometido, la relación acabaría en enfado y celos —añadió, con voz más amenazadora.
Julia se encogió un poco y se alejó de Paul todo lo que pudo.
—Pero el hecho de que Dante vea, tanto en Lanzarote y Ginebra como en Paolo y Francesca, una corrupción del amor cortés, demuestra que reconoce los peligros que conlleva su relación con Beatriz. Sabe que si permite que la pasión se imponga a la razón, arruinará sus vidas y las expondrá al escándalo. Así que el destino de Paolo y Francesca es para Dante un aviso personal de que debe mantener su relación con Beatriz casta. Lo que no le resulta sencillo, dado el gran atractivo de la joven y la intensidad del deseo que siente por ella.
Julia se ruborizó.
—Quisiera dejar claro que, aunque pasaron muchos años separados, Dante sigue profundamente enamorado de Beatriz. La ama y la desea con tanta intensidad que le duele. Su castidad resulta mucho más virtuosa gracias a la fuerza y desesperación de su deseo.
Los ojos de serpiente de la rubia profesora siguieron la dirección de la mirada de Gabriel y vieron a Julia antes de volver la vista hacia él, que la miró con hostilidad antes de continuar.
—Según la filosofía de Dante, la lujuria es un amor descarriado, pero no deja de ser amor. Por esta razón, lo considera el menos malo de los siete pecados capitales y coloca el Círculo de la Lujuria justo debajo del Limbo. La lujuria es el mayor de los placeres terrenales.
Gabriel volvió a mirar a Julia, que lo escuchaba encandilada.
—El sexo no es sólo una unión de los cuerpos, también es una unión espiritual; una unión extática de dos cuerpos y dos almas, que imita el gozo y el éxtasis de la unión con la divinidad en el paraíso. Dos cuerpos unidos en el placer. Dos almas unidas a través de la conexión entre sus cuerpos, así como de la entrega entusiasta y altruista del propio ser.
Julia trató de no moverse en el asiento, al recordar cómo él le había lamido los dedos uno a uno limpiándole los restos de chocolate. La temperatura de la sala había aumentado claramente y no era la única en tener problemas para estarse quieta.
—Tal vez sea pedante señalar que si uno de los dos no se entrega totalmente durante el encuentro sexual, no alcanzará el orgasmo. En ese caso, el resultado es la tensión, la frustración y una pareja infeliz. El orgasmo es un anticipo de la trascendencia absoluta y del placer total, extático. Del tipo de placer durante el cual las necesidades y deseos más profundos se satisfacen por completo.
Sonrió al ver que Julia cruzaba y descruzaba las piernas, disfrutando de su reacción mientras tomaba un sorbo de agua.
—La idea del orgasmo compartido, la idea del éxtasis de un miembro de la pareja provocando el del otro, pone de relieve la intimidad mutua de esta unión física y espiritual. Jadear, retorcerse, tocarse, desear, entregar y, finalmente, llegar juntos al orgasmo, de manera gloriosa.
Hizo una pausa y se obligó a no mirar a Julia, para no atraer las miradas sobre su rostro ruborizado. Carraspeó ligeramente y dedicó una sonrisa ladeada a los presentes.
—¿A alguien más le falta el aire?
Risas tímidas pero sinceras resonaron en la sala. Christa se apartó el pelo de la cara y se abanicó con el libro de Gabriel.
—Creo que he ilustrado la tesis de Dante con mis palabras. Lo que quería demostrar era que la lujuria es lo bastante poderosa como para distraer la mente de una persona, y no olvidemos que la mente es el órgano encargado de razonar. Una mente alterada por la lujuria se centrará en ideas carnales y terrenales en vez de elevarse a los cielos para centrarse en Dios. Sin duda, algunos de ustedes ahora mismo preferirían ir corriendo a reunirse con sus parejas en vez de quedarse aquí escuchando el resto de esta árida conferencia.
Se echó a reír, ignorando a la profesora de la primera fila y el pequeño y obsceno objeto que había sacado del bolso para provocarlo.
—El amor, a diferencia de la lujuria, no es ningún pecado. Tomás de Aquino argumenta que el amante está ligado a su amado como si éste fuera una parte de su propio cuerpo.
Al decir esto, la expresión de Gabriel se suavizó y una dulce sonrisa apareció en su rostro.
—El goce y la belleza de la intimidad que se expresa en la unión sexual son consecuencia de un acto de amor. En este caso, es evidente que el sexo no puede considerarse un sinónimo de lujuria. De ahí la distinción en el lenguaje contemporáneo entre, disculpen mi vulgaridad, follar y hacer el amor. Pero el sexo y el amor tampoco son sinónimos, como demuestra la tradición del amor cortés. Una persona puede amar a otra de manera casta y apasionada, sin que exista entre ellos ningún contacto sexual.
»En el Paraíso de Dante, la lujuria se transforma en caridad, la más pura y sincera manifestación de amor. En el Paraíso, el alma está libre de deseos, ya que todos están satisfechos y ella está henchida de gozo. Ya no siente culpabilidad por sus anteriores pecados y disfruta de una libertad y una plenitud absolutas. Sin embargo, por cuestiones de tiempo no puedo extenderme más en la descripción del Paraíso.
»En La Divina Comedia, encontramos la dicotomía lujuria-caridad y también una potente manifestación de la castidad en el amor cortés, correspondiente al amor entre Dante y Beatriz. Pero como mejor se expresa este ideal de amor cortés no es con palabras de Dante, sino de Beatriz: Apparuit iam beatitudo vestra, es decir, «Ahora aparece tu bendición». Nunca se han pronunciado palabras más ciertas. Gracias.
La sala de conferencias estalló en educados aplausos y murmullos de aprobación. A continuación, Gabriel respondió a las preguntas de los asistentes. Como era habitual, los profesores fueron los primeros en preguntar, mientras los estudiantes aguardaban su turno. (Ya que en el mundo académico, igual que la Europa de la Edad Media, impera un sistema de clases.)
Julia permanecía muy quieta, tratando de asimilar lo que le parecía haber entendido de la conferencia. Se estaba repitiendo alguna de las ideas más profundas, cuando Paul se inclinó hacia ella para susurrarle al oído:
—No te lo pierdas. Emerson está a punto de ignorar a Christa.
Desde donde estaban no podían ver el escote de su compañera
(lo cual era una bendición.) Seguía inclinada hacia adelante, con la mano levantada, tratando de llamar la atención del profesor. Éste pareció no ver su mano, ignorándola deliberadamente antes de conceder la palabra a otras personas y ofrecerles respuestas razonadas.
Finalmente, el profesor Martin se puso en pie para anunciar que la ronda de preguntas había terminado. Sólo entonces Christa bajó la mano, enfurruñada.
Tras una nueva tanda de aplausos, Gabriel bajó de la tarima. Inmediatamente fue interceptado por una morena de treinta y tantos años, que parecía ser una profesora. Se saludaron con un apretón de manos.
Paul resopló.
—¿Lo has visto? No ha dejado que Christa le haga una pregunta en un foro público. Creo que tenía miedo de que le lanzara un sujetador o que desplegara un póster que dijera: «Yo-corazón-Emerson».
Julia se echó a reír, sin perder de vista a la morena hasta que Gabriel dejó de hablar con ella y se dirigió a otro de los que querían saludarlo.
—Me ha extrañado que nadie corrija a El Profesor —comentó Paul luego, rascándose una patilla reflexivamente.
—¿Sobre qué?
—Ha atribuido la frase Apparuit iam beatitudo vestra a Beatriz, cuando todos sabemos que es de Dante. El poeta la pronuncia en la segunda sección de La Vita Nuova, cuando se encuentra con Beatriz por primera vez.
Julia lo sabía, por supuesto, pero nunca se le habría ocurrido comentarlo, así que guardó silencio.
Paul se encogió de hombros.
—Seguro que ha sido un lapsus. Puede citar esos textos de memoria en italiano y en inglés. Sólo es que me ha resultado curioso que El Profesor Perfecto haya cometido un error tan grande en público y que nadie haya dicho nada. —Se echó a reír—. Tal vez eso era lo que quería decir Christa.
Julia asintió. Sabía que el error de Gabriel había sido intencionado, pero no pensaba decírselo a nadie y mucho menos a Paul.
Éste la miró de arriba abajo con franca apreciación.
—Estás muy guapa hoy. Siempre estás guapa, pero hoy estás
particularmente... radiante. —Su expresión se ensombreció—. Espero no estar metiéndome en terreno vedado. ¿Cómo me has dicho que se llama tu novio?
—Owen.
—Bueno, no puedes negarlo. Se te ve en los ojos. Se nota que estás contenta de haber vuelto con él. Después de verte triste durante semanas, me alegra verte feliz.
—Gracias —murmuró Julia.
—¿Por qué te has puesto tan guapa?
Ella miró a su alrededor.
—No sabía cómo se vestía la gente aquí para una conferencia. Sabía que asistirían todos los profesores y quería tener buen aspecto.
Paul se echó a reír.
—La mayoría de las mujeres del mundo académico no se preocupan demasiado por la moda. —Negó con la cabeza y le apretó la mano—. Espero que tu ex te trate bien esta vez. Si no, voy a tener que ir a Filadelfia a patearle el culo.
A esas alturas, Julia ya casi no lo escuchaba, porque vio que una profesora bajita y rubia saludaba a Gabriel con un beso en cada mejilla.
Alzó las cejas sorprendida.
«¿Y tú riñéndome por Paul, profesor? Pensaba que no iba a tener que compartirte.»
Oyó que Paul maldecía entre dientes.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
—Bueno, la conferencia ha estado bien. Por eso vine a esta universidad, para estudiar con él —respondió, mirando a Gabriel—. Pero míralos.
Como si lo hubiera oído, la rubia echó la cabeza hacia atrás y se rió a carcajadas, mientras Emerson le devolvía una sonrisa tensa.
La mujer debía de medir poco más de metro y medio y llevaba el pelo, muy rubio, recogido en un severo moño. Vestía un traje de aspecto caro, con una falda tubo que no le llegaba a las rodillas y completaba su atuendo con unas gafas de Armani rojas. Julia también se fijó en que llevaba zapatos de tacón muy alto y unas medias de rejilla, con las que se podrían pescar peces, aunque muy pequeños.
Era guapa, pero había algo en ella que parecía fuera de lugar en aquel entorno académico. Por otra parte, su presencia desprendía agresividad.
—Es la profesora Singer —dijo Paul, haciendo una mueca de
disgusto.
—¿La rubia?
—Sí, la morena es la profesora Leaming. Es fantástica, tienes que conocerla. Pero aléjate de Singer, es una arpía.
A Julia se le encogió el corazón al ver a la mujer agarrar el brazo de Gabriel con demasiada familiaridad, mientras se ponía de puntillas para susurrarle algo al oído. Él permaneció impasible.
—¿Por qué dices eso?
—¿Has visitado su página web?
—No.
—Pues tienes suerte. Te quedarías horrorizada de ver en qué está metida. La llaman La Profesora Dolor.
Con reticencia, Julia apartó los ojos del espectáculo que estaban ofreciendo los profesores Emerson y Dolor y empezó a retorcerse las manos. Se preguntó si el nombre de pila de Dolor sería Paulina.
Asqueada, cogió el abrigo y se levantó.
—Creo que es un buen momento para marcharnos.
—Te acompañaré a casa. —Paul la ayudó a ponerse el abrigo caballerosamente.
Mientras se dirigían a la salida, el profesor Martin vio a Paul y le indicó con un gesto que se acercara.
—Un momentito. Espérame, por favor.
Julia volvió a sentarse y jugueteó con los botones del abrigo para distraerse.
Gabriel no la había buscado con la vista en ningún momento. Suponía que la estaba ignorando expresamente. Paul habló un momento con el catedrático antes de volverse en su dirección y señalarla. El profesor Martin asintió, dándole unas palmaditas en la espalda. Paul regresó a su lado con una sonrisa radiante.
—Nunca adivinarías lo que quería.
Julia levantó las cejas.
—Nos han invitado a la cena en honor de Emerson.
—Estás de guasa.
—No. Al parecer, el presupuesto de la conferencia daba para invitar a un par de estudiantes y Martin me ha invitado a mí. Cuando le he dicho que estaba contigo, te ha invitado también. —Le guiñó un ojo—. La pobre Christa no está en la lista de invitados. Hoy es tu día de suerte.
Al levantar la vista, Julia se encontró con que Gabriel la estaba mirando. Parecía preocupado, incluso enfadado. Miró a Paul y luego a
ella, negando con la cabeza.
Julia apretó los labios.
«¿Cómo puede estar celoso de un amigo mientras La Profesora Dolor no le quita las manos de encima? Menuda doble moral.»
—Si no te apetece, no tenemos por qué ir. —Paul carraspeó—. Sé que Emerson se ha portado como un imbécil contigo. Probablemente no te apetezca ir a celebrar su triunfo.
—Sería de mala educación rechazar la invitación del catedrático —replicó ella lentamente.
—Supongo que tienes razón. Será divertido. La cena es en el Segovia, un restaurante fantástico. Pero no empieza hasta las siete. ¿Quieres que vayamos al Starbucks mientras tanto? ¿O a algún otro sitio? —preguntó él, ofreciéndole la mano.
—El Starbucks me va bien.
Ya en la calle, pasados unos minutos, Julia encontró el valor para hacerle la pregunta que la atormentaba.
—¿Conoces bien a la profesora Singer? —Trató de sonar despreocupada.
—No. Me mantengo tan alejado de ella como puedo. —Paul maldijo varias veces entre dientes—. Ojalá pudiera olvidar los correos electrónicos que le envió a Emerson. Los tengo grabados a fuego en la mente.
—¿Cómo se llama de nombre?
—Ann.
Julia abrió mucho los ojos y se cubrió la boca con la mano.
—Buenos días —saludó Gabriel, sujetándose la toalla con una mano mientras cogía su ropa con la otra.
Ella lo estaba mirando fijamente. Y no precisamente a la cara.
Gabriel acababa de salir de su ducha y tenía el pelo mojado y muy despeinado. Se le veían gotas de agua en los hombros y en el pecho, haciendo más nítido el tatuaje. El contorno de las líneas de tendones, músculos y venas, simétricas y equilibradas, configuraban unas proporciones dignas de un ideal de belleza. Las líneas clásicas de aquel cuerpo dejarían sin aliento a cualquiera.
Julia acababa de pasar la noche con el dueño de ese cuerpo en su cama, y él la había abrazado y jugado con su pelo. Y ese cuerpo iba unido a una mente brillante y a una alma profunda y apasionada.
Permanecía con la mirada clavada en su físico y las palabras «semidiós marino» revolotearon por su conciencia.
Gabriel sonrió.
—He dicho buenos días, Julianne.
Ella cerró la boca de golpe.
—Buenos días.
Él se acercó y se inclinó para darle un beso suave con los labios entreabiertos. Unas cuantas gotas de agua la salpicaron y la sábana las absorbió.
—¿Has dormido bien?
Ella asintió lentamente, demasiado sofocada para hablar.
—No eres muy habladora de buena mañana —bromeó él, incorporándose con una sonrisilla en los labios.
—¡Estás casi desnudo!
—Es verdad. ¿Preferirías que acabara de desnudarme del todo? —preguntó, moviendo la toalla provocativamente alrededor de sus caderas.
Julia casi se muere de la impresión.
—Estoy bromeando, cariño. —Volvió a besarla con el cejo fruncido. Y, al recordar lo que le había contado la noche anterior, se alejó de ella cautelosamente—. Me había olvidado de lo que te pasó en San Luis cuando eras pequeña. Siento haber salido así del baño. Lo he hecho sin darme cuenta.
Ella lo miró de arriba abajo, admirándolo en silencio, y lo tranquilizó con una sonrisa.
—No pasa nada. Es que... eres impresionante. Se te ve contento.
Él le devolvió la sonrisa.
—Dormir a tu lado me sienta bien. ¿Puedo prepararte el desayuno?
—Sí, claro. Pero ya sabes que no tengo cocina.
—Soy un hombre de recursos.
La sonrisa de Gabriel era tan cálida que hizo que Julia se olvidara de las carencias de su apartamento.
Justo antes de que la puerta del baño se cerrara tras él, Julia pudo disfrutar del espectáculo de un perfecto glúteo, cuando Gabriel dejó caer la toalla al suelo, dejándola a ella boqueando como un pez.
La noche siguiente, cuando Rachel regresó de su escapada romántica con Aaron, revisó su buzón de voz. Tras llamar en seguida a su padre, telefoneó a Gabriel y le dejó un mensaje.
«¿Qué demonios pasa, Gabriel? ¿Qué le has hecho a Julia? Sólo ha desaparecido una vez en su vida, cuando su ex la humilló de un modo espantoso. Así que, repito, ¿qué demonios le has hecho? ¡Como tenga que ir yo allí para enterarme, será peor! Llámame.
»Por cierto, papá me ha dado recuerdos para ti. Dice que se alegró mucho de que lo llamaras. ¿Sería mucho pedir que le llamaras más a menudo? ¿Una vez a la semana, por ejemplo? Ha decidido volver al trabajo porque no soporta estar en casa solo. Y, por cierto, la ha puesto a la venta.»
Luego, preocupada por su mejor amiga, llamó a Julia y le dejó también un mensaje.
«Julia, ¿qué hizo Gabriel? He encontrado un mensaje suyo en el buzón de voz. Parecía loco de atar. No responde al teléfono, así que no sé qué ha pasado. Tampoco creo que me contara la verdad. De todos modos, espero que estés bien y lo siento mucho. Hiciera lo que hiciese, te ruego que no vuelvas a desaparecer de mi vida. No ahora. Éste será el último día de Acción de Gracias que celebraremos en
casa. Papá la ha puesto a la venta. Aaron insiste en comprarte un billete. Llámame, ¿quieres? Te quiero.»
Después de eso, Rachel regresó a su vida en Filadelfia, esperando recibir noticias tanto de su hermano como de su mejor amiga. Y planeando una boda.
Tras convencerla de que no se subiera al primer avión con destino a Toronto para patearle el culo, Gabriel llamó a Richard y le pidió que retirara la casa del mercado. Luego llamó a Julia, pero no pudo hablar con ella, porque estaba comunicando, así que le dejó un mensaje.
«Nunca me coges el teléfono. [Refunfuña ligeramente.] ¿No tienes llamada en espera? ¿Puedes contratarlo? No me importa lo que cueste. Pago yo. Estoy harto de dejarte mensajes. [Respira hondo.] Acabo de hablar con Rachel. Estaba furiosa conmigo, pero creo que he podido convencerla de que tú y yo discutimos sobre un tema académico, pero que ya nos hemos dado un besito y hemos hecho las paces. [Se ríe.] Bueno, lo del besito no se lo he dicho.
»Tal vez podrías llamarla y tranquilizarla para que no cumpla su amenaza de venir a Toronto. [Suspiro.] Julianne, me gustó mucho despertarme a tu lado ayer. Más de lo que puedo expresar por teléfono. Dime que podré despertarme a tu lado otra vez pronto. [Con una voz más baja y ardiente.] Estoy sentado frente a la chimenea, deseando que estuvieras aquí, entre mis brazos. Llámame, principessa.»
Mientras tanto, Julia estaba hablando con su padre.
—Me alegro de que vengas a casa, Jules. Estaré de guardia, pero podremos pasar algún rato juntos. —Tom acabó la frase tosiendo y aclarándose la garganta.
—Bien. Rachel también quiere que vaya a visitarla. Va a casarse y creo que necesita ayuda con los preparativos, ahora que Grace no está.
—Deb me ha invitado a cenar con ella y los niños en Acción de Gracias. Estoy seguro de que no le importará que vayas.
—Ni de coña —murmuró Julia.
—¿Cómo dices?
—Perdona, papá. Me gustaría saludar a Deb, pero no pienso ir a cenar a su casa.
Tom hizo una pausa incómoda.
—No hace falta que vaya yo tampoco. Veo a Deb constantementeJulia puso los ojos en blanco.
—¿A qué hora llegarás al aeropuerto? —le preguntó su padre.
—De hecho, como Gabriel Emerson está viviendo en Toronto, me comentó que podríamos volver juntos a Filadelfia. Así podría ir con los Clark desde el aeropuerto.
Tom guardó silencio unos segundos.
—¿Gabriel está ahí?
—Da clases en la universidad. Tengo un seminario con él.
—No me lo habías dicho, Jules. Tienes que mantenerte apartada de ese chico.
—¿Por qué?
—Porque no es una buena compañía.
—¿Qué te hace decir eso?
Tom volvió a carraspear.
—No fue a ver a su madre cuando se estaba muriendo. Y pasa muy poco tiempo con su familia. No me fío de él y no quiero que esté cerca de mi hija.
—Papá, es el hermano de Rachel. Y ella se ha ofrecido a recogernos en el aeropuerto.
—Bajo ningún concepto le lleves ninguna bolsa en el avión y no aceptes nada que te ofrezca que sea sospechoso. Tendrás que cruzar la frontera.
—¿Qué demonios quieres decir?
—Quiero decir que me preocupo por ti. ¿No puedo preocuparme por mi única hija?
Julia reprimió el impulso de decir algo cruel o maleducado.
—Cuando tenga el billete, te diré cuándo llego.
—Perfecto. Hablamos entonces.
Y con esas palabras, la poco productiva conversación entre Julia y Thomas Mitchell llegó a su fin.
Luego, ella pasó la hora siguiente asegurándole a Rachel que estaba bien y que, sorprendentemente, Gabriel ya no se estaba comportando como un asno. También logró convencer a Aaron de que no era necesario que le comprara el billete. Mencionó el problema de los planes de su padre para Acción de Gracias y les aseguró que cenaría con ellos el jueves por la noche.
Estaba ya muy cansada cuando por fin pudo hablar con Gabriel. No fue fácil convencerlo de que no era buena idea dormir juntos cada noche. Alguien ligado a la universidad podría verlos entrar o salir de sus respectivas viviendas. Él le dio la razón a regañadientes, pero le
hizo prometer que volverían a dormir juntos antes de una semana.
Julia no quería que Gabriel perdiera el trabajo por su culpa, por eso estaba decidida a reducir las posibilidades de que los descubrieran juntos. Tampoco quería pasar todas las noches en su cama, porque sabía adónde llevaría eso. Seguía intentando confiar en él. Su reticencia era más que razonable, teniendo en cuenta que aún hacía poco tiempo que Gabriel había cambiado de actitud hacia ella. Y que él había admitido que su pasión estaba a punto de acabar con su precario control.
Ella no quería dejarse convencer para hacer algo para lo que no se sentía preparada. No quería entregarle parte de sí misma y volver luego a su apartamento sintiéndose utilizada y sola, como le había pasado tantas veces con él. Cierto, Gabriel no era él. Pero no podía evitar ser cautelosa, por mucho que deseara confiar en él.
A pesar de sus precauciones para protegerse, Julia dormía mucho mejor con Gabriel que sin él y cada día que pasaba sin verlo le dolía el corazón.
El lunes por la tarde, un mensajero llevó a casa de Julia una gran caja blanca. Tras firmar el recibo, cerró la puerta y abrió el sobre que acompañaba la caja. La tarjeta tenía grabadas las iniciales G. O. E. y estaba escrita a mano.
Querida Julianne:
Gracias por compartir conmigo el viernes por la noche.
Tienes corazón de león.
Me encantaría poder domesticarte lentamente,
sin lágrimas ni adioses.
Tuyo,
Gabriel
P. D.: Tengo una nueva cuenta de correo electrónico a tu disposición. Es ésta: goe717@gmail.com
Julia abrió la caja e inmediatamente quedó cautivada por una agradable fragancia. La sorprendió ver que procedía de un gran cuenco de cristal lleno de agua. Flotando en su superficie, había siete gardenias. Con mucho cuidado, sacó el cuenco de la caja y lo colocó en la mesa plegable, aspirando profundamente el perfume que empezaba a extenderse por la habitación.
Releyó la nota de Gabriel y abrió el portátil para enviarle un mensaje a su nueva dirección desde su correo de Gmail.
Querido Gabriel:
Gracias por las gardenias, son preciosas.
Gracias por la tarjeta.
Gracias por escucharme.
Tengo muchas ganas de verte,
Julia
Besos
El miércoles por la tarde, Julia se encontró con Paul en los casilleros, antes del seminario del profesor Emerson. Se saludaron y charlaron un poco antes de ser interrumpidos bruscamente por el móvil de ella. La pantalla decía que la estaba llamando —milagrosamente— Dante Alighieri, así que, por supuesto, respondió.
—Tengo que contestar —murmuró, disculpándose con Paul, antes de salir al pasillo.
—¿Hola?
—Julianne.
Ella sonrió al oír su voz.
—Hola.
—¿Cenarás conmigo esta noche?
Julia miró a su alrededor para asegurarse de que estaba sola.
—Hum, ¿qué habías pensado?
—Cenar en mi casa. No te he visto desde el sábado. Estoy empezando a pensar que sólo estás interesada en una relación por correo, ahora que tienes mi nueva dirección electrónica —dijo él y se echó a reír.
Ella respiró profundamente, contenta de que no estuviera enfadado.
—He estado preparando mi próxima reunión con Katherine. Y tú tenías tu conferencia, así que...
—Necesito verte.
—Yo también tengo ganas, pero vamos a vernos dentro de un momento.
—También quería hablarte de eso. Lo mejor será que no hagamos ninguna referencia a lo que pasó. Si ves que te ignoro, es por eso. No estoy enfadado. Quería avisarte para que no te preocuparas. —Tras una breve pausa, añadió—: Sólo pienso en tocarte, pero tenemos que guardar las apariencias.
—Lo entiendo.
—Julianne —dijo Gabriel bajando la voz—, esta situación me disgusta tanto como a ti, pero me gustaría mucho que vinieras a cenar esta noche, para compensarte. Después de cenar, podemos pasar una velada tranquila junto al fuego, disfrutando de nuestra mutua compañía. Antes de acostarnos.
Ella se ruborizó inmediatamente.
—Me encantaría, pero esta noche tengo que trabajar. No he acabado de leer todos los textos que me dio Katherine y la reunión es mañana por la tarde. Es muy exigente, ya la conoces.
Él empezó a maldecir entre dientes.
—Lo siento, Gabriel, pero quiero que esté contenta conmigo.
—¿Y no quieres que yo esté contento contigo?
—Yo... —Julia no supo qué responder.
Él refunfuñó un poco más antes de decir:
—¿Me prometes que nos veremos el viernes por la noche?
—¿Después de la conferencia?
—Tendré que ir a cenar con los organizadores, pero me gustaría que te reunieras conmigo en mi casa después de la cena.
—¿No será muy tarde?
—No para lo que tengo en mente. Me lo prometiste, ¿lo has olvidado?
Julia sonrió al recordar las nuevas fiestas de pijama, más maduras, que había descubierto recientemente.
—Entonces, ¿nos veremos el viernes? —insistió él, susurrando.
—Sí, tendré que buscar una excusa para Paul. Iremos a la conferencia juntos.
Al otro lado del teléfono se hizo un silencio tenso.
—¿Hola? —Julia se desplazó un poco para mejorar la recepción—. ¿Sigues ahí?
—Estoy aquí —respondió él, en un tono glacial.
«Scheiße», pensó ella.
Tras unos instantes de silencio, Gabriel siguió hablando:
—¿Teníamos o no teníamos un acuerdo de no compartirnos con nadie?
«Doble Scheiße.»
—Por supuesto.
—Yo he mantenido mi palabra.
—Gabriel, por favor...
—Dime que he malinterpretado tus palabras —la interrumpió él.
—Somos amigos y me invitó a acompañarlo a la conferencia. No me pareció nada malo.
—¿Te gustaría que yo me viera con otras mujeres? ¿Que fuera a actos públicos con ellas?
—No —admitió Julia en un susurro.
—Entonces te ruego que tengas la misma deferencia conmigo.
—Por favor, no te enfades.
Su petición chocó con un muro de silencio.
—Es el único amigo que tengo. Ser estudiante en una ciudad extranjera es muy... solitario.
—Pensaba que yo era tu amigo.
—Por supuesto que lo eres. Pero necesito a alguien con quien hablar de las clases y cosas así.
—Cualquier tema relacionado con la universidad deberías hablarlo conmigo.
—Por favor, no me obligues a renunciar al único amigo que tengo. A ti no puedo verte siempre que quiero; me quedaría totalmente aislada.
Gabriel se estremeció.
—¿Le has dicho que te estás viendo con alguien?
Ella tragó saliva.
—No. Pensaba que era un secreto.
—Vamos, Julianne, no te hagas la tonta. —Respiró hondo para tranquilizarse—. De acuerdo. Admito que necesitas un amigo, pero tienes que dejarle claro que no estás disponible. Paul está claramente interesado en algo más y eso podría crearnos problemas.
—Le diré que tengo un nuevo novio. Hemos quedado para ir a ver una exposición dentro de dos semanas...
—No, no irás con él —gruñó Gabriel—. Yo te llevaré.
—Pero... ¿en público? No podemos.
—Yo me ocuparé de los detalles. Entonces, ¿dentro de un momento lo veré entrar en el aula llevándote los libros? —preguntó con ironía.
—Gabriel, por favor.
Él soltó el aire sonoramente.
—De acuerdo. Olvidémonos de esto. Pero lo estaré vigilando. Y respecto al viernes, te daré una llave. O avisaré al conserje para que te deje entrar.
—De acuerdo.
—Hasta dentro de nada.
Cuando Paul y Julia llegaron al aula de seminarios, Gabriel ya estaba allí. Tras fulminar a Paul con la mirada, volvió a revisar sus notas. Comprobó satisfecho que Julia volvía a usar el maletín. Era una tontería, pero se sintió muy contento.
El resto de los alumnos, incluida Christa, paseó la mirada entre Julia y El Profesor unas cuantas veces. Parecía que estuvieran en un partido de tenis en Wimbledon.
Julia se sentó en su asiento de siempre, al lado de Paul, con actitud deferente.
—No te preocupes, lleva toda la semana de buen humor. No creo que hoy se meta contigo. —Paul se inclinó hacia ella para susurrarle al oído—: Debe de haberse tirado a alguien este fin de semana. Más de una vez.
El profesor Emerson carraspeó con fuerza hasta que Paul se apartó.
Julia se sofocó al oír el comentario de su amigo. Sin levantar la cabeza, empezó a tomar notas sin parar. El truco funcionó. Pronto había dejado de pensar en el sábado por la mañana y en Gabriel desnudo, mojado, dejando caer una toalla pequeña, lila.
Él casi no la miró y en ningún momento le preguntó nada, ni le hizo comentar ningún tema. En resumen, la clase supuso una enorme decepción para los alumnos desde el punto de vista del entretenimiento. Christa fue la única en sentirse satisfecha de que, al fin, el universo hubiera vuelto a su órbita —casi— correcta.
—Están todos invitados a la conferencia sobre la lujuria en el Infierno de Dante que daré en el Victoria College el viernes a las tres de la tarde. Nos vemos la semana que viene. La clase ha terminado.
El Profesor recogió sus cosas rápidamente y salió del aula sin mirar a nadie.
Paul se inclinó sobre Julia una vez más.
—¿Te acompaño a casa? Podríamos comprar comida tailandesa por el camino.
—Me encantaría que me acompañaras, pero esta noche me la voy a pasar trabajando. Aunque hay algo que quería comentarte.
El viernes por la mañana, Julia estaba frente al armario abierto, preguntándose qué iba a ponerse para la conferencia. Sabía que a Gabriel no le gustaría verla allí con Paul, pero también sabía que luego pasarían la noche juntos en su casa. Ya había metido en el maletín lo que podía necesitar.
Quería causarle buena impresión. Quería que Gabriel se fijara en ella entre todas las demás y que pensara que estaba muy guapa. Así que, por primera vez ese curso, se arregló. Se puso un vestido negro, medias negras tupidas y botas de piel negra de tacón alto. Rachel la había convencido para que se las comprara, hacía varios años. Se adornó con unos sencillos pendientes de perla que habían pertenecido a su abuela paterna y se rodeó el cuello con una pashmina lila, por si el modesto escote resultaba excesivo para una conferencia en pleno día.
Paul y ella fueron de los primeros en llegar a la gran sala de conferencias. Se sentaron en una de las últimas filas, al lado del pasillo, para no llamar la atención. El personal docente solía ocupar las primeras y los estudiantes no solían atreverse a romper esa convención.
Sólo poner un pie en la sala, Julia sintió la presencia de Gabriel. Una extraña tensión vibraba entre ellos, incluso a esa distancia. Notó que él la miraba y supo que pronto estaría frunciendo el cejo. Una mirada de reojo a la tarima confirmó sus sospechas. Estaba fulminando a Paul con la mirada mientras éste le apoyaba la mano en la parte baja de la espalda para guiarla hacia el asiento.
Pero luego, en seguida, dirigió la vista hacia ella y, con una sonrisa ladeada, la examinó de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de la cuenta en sus botas de tacón. Volviéndose, siguió conversando con otro de los profesores.
Julia dedicó varios segundos a admirar su aspecto. Estaba imponente, como siempre, vestido con un traje de Armani negro, una camisa blanca de puños dobles, estilo francés, corbata negra y unos zapatos de vestir también negros que, por suerte, no eran puntiagudos. Sorprendentemente, llevaba un chaleco debajo de la americana, que tenía desabrochada. Julia se fijó en la cadena de un reloj que colgaba de uno de los bolsillos del chaleco.
—¿Has visto? Lleva un chaleco y un reloj de bolsillo —comentó Paul, negando con la cabeza—. ¿Cuántos años tiene este tipo? Apuesto a que guarda un retrato en su desván que va envejeciendo en su lugar.
Julia disimuló una sonrisa, pero no dijo nada.
—¿Sabes qué me encargó hacer ayer?
Ella negó con la cabeza.
—Tuve que meter algunas de sus preciosas plumas en una caja, cerrarla bien y enviarlas a un hospital de estilográficas. ¿Te lo puedes creer?
—¿Qué es un hospital de estilográficas?
—Un taller de reparación para plumas enfermas, que ofrece servicio a una pandilla de dueños de plumas aún más enfermos, a los que les sobra el dinero. Y el tiempo. O el tiempo de sus ayudantes.
Julia se echó a reír y desconectó el teléfono.
Recuperado ya de la gripe porcina, el profesor Jeremy H. Martin, catedrático de Estudios Italianos, dio la bienvenida al centenar de asistentes e hizo una elogiosa presentación de los logros y la actual investigación del profesor Emerson. Julia vio que Gabriel se removía incómodo en la silla, como si los halagos le desagradaran. Sus miradas se cruzaron y ella le sonrió, dándole ánimos. Los hombros de él se relajaron ostensiblemente.
Era obvio que el profesor Martin estaba muy orgulloso del profesor Emerson y que no tenía ningún reparo en expresar esa admiración. Gabriel había sido el fichaje estrella del departamento y no había defraudado las expectativas que habían depositado en él. Le habían dado plaza fija tras publicar su primer libro con la Oxford University Press. Iba camino de convertirse en un académico tan famoso como Katherine Picton. O al menos eso esperaba el profesor Martin.
Tras un breve aplauso de bienvenida, Gabriel se puso las gafas, colocó sus notas en el atril y comprobó que el PowerPoint estuviera a punto. Antes de empezar a hablar, se tomó un par de segundos para examinar a los presentes: en la primera fila, el profesor Martin sonreía, la señorita Peterson, un poco inclinada hacia adelante, se estaba acariciando el contorno del escote y el resto de sus colegas esperaban, claramente interesados en lo que iban a escuchar.
Con la excepción de una de ellos. Una profesora que no parecía ni remotamente interesada en la investigación ni en nada académico. Sus intereses eran mucho más disolutos y libertinos y, para que no cupiera duda de cuáles eran, se estaba pasando la lengua por los labios, pintados de color carmesí. Era una mujer retorcida. Una depredadora. Gabriel se sintió incómodo bajo el escrutinio de su mirada de serpiente, sobre todo con Julia en la misma sala. Sabía que su pasado acechaba en cada esquina, pero que Dios se apiadara de él si aquellas dos mujeres llegaban a conocerse.
Apartando los ojos de la rubia profesora, se obligó a sonreír. Buscó la mirada de Julia, sacó fuerzas de su cálida expresión y empezó:
—El título de la conferencia es «La lujuria en el Infierno de Dante: el pecado capital contra el Yo». Lo primero que uno se pregunta al ver este título es cómo puede la lujuria ser un pecado contra uno mismo, cuando su objetivo siempre es otra persona. Pero siempre se utiliza a otra persona para obtener gratificación sexual personal.
Le llegó una risa disimulada de la primera fila, pero la ignoró, limitándose a endurecer un poco la expresión de la cara como respuesta.
—La noción de pecado de Dante viene definida en gran medida por los escritos de santo Tomás de Aquino. En su famosa Suma Teológica, santo Tomás afirma que toda acción malvada o pecado es una forma de autodestrucción. Considera que la naturaleza humana tiende a ser buena y sensata. Cree que la naturaleza de animal racional del hombre fue creada por Dios para la búsqueda del bien y, más específicamente, de las virtudes.
»Cuando un ser humano se aparta de ese destino natural, se daña a sí mismo, porque no hace aquello para lo que fue diseñado. Lucha contra él y contra su naturaleza.
La señorita Peterson se echó hacia adelante, claramente interesada.
—¿Por qué Tomás de Aquino tiene esta visión tan peculiar del pecado?
»Una razón es porque acepta la afirmación de Boecio de que la bondad y el ser son intercambiables, es decir, que todo lo que existe tiene al menos parte de bondad intrínseca, ya que ha sido creado por Dios. No importa lo sucio, destrozado o pecador que sea ese ser humano. Mientras siga existiendo, el bien existirá en su interior.
Apretó un botón y la primera imagen apareció en la pantalla. Julia reconoció la ilustración de Lucifer hecha por Botticelli.
—Según esta teoría, nadie, ni siquiera Lucifer atrapado en el hielo en el Infierno de Dante, es completamente malo. El mal sólo puede existir alimentándose del bien, como un parásito. Si todo el bien de una criatura fuera eliminado, esa criatura no podría seguir existiendo.
Notó un par de astutos ojos clavados en él, burlándose de su concepción burguesa del bien y del mal. Carraspeó antes de
continuar:
—Es un concepto que a muchos de nosotros nos cuesta aceptar. La idea de que incluso un ángel caído, condenado a pasar el resto de sus días en el infierno, tenga parte de bondad. —Buscó a Julia con los ojos, esperando que captara la súplica que había en ellos—. Una bondad que ruega ser reconocida, a pesar de la triste y desesperada adicción del ángel caído por el pecado.
Una nueva ilustración de Botticelli mostraba a Dante y a Beatriz bajo el cielo de las estrellas fijas del Paraíso. Julia reconoció la imagen que Gabriel le había mostrado en su despacho, la que formaba parte de su colección privada.
—En este contexto, consideremos los personajes de Dante y Beatriz. Son el prototipo del amor cortés. En La Divina Comedia, Beatriz le pide a Virgilio que guíe a su amado Dante a través del Infierno, ya que ella no puede descender hasta allí a causa de su residencia permanente en el Paraíso. Mediante esta conexión entre Beatriz y Virgilio, Dante está expresando su convencimiento de que el amor cortés está más ligado a la razón que a la pasión.
Ante la mención de Beatriz, Julia empezó a removerse inquieta en el asiento, manteniendo la cabeza baja para no delatarse. Paul se dio cuenta y, malinterpretando su inquietud, le tomó la mano y se la apretó ligeramente.
Estaban sentados demasiado atrás para que Gabriel viera lo que estaban haciendo, pero sí se dio cuenta de que Paul se inclinaba hacia Julia y de que su mano desaparecía cerca del regazo de ella. La visión lo distrajo momentáneamente.
Tosió mientras recuperaba el hilo y, al oírlo, Julia levantó la vista y se soltó de la mano de Paul.
—Pero ¿qué pasa con la lujuria? Si el amor es el cordero, la lujuria es el lobo. Dante lo deja claro cuando la identifica con un pecado de incontinencia, de falta de control. Al igual que el lobo, en el pecador, la pasión se impone a la razón.
Al oír esas palabras, Christa se sentó en el borde del asiento, inclinándose lo suficiente como para que su escote fuese visible desde el estrado. Por desgracia para ella, Gabriel estaba demasiado ocupado pasando a la siguiente imagen, que no era otra que la escultura de Rodin, El beso.
—Dante sitúa a Paolo y a Francesca en el Círculo de los Lujuriosos. Sorprendentemente, la historia de su caída va íntimamente ligada a la tradición del amor cortés. En el momento de su indulgencia
lujuriosa, estaban leyendo juntos sobre la relación adúltera entre Lanzarote y la reina Ginebra. —Gabriel sonrió travieso—. Vendría a ser el equivalente medieval de unos preliminares a base de porno.
Se oyeron unas risas en la sala.
—En el caso de Paolo y Francesca, la pasión se impuso a la razón, que debería haberles dicho que, ya que uno de los dos estaba atado a otra persona, debían tener las manos quietas.
Estas últimas palabras las pronunció con la mirada clavada en Paul, pero éste pensó que miraba a Julia, o a alguna otra mujer sentada delante de ellos, así que se mantuvo impasible. Ante su falta de reacción, los ojos azules de Gabriel se volvieron verdes, como los de un dragón. Ya sólo faltaba que empezara a escupir fuego por la boca.
—Su relación podría compararse con el sentimiento de posesión de una pareja comprometida. Si otra persona tratara de disfrutar de las delicias que deberían estar reservadas a la prometida o el prometido, la relación acabaría en enfado y celos —añadió, con voz más amenazadora.
Julia se encogió un poco y se alejó de Paul todo lo que pudo.
—Pero el hecho de que Dante vea, tanto en Lanzarote y Ginebra como en Paolo y Francesca, una corrupción del amor cortés, demuestra que reconoce los peligros que conlleva su relación con Beatriz. Sabe que si permite que la pasión se imponga a la razón, arruinará sus vidas y las expondrá al escándalo. Así que el destino de Paolo y Francesca es para Dante un aviso personal de que debe mantener su relación con Beatriz casta. Lo que no le resulta sencillo, dado el gran atractivo de la joven y la intensidad del deseo que siente por ella.
Julia se ruborizó.
—Quisiera dejar claro que, aunque pasaron muchos años separados, Dante sigue profundamente enamorado de Beatriz. La ama y la desea con tanta intensidad que le duele. Su castidad resulta mucho más virtuosa gracias a la fuerza y desesperación de su deseo.
Los ojos de serpiente de la rubia profesora siguieron la dirección de la mirada de Gabriel y vieron a Julia antes de volver la vista hacia él, que la miró con hostilidad antes de continuar.
—Según la filosofía de Dante, la lujuria es un amor descarriado, pero no deja de ser amor. Por esta razón, lo considera el menos malo de los siete pecados capitales y coloca el Círculo de la Lujuria justo debajo del Limbo. La lujuria es el mayor de los placeres terrenales.
Gabriel volvió a mirar a Julia, que lo escuchaba encandilada.
—El sexo no es sólo una unión de los cuerpos, también es una unión espiritual; una unión extática de dos cuerpos y dos almas, que imita el gozo y el éxtasis de la unión con la divinidad en el paraíso. Dos cuerpos unidos en el placer. Dos almas unidas a través de la conexión entre sus cuerpos, así como de la entrega entusiasta y altruista del propio ser.
Julia trató de no moverse en el asiento, al recordar cómo él le había lamido los dedos uno a uno limpiándole los restos de chocolate. La temperatura de la sala había aumentado claramente y no era la única en tener problemas para estarse quieta.
—Tal vez sea pedante señalar que si uno de los dos no se entrega totalmente durante el encuentro sexual, no alcanzará el orgasmo. En ese caso, el resultado es la tensión, la frustración y una pareja infeliz. El orgasmo es un anticipo de la trascendencia absoluta y del placer total, extático. Del tipo de placer durante el cual las necesidades y deseos más profundos se satisfacen por completo.
Sonrió al ver que Julia cruzaba y descruzaba las piernas, disfrutando de su reacción mientras tomaba un sorbo de agua.
—La idea del orgasmo compartido, la idea del éxtasis de un miembro de la pareja provocando el del otro, pone de relieve la intimidad mutua de esta unión física y espiritual. Jadear, retorcerse, tocarse, desear, entregar y, finalmente, llegar juntos al orgasmo, de manera gloriosa.
Hizo una pausa y se obligó a no mirar a Julia, para no atraer las miradas sobre su rostro ruborizado. Carraspeó ligeramente y dedicó una sonrisa ladeada a los presentes.
—¿A alguien más le falta el aire?
Risas tímidas pero sinceras resonaron en la sala. Christa se apartó el pelo de la cara y se abanicó con el libro de Gabriel.
—Creo que he ilustrado la tesis de Dante con mis palabras. Lo que quería demostrar era que la lujuria es lo bastante poderosa como para distraer la mente de una persona, y no olvidemos que la mente es el órgano encargado de razonar. Una mente alterada por la lujuria se centrará en ideas carnales y terrenales en vez de elevarse a los cielos para centrarse en Dios. Sin duda, algunos de ustedes ahora mismo preferirían ir corriendo a reunirse con sus parejas en vez de quedarse aquí escuchando el resto de esta árida conferencia.
Se echó a reír, ignorando a la profesora de la primera fila y el pequeño y obsceno objeto que había sacado del bolso para provocarlo.
—El amor, a diferencia de la lujuria, no es ningún pecado. Tomás de Aquino argumenta que el amante está ligado a su amado como si éste fuera una parte de su propio cuerpo.
Al decir esto, la expresión de Gabriel se suavizó y una dulce sonrisa apareció en su rostro.
—El goce y la belleza de la intimidad que se expresa en la unión sexual son consecuencia de un acto de amor. En este caso, es evidente que el sexo no puede considerarse un sinónimo de lujuria. De ahí la distinción en el lenguaje contemporáneo entre, disculpen mi vulgaridad, follar y hacer el amor. Pero el sexo y el amor tampoco son sinónimos, como demuestra la tradición del amor cortés. Una persona puede amar a otra de manera casta y apasionada, sin que exista entre ellos ningún contacto sexual.
»En el Paraíso de Dante, la lujuria se transforma en caridad, la más pura y sincera manifestación de amor. En el Paraíso, el alma está libre de deseos, ya que todos están satisfechos y ella está henchida de gozo. Ya no siente culpabilidad por sus anteriores pecados y disfruta de una libertad y una plenitud absolutas. Sin embargo, por cuestiones de tiempo no puedo extenderme más en la descripción del Paraíso.
»En La Divina Comedia, encontramos la dicotomía lujuria-caridad y también una potente manifestación de la castidad en el amor cortés, correspondiente al amor entre Dante y Beatriz. Pero como mejor se expresa este ideal de amor cortés no es con palabras de Dante, sino de Beatriz: Apparuit iam beatitudo vestra, es decir, «Ahora aparece tu bendición». Nunca se han pronunciado palabras más ciertas. Gracias.
La sala de conferencias estalló en educados aplausos y murmullos de aprobación. A continuación, Gabriel respondió a las preguntas de los asistentes. Como era habitual, los profesores fueron los primeros en preguntar, mientras los estudiantes aguardaban su turno. (Ya que en el mundo académico, igual que la Europa de la Edad Media, impera un sistema de clases.)
Julia permanecía muy quieta, tratando de asimilar lo que le parecía haber entendido de la conferencia. Se estaba repitiendo alguna de las ideas más profundas, cuando Paul se inclinó hacia ella para susurrarle al oído:
—No te lo pierdas. Emerson está a punto de ignorar a Christa.
Desde donde estaban no podían ver el escote de su compañera
(lo cual era una bendición.) Seguía inclinada hacia adelante, con la mano levantada, tratando de llamar la atención del profesor. Éste pareció no ver su mano, ignorándola deliberadamente antes de conceder la palabra a otras personas y ofrecerles respuestas razonadas.
Finalmente, el profesor Martin se puso en pie para anunciar que la ronda de preguntas había terminado. Sólo entonces Christa bajó la mano, enfurruñada.
Tras una nueva tanda de aplausos, Gabriel bajó de la tarima. Inmediatamente fue interceptado por una morena de treinta y tantos años, que parecía ser una profesora. Se saludaron con un apretón de manos.
Paul resopló.
—¿Lo has visto? No ha dejado que Christa le haga una pregunta en un foro público. Creo que tenía miedo de que le lanzara un sujetador o que desplegara un póster que dijera: «Yo-corazón-Emerson».
Julia se echó a reír, sin perder de vista a la morena hasta que Gabriel dejó de hablar con ella y se dirigió a otro de los que querían saludarlo.
—Me ha extrañado que nadie corrija a El Profesor —comentó Paul luego, rascándose una patilla reflexivamente.
—¿Sobre qué?
—Ha atribuido la frase Apparuit iam beatitudo vestra a Beatriz, cuando todos sabemos que es de Dante. El poeta la pronuncia en la segunda sección de La Vita Nuova, cuando se encuentra con Beatriz por primera vez.
Julia lo sabía, por supuesto, pero nunca se le habría ocurrido comentarlo, así que guardó silencio.
Paul se encogió de hombros.
—Seguro que ha sido un lapsus. Puede citar esos textos de memoria en italiano y en inglés. Sólo es que me ha resultado curioso que El Profesor Perfecto haya cometido un error tan grande en público y que nadie haya dicho nada. —Se echó a reír—. Tal vez eso era lo que quería decir Christa.
Julia asintió. Sabía que el error de Gabriel había sido intencionado, pero no pensaba decírselo a nadie y mucho menos a Paul.
Éste la miró de arriba abajo con franca apreciación.
—Estás muy guapa hoy. Siempre estás guapa, pero hoy estás
particularmente... radiante. —Su expresión se ensombreció—. Espero no estar metiéndome en terreno vedado. ¿Cómo me has dicho que se llama tu novio?
—Owen.
—Bueno, no puedes negarlo. Se te ve en los ojos. Se nota que estás contenta de haber vuelto con él. Después de verte triste durante semanas, me alegra verte feliz.
—Gracias —murmuró Julia.
—¿Por qué te has puesto tan guapa?
Ella miró a su alrededor.
—No sabía cómo se vestía la gente aquí para una conferencia. Sabía que asistirían todos los profesores y quería tener buen aspecto.
Paul se echó a reír.
—La mayoría de las mujeres del mundo académico no se preocupan demasiado por la moda. —Negó con la cabeza y le apretó la mano—. Espero que tu ex te trate bien esta vez. Si no, voy a tener que ir a Filadelfia a patearle el culo.
A esas alturas, Julia ya casi no lo escuchaba, porque vio que una profesora bajita y rubia saludaba a Gabriel con un beso en cada mejilla.
Alzó las cejas sorprendida.
«¿Y tú riñéndome por Paul, profesor? Pensaba que no iba a tener que compartirte.»
Oyó que Paul maldecía entre dientes.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
—Bueno, la conferencia ha estado bien. Por eso vine a esta universidad, para estudiar con él —respondió, mirando a Gabriel—. Pero míralos.
Como si lo hubiera oído, la rubia echó la cabeza hacia atrás y se rió a carcajadas, mientras Emerson le devolvía una sonrisa tensa.
La mujer debía de medir poco más de metro y medio y llevaba el pelo, muy rubio, recogido en un severo moño. Vestía un traje de aspecto caro, con una falda tubo que no le llegaba a las rodillas y completaba su atuendo con unas gafas de Armani rojas. Julia también se fijó en que llevaba zapatos de tacón muy alto y unas medias de rejilla, con las que se podrían pescar peces, aunque muy pequeños.
Era guapa, pero había algo en ella que parecía fuera de lugar en aquel entorno académico. Por otra parte, su presencia desprendía agresividad.
—Es la profesora Singer —dijo Paul, haciendo una mueca de
disgusto.
—¿La rubia?
—Sí, la morena es la profesora Leaming. Es fantástica, tienes que conocerla. Pero aléjate de Singer, es una arpía.
A Julia se le encogió el corazón al ver a la mujer agarrar el brazo de Gabriel con demasiada familiaridad, mientras se ponía de puntillas para susurrarle algo al oído. Él permaneció impasible.
—¿Por qué dices eso?
—¿Has visitado su página web?
—No.
—Pues tienes suerte. Te quedarías horrorizada de ver en qué está metida. La llaman La Profesora Dolor.
Con reticencia, Julia apartó los ojos del espectáculo que estaban ofreciendo los profesores Emerson y Dolor y empezó a retorcerse las manos. Se preguntó si el nombre de pila de Dolor sería Paulina.
Asqueada, cogió el abrigo y se levantó.
—Creo que es un buen momento para marcharnos.
—Te acompañaré a casa. —Paul la ayudó a ponerse el abrigo caballerosamente.
Mientras se dirigían a la salida, el profesor Martin vio a Paul y le indicó con un gesto que se acercara.
—Un momentito. Espérame, por favor.
Julia volvió a sentarse y jugueteó con los botones del abrigo para distraerse.
Gabriel no la había buscado con la vista en ningún momento. Suponía que la estaba ignorando expresamente. Paul habló un momento con el catedrático antes de volverse en su dirección y señalarla. El profesor Martin asintió, dándole unas palmaditas en la espalda. Paul regresó a su lado con una sonrisa radiante.
—Nunca adivinarías lo que quería.
Julia levantó las cejas.
—Nos han invitado a la cena en honor de Emerson.
—Estás de guasa.
—No. Al parecer, el presupuesto de la conferencia daba para invitar a un par de estudiantes y Martin me ha invitado a mí. Cuando le he dicho que estaba contigo, te ha invitado también. —Le guiñó un ojo—. La pobre Christa no está en la lista de invitados. Hoy es tu día de suerte.
Al levantar la vista, Julia se encontró con que Gabriel la estaba mirando. Parecía preocupado, incluso enfadado. Miró a Paul y luego a
ella, negando con la cabeza.
Julia apretó los labios.
«¿Cómo puede estar celoso de un amigo mientras La Profesora Dolor no le quita las manos de encima? Menuda doble moral.»
—Si no te apetece, no tenemos por qué ir. —Paul carraspeó—. Sé que Emerson se ha portado como un imbécil contigo. Probablemente no te apetezca ir a celebrar su triunfo.
—Sería de mala educación rechazar la invitación del catedrático —replicó ella lentamente.
—Supongo que tienes razón. Será divertido. La cena es en el Segovia, un restaurante fantástico. Pero no empieza hasta las siete. ¿Quieres que vayamos al Starbucks mientras tanto? ¿O a algún otro sitio? —preguntó él, ofreciéndole la mano.
—El Starbucks me va bien.
Ya en la calle, pasados unos minutos, Julia encontró el valor para hacerle la pregunta que la atormentaba.
—¿Conoces bien a la profesora Singer? —Trató de sonar despreocupada.
—No. Me mantengo tan alejado de ella como puedo. —Paul maldijo varias veces entre dientes—. Ojalá pudiera olvidar los correos electrónicos que le envió a Emerson. Los tengo grabados a fuego en la mente.
—¿Cómo se llama de nombre?
—Ann.
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